Potenciar la razón

Por Fernando Savater

(Conferencia pronunciada el 1 de diciembre de 1998)

En primer lugar quiero agradecer las palabras de presentación de Emiliano Martínez, fruto de la amistad más que de la exactitud. En segundo lugar, quiero expresar que estoy encantado de cerrar este ciclo de charlas, tan comentado y tan brillante por la importancia del resto de los ponentes.

Voy a intentar hacer una reflexión que desembocará en hablar finalmente de filosofía, pero no quisiera que empezara desde el principio hablando de filosofía. Es decir, yo creo que la educación es, entre otras cosas, pero muy principalmente, educación para la razón: educación es formar seres humanos, y los seres humanos somos ante todo seres racionales. La razón no es una disposición meramente automática, sino un logro social, posibilitado por unas capacidades naturales, evolutivas, etc. De modo que me gustaría empezar hablando de la importancia de potenciar la razón por medio de la educación, y luego finalmente decir unas palabras de la filosofía como una disciplina racional que obviamente tiene su puesto en cualquier plan de estudios, y no un puesto tan central o único como a veces, con un poco de delirio o entusiasmo gremial, queremos los filósofos pero creo que, en cualquier caso, tiene un papel importante para dar una cierta unidad de sentido a muchas de las cosas que forman un curriculum, un plan de estudios.

La razón –repito– no es simplemente una especie de dispositivo automático. La razón está en buena medida basada en el confrontamiento con los demás, es decir, razonar es una disposición natural basada, o para nosotros fundada, en el uso de la palabra, en el uso del lenguaje; y el uso del lenguaje es lo que nos obliga a interiorizar nuestro papel social. El lenguaje es sociedad interiorizada, y es curioso que algunos filósofos y otras personas a lo largo de los siglos se hayan preguntado (por ejemplo, el “pienso, luego existo” de Descartes en el famoso comienzo del Discurso del Método, que también recoge en sus Meditaciones): ¿Estoy aquí?, dudo de todo, ¿Estaré solo en el mundo?, ¿Existe este mundo?, ¿Es todo una ficción inventada por un dios maligno?.

De hecho, la postura solipsista, es decir, la postura de los pensadores que han dudado de la existencia de cualquier cosa y de cualquier otro ser humano salvo de ellos mismos, a pesar de que es una teoría bastante peregrina por decirlo de algún modo, ha sido muy refrendada y ha tenido muchos seguidores. Bertrand Russell cuenta que una vez recibió una carta de un solipsista que decía: “considero el solipsismo tan obvio y tan probado racionalmente que me extraña que no haya más gente solipsista”. Realmente es verdad que el primer argumento que hay contra ese solipsismo, o contra formas menos chuscas de considerarnos de alguna forma como caídos de no se sabe dónde, es precisamente el hecho de que somos seres lingüísticos. Somos seres lingüísticos y manejamos un lenguaje que no hemos inventado, del que no somos dueños, cuyos registros no están en nuestra mano. El uso de nuestra razón está condicionado por esa función precisamente del propio lenguaje.

Por lo tanto, en la educación de lo que se puede tratar, de lo que se debe tratar, es de desarrollar lo que es una capacidad en principio casi inevitable de la vida en sociedad y de la vida en común, es decir, todos tenemos que razonar permanentemente para poder sobrevivir. El elemento racional está en todos nuestros comportamientos, está formando parte de nuestros más mínimos funcionamientos mentales. Si alguien nos dice que ha comido a mediodía fabada y que la paella estaba muy buena, inmediatamente decimos: “no puede ser; o fabada o paella”. Ya el darnos cuenta de que hay cosas incompatibles, de que las cosas no pueden ser y no ser al mismo tiempo, o que las cosas contradictorias no pueden darse a la vez, o que todo debe tener alguna causa, suponen ejercicios de racionalidad. Ese tipo de mecanismos elementales están en todos nosotros y no podríamos sobrevivir sin ellos. Hay en todas partes, en todas las culturas y en todos los tiempos unas disposiciones naturales al desarrollo de pautas racionales. Gombricht, en uno de sus libros, dice que hay pueblos que no conocen la perspectiva pictórica, como los egipcios, por ejemplo. Efectivamente hay pueblos que no conocen la perspectiva, pero no hay ningún pueblo en el que uno de sus miembros, cuando quiere huir o esconderse de su enemigo, se ponga delante del árbol y no detrás.

