Se había pasado la vida llevando mujeres “inaceptables” a las reuniones familiares en casa de su madre, argumentando su rechazo al trabajo remunerado con la convicción sin apoyos del artista, denostando los deportes, los amigos complacientes y los familiares halagadores; se había pasado la vida ejerciendo esa forma peligrosa y, para él inevitable, de decir lo que pensaba, esa honestidad que ponía a prueba a los demás aun cuando no se dirigiese a nadie o solo a sí mismo. No era complaciente, no era cómodo pero era libre y, si eso requería de una cuota de soledad, él estaba dispuesto a pagarla.
En cuanto a ella, no importa su edad, es aun joven. No voy a describir su belleza pues cualquier descripción no haría sino vulgarizarla, acomodarla a unos ojos que no la han visto. En todo caso, es aun bella.
La primera vez que tuvieron sexo fue, a la hora de la comida, en el baño del restaurante en un centro comercial. Ella miraba el reflejo de sus cuerpos en el espejo mientras él se entregaba al placer con los ojos cerrados, oyendo las voces de la gente por el pasillo cómo se mezclaban con sus tenues gemidos.
Lo extraño vino más tarde, cuando le contó lo del cáncer, porque ella casi desde ese mismo momento se propuso, como si se tratase de una misión, quererlo y cuidarlo, protegerlo. No esperaba esa reacción y le molestó, pero no dijo nada, entendía lo que estaba pasando por la mente de ella y estaba cansado, cansado de reaccionar abruptamente ante lo que le disgustaba, cansado de decir lo que pensaba, de ser honesto y toda esa mierda por la que se había quedado más que solo, solo con su dignidad, así que, por esta vez, eligió aceptar la compasión. Era tarde, no podía estar más claro, pero pensaba que aún podría hacer algo con los dados que le tocaba jugar.
El arte en la fotografía comparte con el cuento la energía que se concentra en un instante, en un punto, en la descripción de un momento tan efímero como contundente, transfigurado por el ojo que lo observa. Algunas fotos -y algunas narraciones breves- lanzan ese golpe, como la bola blanca en una apertura de billar, y conmociona a quien se pone delante. El lo consiguió unas cuantas veces, y la búsqueda de aquella explosión de color en su trabajo era lo que daba sentido a su vida.
El sexo seguía presente cuando empezó a hacer fotos de ella, pero el arte comenzó a mezclarse como una liana alrededor del tronco de un árbol, un abrazo estrecho en medio del frío de lo inevitable.
No pensó que, al caer la tarde de su vida, se encontraría con ella. Era irónico, el final se le acercaba como un nuevo principio, con la potencia de la novedad.
Para ella evitar el sufrimiento, como para casi todo el mundo, era su objetivo más importante, solo que ella no consideraba paliativos como la familia o la estabilidad económica -con el coraje y riesgos que eso implica-, encontrar alivio en el mundo, alejarse del dolor, era la meta; a veces le hubiera gustado ser una bruja buena para tener la energía de sanar, de curar, de alejar del dolor a otros, pero se había conformado con sonreír y dar cariño, que también eran formas de magia.
Aquella noche en casa de la madre estaba la hermana mayor con su marido policía, su hermano menor, y él con su nueva amiga.
La hermana estaba vestida de negro con el cabello lacio, bien cortado y oscuro, casi no llevaba maquillaje, era una mujer tan decente como vulgar, llena de lugares comunes, refugiada constantemente contra el miedo a casi todo; era muy probable que, a sus cuarenta años, nunca hubiese llegado a concebir una idea propia, atiborrada como estaba de la basura mediática que consumía a diario, su vida era un continuo cliché del cual ella sentía la necesidad de formar parte.
El hermano menor, recién graduado en economía y administración de empresas, había conseguido empleo en una empresa minera y una novia rubia, tetona, de simpática sonrisa boba, que obligaba a pensar en que el lugar común de las rubias tenía una base sólida. Su hermano, además, hacía deporte a diario para alcanzar la madurez con la figura, la salud y el dinero de un hombre de éxito regular, en una casa convencional, rodeado de parejas de amigos parecidos, en una ciudad rutinaria. Era el engreído de la casa.
El hombre moreno que fuma de una pipa de agua sentado frente a mí, ha vaciado su taza de té y se muestra relajado. Su sonrisa está en los ojos y expresan una sensación de tranquilidad; cuesta imaginar que éste es el mismo hombre serio, de verbo cortante y actitud muchas veces inmisericorde, que había sido diagnosticado de un cáncer terminal hace ahora ya hace catorce años; tampoco es fácil reconocer al fotógrafo, bohemio e independiente, bajo la chilaba de tela gruesa, marrón y gris, calzando unos cómodos zapatos marrones. Por ahí son sus manos las que guardan aun ciertos gestos de su pasado, cuando se acerca la boquilla a los labios para dar un sorbo a la pipa o elevar la taza.
Aquella cena en casa de su madre fue la última aparición que hizo entre sus familiares. Nunca volvieron a saber de él, ni supieron de su enfermedad. Aquella noche después de la cena, de regreso a casa con su novia, agotado por una agria discusión con la familia que los hizo salir casi sin despedirse, se quedó dormido en el sofá. Al día siguiente, cuando fue a despertar a su compañera, ésta se había marchado.
Pasaron dos semanas sin saber nada de ella. No sabía dónde buscar, qué hacer, a quién llamar; daba vueltas a distintas horas por los lugares que frecuentaron, el restaurante donde la conoció, el café donde le hizo fotografías.