Por lo tanto, evidentemente, la función racional está constantemente en nosotros. Lo que pasa es que el ser humano actual, el ser humano que queremos desarrollar, el ser humano civilizado que forma parte del final de un siglo y del tránsito al otro, que va a tener que entenderse con máquinas muy complejas, que va a tener que usar registros muy diferentes, que quizá no va disfrutar de la misma estabilidad en su propio desempeño laboral y gremial sino que va a tener que cambiar de puestos laborales, etc., tiene que desarrollar una capacidad racional que evidentemente no es algo simplemente instintivo ni automático, y que tampoco se confunde con la mera información.

La suposición de que lo racional es estar bien informado es uno de los problemas de nuestra época, en la que se considera que tener acceso a mucha información va a desarrollar la razón. La información es útil precisamente para quien tiene una razón desarrollada. No es lo mismo, y Giovanni Sartori y otros doctores han insistido en ello, información que conocimiento. Yo creo que hay una distinción importante entre ambos conceptos. El conocimiento es reflexión sobre la información, es capacidad de discernimiento y de discriminación respecto a la información que se tiene, es capacidad de jerarquizar, de ordenar, de maximizar, etc., la información que se recibe. Y esa capacidad no se recibe como información. Es decir, todo es información menos el conocimiento que nos permite aprovechar la información.

La educación no puede ser simplemente transmisión de información, entre otras razones porque la información es tan amplia, cambia tanto, existen tantas formas de acceder a ella, y cada vez más, de una manera on-line, permanente, que sería absurdo que la función educativa fuera simplemente transmitir contenidos informativos. Lo que hace falta es transmitir pautas de comportamiento que permitan utilizar y rentabilizar al máximo la información que se posee. Ése es uno de los puntos fuertes del planteamiento de la educación en general y de cualquier asignatura en particular.

Considero que cualquier asignatura, y aquí enlazamos con esta disputa, que tanta tinta ha hecho verter aquí y en otros países, en torno al humanismo oponiendo las asignaturas humanísticas a las científicas. A veces se han dicho cosas muy disparatadas, como si realmente la ciencia no fuera humana, o no desarrollara la humanidad… Lo característico del humanismo es que hay un modo humanístico de enseñar cualquier asignatura. Más que el hecho de que unas asignaturas sean humanistas y otras no, es el modo como se enseñan las asignaturas lo que puede ser humanista o no humanista. Puede ser un modo meramente informativo, meramente descriptivo, o puede ser un modo que a través de cualquier asignatura trate de desarrollar la capacidad de conocimiento, es decir, la capacidad de ordenar, de relacionar, de criticar, de discernir, etc., dentro de una línea determinada, dentro de un tema determinado. Todas las asignaturas tendrían que estar orientadas a la potenciación en su campo de la capacidad de conocimiento, de la capacidad de continuar por uno mismo el aprendizaje, frente a la pura disposición a asumir información.

Una de las características de la razón es que sirve para ser autónomo, es decir, los seres racionales son más autónomos que las personas que no han desarrollado su capacidad racional. Por supuesto, autonomía no quiere decir aislamiento, insolidaridad, solipsismo, pero al menos sirve para autocontrolarse, autodirigirse, optar entre opciones diferentes, proteger las cosas que uno considera importantes, emprender empresas, etc. Creo que la autonomía es fundamental, y esa autonomía es lo que justamente permite la razón. El no desarrollo de la razón nos hace estar dependiendo. De hecho, los niños muy pequeños y las personas que, por alguna desgracia, han perdido alguna de las facultades racionales lo primero que padecen es una dependencia de los demás. De modo que educar para la razón es educar para la autonomía, para la independencia. Y aquí hay un punto duro de la verdadera educación, y es que, los que nos dedicamos a la enseñanza, educamos para que las personas a las que educamos, nuestros alumnos, puedan prescindir de nosotros. No hay peor maestro que el que se hace imprescindible toda la vida. El maestro que, de alguna forma, sigue siendo maestro siempre, no ya por una veneración a su persona, a su saber, sino porque se hace imprescindible, es decir, porque la materia que explica o la materia que ha intentado ofrecer a los demás está tan vinculada a su persona que no se puede él separar de ella de ningún modo y que los demás nunca pueden acceder al conocimiento sin tener esa persona que les guíe y que les ilumine, el gurú, en una palabra, es lo contrario del maestro.

El maestro, o los padres cuando educan a sus hijos, los educan para que se vayan, los educan para que prescindan de ellos. En la verdadera profesión de la enseñanza hay una cierta dimensión suicida, porque educamos para que los demás puedan prescindir de nosotros, y los padres también debemos educar para lo mismo, lo cual a veces es duro. Todos los padres, por una parte queremos reforzar la autonomía de los hijos, pero por otra parte quisiéramos que siguieran manteniendo con nosotros algún tipo de vínculo, de dependencia. Eso es, desde el punto de vista educativo, insano, porque hay que educar para la autonomía, es decir, para la razón.

Guardarse claves racionales, guardar claves de la capacidad racional es la mejor manera de mantener independencia en los demás. Y el hecho de que hoy los conocimientos humanos sean tan amplios y tan complejos, y estén tan dispersos, a todos nos obliga a estar dependiendo de razones ajenas, es decir, verdaderamente nadie puede saber de todo. Si, en cualquier época, era raro un Aristóteles que probablemente sabía de todo lo que se podía saber en su época (evidentemente ni siquiera Aristóteles abarcaba todo el saber de la época), hoy sería impensable, porque el tipo de conocimientos actuales excluye la posibilidad de alguien con un saber tan ‘omniabarcante’. Entonces, todos dependemos de otras razones y eso es lo que nos da a veces la sensación de estar abrumados, de que todo conocimiento es ínfimo, es ininteresante, porque hay tanto que saber… Por eso hay que intentar potenciar la capacidad racional de asumir incluso las limitaciones de nuestro propio conocimiento. Una de las características de la razón es asumir los límites del conocimiento y no creer que, por mera acumulación, se puede extender hasta el infinito. A veces, a los racionalistas se les reprocha creer en la omnipotencia de la razón; no conozco a ningún racionalista que crea en una cosa tan irracional como en la omnipotencia de la razón, es decir, uno puede creer en la razón y en la importancia de la razón y conocer sus límites, lo mismo que yo creo en la digestión pero no creo que cualquier cosa pueda ser digerida. Precisamente porque estoy convencido de que la digestión es importante y de que hay que digerir y que no hay otra forma de alimentarse más que por la vía de la digestión, para los seres humanos normales también creo que la digestión tiene sus límites y que los clavos o el ácido prúsico son difíciles de digerir.

Ciertamente la razón tiene unos límites. Lo que no hay es otras vías alternativas de conocimiento, lo que no hay es otro tipo de conocimiento que no sea racional pero que sea mucho mejor que la razón. Evidentemente, la razón no puede dar cuenta absolutamente de todo, y de hecho ni siquiera, y eso es ya un tema filosófico del cual podríamos hablar todo lo que ustedes quisieran, sabemos por qué la razón puede comprender algo. Einstein, por ejemplo, decía “lo más incomprensible de la naturaleza es que nosotros podamos, al menos en parte, comprenderla”. El hecho de que la naturaleza sea en parte comprensible forma o tiene una dimensión oscura para nosotros. Evidentemente, probablemente comprendemos la naturaleza porque somos parte de la naturaleza y por lo tanto debe haber en nosotros pautas no solamente intelectuales sino de todo tipo que nos vinculan a posibles soluciones, a posibles planteamientos de comprensión racional de la naturaleza.

Pero, en cualquier caso, el hecho de que podamos entender realmente algo es complejo, pero es así. Lo que sería más absurdo sería suponer que hay otro tipo de conocimiento que, siendo conocimiento, no tiene nada que ver con la razón. Debemos afirmar esto, a pesar del predominio que hay en nuestra época de entusiasmo por los milagros y las cosas paranormales. En el fondo lo que hay es una búsqueda de algo que alivie la necesidad de pensar y de razonar, que evidentemente es algo fatigoso porque la razón no da saltos, no tiene atajos, es decir, la razón siempre se desarrolla a partir del trabajo, del estudio, de la reflexión, de la reiteración, de los controles, nunca tiene esa especie de visión intuitiva y mágica de la realidad de las cosas. Y sin embargo, hay una especie como de sueño permanente de conocer la realidad fantástica como la verdad mientras que en cambio la razón se dedica siempre a bajos menesteres intelectuales.