Entre los muchos anuncios y sobres de cosas inútiles que recibía encontró una postal con casas de varios colores, construidas sobre una colina, cerca del mar, y una dirección. Reconoció su letra. Ella había escrito solo unas pocas líneas en una nota, una sola vez en el poco tiempo que se conocían, pero sin duda era su letra. No tenía firma ni mensaje.
La fotografía -el cuento- puede también ser un abrazo. Un espacio abierto en el tiempo donde se aquieta nuestra vida en constante devenir. Eso era lo que había conseguido en esos últimos años.
Desde que llegó a Tanger y se encontró con ella, han pasado miles de fotografías de bodas y otros eventos familiares o de empresas y, en particular, de recién nacidos, trabajo que hace para el registro del hospital de maternidad y para los padres que lo desean. Vive alejado de la ansiedad del éxito, de la -según él- enfermedad de la trascendencia, concentrado en un trabajo por el cual, a través de la rigurosidad de la técnica y la paciencia de la práctica, había llegado a comprender algo: que esa mujer lo atrajo a la vida, simple y en silencio. Y, solo entonces, aprendió a mirar.
Excelente relato primo. Si llegase el caso, y antes de que una vida (y una muerte) vulgar me coma por las patas yo también espero encontrar a tiempo una “inaceptable” que me diagnostique “tanger”.
Un abrazo
PD: Quiero compartir contigo un pensamiento que me asalta de repente: ¿Te das cuenta de que dentro de poco será imposible reconocer a alguien por su letra? No tendremos letra.
Eres un buen lector, Miguel, lo digo porque te diste rápido cuenta del juego de las palabras Cáncer/Tánger (en el original sin acento para despistar u orientar, tal vez); es un gusto cuando alguien que nos lee encuentra los trazos de la estructura, aquello que esta por debajo del relato pero que lo conforma. No crees? ese lector, de hecho, entiende mejor cómo esta hecho el trabajo y eso es, de hecho, un plus para su disfrute.
Es verdad, cada vez sabemos menos como escribe la gente, como es “su” letra. Los manuscritos pronto serán arcaísmos, objetos de una época en que las cosas se hacían de otra manera.
Gracias primo, un abrazo
Me gusta, todo lo que en él se narra, desde la sinceridad de una persona, el dolor o el sufrimeinto, lo que todos concideran correcto a lo que de verdad uno quiere hacer. Y en medio su historia, la de él aprendiendo a mirar, la de ella sabiendo que el mundo no es tan acogedor, qeu tienen partes crueles yq ue finalmente huye, ¿tal véz por qué no puede hacer nada más?.
Bss
Hola Sibisse: Me agrada saber que te gusto este relato.
La honestidad, me parece, muchas veces puede ocasionar incomodidad en aquellos que son objeto, directa o indirectamente, de lo que se dice. No creo que sea siempre necesario decir lo que se piensa, en todo caso, nadie tiene la verdad. Aprender a mirar es eso: no juzgar, solo entender. Estas son las cosas por las que pasa el personaje de este relato.
En cuanto a ella, es la puerta de salida que necesita el, su liberación y su cura.
Tal vez se necesite algo mas que una vida convencional para sentirte vivo. No se.
Recibe un beso Sibisse, nos leemos pronto!
Hola, Javier…


Brutal relato lleno de incomodidades, que en cambio te deja un regusto de cómoda satisfacción en la boca. Un voto de favor a la esperanza. Aprender a mirar. Respetar lo diferente. ¿Por qué no?
Reconozco que, -sensibilizada con el tema como ahora lo estoy-, la palabra cáncer me puso en alerta y me sobrecogió la intención, ensuciándome durante un rato la lectura… Pero luché por reconstruirme, encarrilar de nuevo el texto, meterme en la historia y captar los matices desde fuera, sin tomar parte… Y he conseguido disfrutar un montón…
Brillante ramillete de descripciones humanas… Aún estoy riéndome con lo de… “y una novia rubia, tetona, de simpática sonrisa boba, que obligaba a pensar en que el lugar común de las rubias tenía una base sólida.”
Jajaja… Muy bueno.
Me encanta la historia…
Y el cáncer/Tánger vino a salvarlo como sólo lo que puede, -si no matarnos- volvernos por completo del revés, puede hacerlo… Aprender a mirar. Dejarse querer. Apostar por la magia en su forma más elemental: El Amor.
Brillantes los momentos en que comparas el arte de la fotografía con el de escribir… No puedo estar más de acuerdo. Lo sabes. Instantáneas y Palabras. Magia al fin y al cabo. La de captar -y así perpetuar- un instante de Vida en una fotografía…, o de convertir en “arte” un puñado de palabras…
Gracias, Javier, como siempre…
Por todo.
Abracito.
Querida Bea de Alejandria:
Entiendo que este relato te fuera mas difícil de transitar. Una historia que habla de una forma de una forma de honestidad que arrastra soledad, y una forma de ir por el mundo -la de ella- para aliviar, evitar el sufrimiento… la enfermedad, el malestar, aquello que nos hace mal, puede ser disuelto por el amor (me parece) su potencia es capaz de todo.
La fotografía y el relato tienen mucho en común -lo sabemos-, lo que es interesante es aquello que produce mas allá, en el interior donde se hunde la cabeza de la ballena que se precipita en un mundo desconocido, como en la foto de este blog, de la que solo se ve la cola… esa intensidad -plenitud, tal vez- es la que se trata de conseguir en las fotos y los relatos con equilibrios -y por pura chiripa también-, siempre buscando.
Bea, las palabras están aquí y nos pertenecen, este relato esta escrito así y tal vez sea un poco incomodo, pero detrás hay un abrazo y mucho carino. Como siempre.
Gracias por leer, espero leerte pronto.