Habrán visto ustedes que en nuestras televisiones prácticamente no hay programas con un mínimo contenido científico, no digamos ya filosófico; comprendo que eso es ya demasiado pedir –imagínense el rating que tendría un programa de filosofía–, pero no solamente eso no se da, sino que en cambio se dan una cantidad de programas de pseudofilosofías, pseudociencias, etc., verdaderamente abrumador. Es decir, no hay tiempo para explicar a nadie lo que pensaba Platón, pero, en cambio, lo que piensa un señor que ha hablado con Nostradamus y Nostradamus le ha contado todo tipo de noticias, lo que viene y lo que vendrá…, eso es muy común. Todo esto es realmente preocupante, porque, además, esos programas suelen adquirir la presentación exterior de algo muy racional y muy científico. Lo mismo que decían antes que “la hipocresía era un homenaje que el vicio hacía a la virtud, revistiendo los aspectos de la virtud”, de la misma forma también las pseudociencias hacen un homenaje al conocimiento o a la razón a base de adquirir un poco sus hábitos.

Hace unos meses vi un programa de televisión que trataba de la combustión espontánea, cosa de la que yo no había oído hablar pero que, por lo que se ve, es muy corriente, ya que hay gente que sale a la calle y echa a arder sin más trámite. En medio de las explicaciones (que esto estaba organizado por los extraterrestres… o por algún otro tipo de amigos de la pirotecnia…), había un profesor de química, un catedrático, que al presentar una serie de objeciones, recibía los calificativos de dogmático e intransigente. En un momento dado, el gurú máximo de los partidarios de la combustión espontánea le dijo: “mire usted, la ciencia contemporánea se basa en dos principios: el de la relatividad de Einstein, que dice que todo es relativo, y el de Heisenberg, que dice que de nada podemos estar seguros y nada podemos conocer del todo, con lo cual…” Por lo tanto, con la relatividad y la incertidumbre ya se puede ir a cualquier parte.

Este tipo de cosas realmente funciona, se escucha, se fomenta, y a mí me parece un poco peligroso porque eso puede alcanzar también la propia educación. En la educación existe también la idea de que lo que se está enseñando es siempre pobre, aburrido, comparado con otras verdades ocultas que a veces están escondidas por razones políticas, como, según dicen, se ha escondido lo de los marcianos para no asustar a la gente… Todo esto puede ser paródico, pero a ciertas edades da una versión profundamente errónea de lo que es el conocimiento y, a la larga, puede ser incluso dañina.

La razón no solamente es idéntica en todos los campos, y creo que uno de las principales misiones de la razón es establecer los diversos campos de verdad que existen. Por supuesto, la razón tiene que ver con la verdad. La idea postmoderna de que nada es verdad… Evidentemente desde la verdad absoluta, con mayúscula y un nimbo de luz alrededor, al hecho de que nada sea verdad, y que por tanto cualquier cosa es más o menos igualmente cierta que otra, hay un largo recorrido. Es decir, la razón busca verdades, opiniones más reales, más próximas a lo real, con más carga de realidad que otras. No está igualmente próxima a la realidad cualquier tipo de forma de ver, de entender, de operar. La razón es esa búsqueda de verdad, esa búsqueda de mayor realidad, con todo lo que el descubrimiento de la realidad comporta. No siempre el descubrimiento de la realidad es grato, porque mientras nuestros sueños, nuestras ilusiones, puesto que las hemos inventado nosotros, siempre nos son favorables o gratificantes, la razón atiende a una realidad que no depende de nosotros, que no nos complace, que no espera darnos gusto. Por tanto, a veces los descubrimientos de la realidad son bastante más desagradables que las ilusiones que podemos hacernos sobre ella.

Es importante establecer campos diferentes de verdad. No es la misma verdad la que se puede encontrar en el campo de las matemáticas que en el de la historia. Hay campos diferentes que es importante establecer. En muchas ciudades españolas y de otros países de Europa, a las puertas de la ciudad, en la época medieval, existía lo que se llamaba el Campo de la Verdad, donde se llevaban a cabo las ordalías o juicios de Dios, los torneos que decidían quién tenía razón en una disputa o qué era lo verdadero en una cuestión –si era cierto que fulanita era bruja o no lo era, etc. –. Esos campos de la verdad donde se dirime, incluso por enfrentamiento, lo que es cierto, están también en las otras verdades, en las verdades racionales. Hay campos de verdad distintos. Hay campos de verdad en que operan los términos de una manera diferente en un lado y en otro. Si hablamos, por ejemplo, del Sol, en un registro podemos decir que es un astro de magnitud mediana, con unas características determinadas; en otro registro podemos decir también que el Sol es un dios, una divinidad, para alguien que lo adore o siga la teoría heliocéntrica. Podemos decir también que el Sol es el rey de nuestro sistema solar, y de esa forma introducimos una línea de metáfora, de comparaciones literarias, etc. En cada uno de esos registros hay sus propias verdades. Es decir, es verdad que entendiendo rey en un determinado sentido, el Sol es el rey del Sistema Solar; pues es, como el rey, el astro más importante, central, que determina la existencia de vida o la no existencia en los otros astros. Si lo tomamos en sentido literal y pensamos que el Sol es el rey dinásticamente coronado, no entendemos el asunto.

La razón sirve para establecer esos campos de verdad diferentes. A veces, por exigir la verdad que pertenece a un campo a otro campo distinto, perdemos la sustancia racional que puede haber en un planteamiento. Me viene a la memoria una anécdota que le ocurrió a una persona que está en esta sala y que es Cayetano López, buen amigo y además catedrático de Física y experto en determinadas cuestiones, y que una vez, hace ya años, en un momento en que se puso de moda hablar del big bang, empezaron los periodistas a llamar a El País, donde trabajábamos entonces, preguntando qué era el big bang. Después de hablar con uno de ellos, Cayetano estaba asombrado porque el periodista le había dicho “pero bueno, dígame usted si existe o no existe Dios en el big bang”, a lo que, evidentemente, no pudo contestar. Ese salto de un campo, en el que se está planteando un tipo de verdades, a otro campo en el que las verdades son diferentes, es intentar mezclar cosas que no tienen nada que ver, estar constantemente equivocando los planos y buscando un tipo de verdad allí donde no puede ser hallada. Es uno de los peligros que tenemos en el camino especulativo actual. La gente no está muy segura de cuáles son los campos en que se pueden pedir determinadas verdades. Preparar o educar para la razón es también ayudar o enseñar a discernir qué tipo de verdades y qué tipo de requisitos de verdad se pueden exigir en cada uno de los campos, y qué tipo de niveles de aceptación de la verdad.

Otra de las obligaciones en el desarrollo de la razón es el enfrentamiento con la idea de la opinión como última ratio de todo lo que hay. Vivimos en una época en que se oye la opinión, disparatada para mí, de que todas las opiniones son respetables. ¡Cómo van a ser respetables todas las opiniones! Si algo les pasa a las opiniones es que no son todas respetables. Si todos hubiéramos creído que todas las opiniones son respetables no hubiéramos descendido todavía del primer árbol. Todas las personas son respetables, sean cuales fueren sus opiniones, pero no todas las opiniones son respetables. Una persona que dice que dos y dos son cinco, no puede ser encarcelada, no puede tomarse ninguna represalia contra ella, pero lo que es evidente es que la idea de que dos y dos son cinco no es tan respetable como la idea de que dos y dos son cuatro. La mitificación de la opinión propia lleva a considerarla como algo que se sustrae de la discusión, en lugar de algo que se pone sobre la mesa, algo que no es ni mío ni suyo pero que tenemos que discutir – discutere es, en latín, ver si un árbol tiene raíces, si las cosas tienen raíces–, ver si está enraizada en algo. Cuando se propone una opinión, no se propone como quien se encierra en un castillo, como quien se acoraza, no se supone que todas las opiniones son igualmente válidas, sino que están abiertas a contrastarse con pruebas y datos. Si no, no son opiniones, son dogmas. La idea de que todas las opiniones valen lo mismo, de que la opinión del alumno de parvulitos vale lo mismo en cuestiones matemáticas que la del profesor de aritmética, no es verdad. Y la idea de que es un signo de democracia o de libertad que cualquier idea vale lo mismo que cualquier otra y que da lo mismo que quien la sostiene ignore los mecanismos del asunto, no pueda aportar ninguna prueba, no tenga datos, sea incapaz de razonar su postura, vale lo mismo que la opinión de quien conoce el asunto, me parece preocupante.

Sin embargo, hay una mitificación de la opinión como esa especie de encastillamiento del que se siente ofendido cuando contrariado, como si las opiniones se pudieran herir, y como si cada cual pudiese sentir heridas sus opiniones. La idea de que las opiniones forman cuerpo con nosotros, y que el decir “es mi opinión” da un grado de razón superior al de la opinión del vecino, me parece preocupante, sobre todo porque se considera un signo de liberalidad intelectual el reconocer las opiniones de cada cual, cuando la única liberalidad que existe es reconocer que las opiniones deben estar fundadas en la razón y que nadie tiene derecho a exponer sus opiniones si no tiene razones para justificarlas. La postura auténticamente libre, abierta y revolucionaria es sostener que es la razón la que vale y que las opiniones deben someterse a ella, y no que son las opiniones las que por sí mismas, por tener una persona detrás, se convierten en inviolables porque la persona lo es.

Enseñar estas cosas y enseñar la diferencia que hay entre el respeto a las personas y las pautas de una capacidad de escucha, la razón no se nota solamente cuando uno argumenta sino también cuando uno comprende argumentos. Ser racional es poder ser persuadido por argumentos, no sólo persuadir con argumentos. Nadie puede aspirar a la condición de racional si sus razones las ve muy claras pero jamás ve ninguna razón ajena claramente. Ver las razones de otros forma parte, necesariamente, de la racionalidad. Aceptar haber sido persuadido por razones suele estar muy mal visto, como si dar muestras de racionalidad fuera algo muy malo, cuando el hecho de cambiar de opinión demuestra que les sigue funcionando la razón. El mundo está lleno de personas que se enorgullecen de pensar lo mismo que pensaban a los 18 años; probablemente no pensaban nada ni ahora ni a los 18 años, y gracias a eso se mantienen invulnerables a todo tipo de argumentación, razones, conocimiento del mundo, etc.

Educar para que las personas sean vulnerables a los razonamientos también forma parte de la educación racional, y esto entra en la distinción fundamental entre lo racional y lo razonable. La razón cubre un campo que abarca lo meramente racional, en el que nos las entendamos con las cosas lo mejor posible, y lo razonable, en el que nos las entendemos con los sujetos. Es razonable incluir la propia razón de otro sujeto en la mía propia, la posibilidad de aceptar sus fines, de aceptar sus objetivos, su propia búsqueda de la experiencia como parte de mi propia razón. El funcionamiento racional y el funcionamiento razonable están ligados, y hay que educar en ambos. Lo razonable será ese otro uso que yo consiga dar a los conocimientos racionales que tengo. Naturalmente que los usos también están ligados a la razón, pero a otra función diferente, es decir, al reconocimiento de que no me muevo sólo entre objetos, sino también entre sujetos. Y que lo característico de los objetos es que yo puedo imponerles mis fines; y de los sujetos, que yo debo conocer sus fines para de alguna forma contrastarlos con los míos y buscar la posible cooperación.

Ésa es una distinción importante porque a veces, por ejemplo en cuestiones de economía, se da una visión de la razón y se considera lo racional como lo único que cuenta, y no lo razonable. Buscan una maximización de beneficios pero no la dimensión razonable, el reconocimiento de otros objetivos, de otros fines, de otras formas de vida que deben tenerse en cuenta. Porque una razón meramente racional pero no razonable es inhumana, está mutilada de sus características básicas. Y ésta es una tendencia actual, que puede hacer antipática y odiosa la invocación a la razón porque sólo se hace desde el nivel racional, no desde el razonable. Todo funciona como si fuera un juego de objetos, sin reconocer que también hay sujetos y esto es profundamente irracional. Muchas veces las convocatorias a la racionalidad lo son en el fondo a la irracionalidad porque se trata de una razón mutilada de su dimensión razonable. De la misma manera, no todo lo que puede hacerse racionalmente es razonable hacerlo, es una postura bastante contraria a la verdadera razón, que tiene las dos dimensiones. No vivimos sólo en un mundo de objetos, sino de sujetos. No entiende racionalmente el mundo quien cree que todo son objetos, de la misma manera que la clave del sentido es lo que se comparte con otros sujetos.

No toda la praxis es meramente instrumentalidad. La escuela de Frankfurt y otros hablaron de la razón instrumental frente a la razón comprensiva de la subjetividad y no solamente de manera objetiva. Y ahí entra el papel de la filosofía. Es importante en un mundo cada vez más disperso: la filosofía puede tener una función mental tonificante. Puede tenerla o no, depende de cómo se enseñe. Primero, ¿qué se va a enseñar como filosofía? La idea de que la filosofía produce efectos taumatúrgicos en el ser humano y convierte a cada uno en un ser crítico, no se corresponde con la realidad. Me he movido toda mi vida delante de profesores, catedráticos y alumnos de filosofía, y rara vez he encontrado seres dotados de esta maravillosa autonomía y capacidad intelectual. Esta idea de que la filosofía, acercarse a ella, dota de unas aptitudes críticas, no es verdad.

Lo primero es ver qué se va a dar en filosofía, qué papel puede tener la filosofía en un mundo donde, cuando queremos saber algo, acudimos a la ciencia. Una vez respondida científicamente una pregunta, no tenemos que volver a planteárnosla, queda zanjada con las soluciones, más completas o incompletas, que da la ciencia. Pero hay preguntas que no se pueden cancelar, como qué es la libertad, o qué es la belleza o la muerte, o la verdad. No hay una respuesta definitiva, sino respuestas que nos permiten convivir con esas preguntas. Son temas que tienen tal cantidad de registros que atañen al fondo de nuestra condición humana, que cancelarlas sería cancelarnos, cerrarlas sería cerrar nuestra humanidad. La filosofía no cierra ninguna pregunta, al contrario, la respuesta filosófica acompaña a la pregunta. La historia de la filosofía es la historia de las preguntas y de las respuestas que las acompañan y que pueden continuar, y que pueden ayudarnos a convivir con esas preguntas. Son temas que tienen tal cantidad de registros, que atañen al fondo mismo de nuestra cognición humana con tal fuerza, que cancelarlas sería cancelarnos, cerrar nuestra propia humanidad, nuestra capacidad de sentir y convivir. La filosofía no nos hace olvidar las preguntas, sino que nos las recuerda, mientras que la ciencia pretende ir dejando atrás una serie de preguntas de modo que podamos ir hacia otras.

Ésa es su función diferente: la filosofía mantiene abiertas unas preguntas que es por donde nos entra nuestra propia humanidad y esas preguntas son como ventanas que dan el oxígeno a nuestra humanidad, y por tanto mantener abiertas esas preguntas es importante, pero no como en un pasmo vacío, sino intentando respuestas tentativas, que sabemos que siempre son circunstanciales, que están limitadas por nuestra situación, por nuestra condición histórica, por nuestra personalidad, porque la filosofía trata de hacer extensivo el punto de vista del individuo y el punto de vista de la objetividad. Lo difícil del juego filosófico es que intenta alcanzar una objetividad que no pierde de vista el sentido subjetivo que tiene, mientras que la ciencia busca un planteamiento meramente objetivo en el cual la subjetividad del científico no cuenta. Es importante señalar esta dimensión y señalar que esta dimensión está en todos. No es cierto que todo el mundo sea filósofo –aunque los niños son espontáneamente metafísicos y hacen preguntas metafísicas espontáneas que tratamos de quitarles de la cabeza regañándoles– ya que la filosofía tiene una dimensión de estudio. Como disciplina académica está bien conocer las opiniones, las tradiciones, el mecanismo de debate, etc. Pero lo que no es cierto es dar la impresión de que la filosofía es una cuestión a la cual sólo se puede acceder cuando uno ya conoce un tipo de jerga, cuando tiene ya unas claves íntimas. Una persona que se dedique a la filosofía tiene la obligación de poder discutir inteligentemente un tema filosófico con cualquiera. Naturalmente, si esa persona quiere profundizar o quiere enterarse, antes o después ha de leer obras de filósofos, o de grandes pensadores, o quizás de grandes literatos, que puedan ampliar esa preocupación, ese intento de mantener abierta la pregunta. Pero no es verdad que un filósofo no pueda hablar de nada con los demás salvo que los demás posean la misma jerga y conozcan lo que significa analítica trascendental. Y no es verdad tampoco lo que los profesores de filosofía en el bachillerato, con la mejor intención del mundo, te dicen con entusiasmo: “Yo he logrado que los chicos comprendan el sistema de Aristóteles, o de Hegel”. Es verdad que a veces la comprensión de las respuestas de los filósofos es importante, pero la filosofía no consiste en comprender los sistemas de los filósofos, sino que los sistemas de los filósofos sirven para comprender el mundo. Entonces lo interesante es utilizar los conocimientos, las ideas, los sistemas de los filósofos para comprender el mundo, no convertir el conocimiento de los filósofos en la finalidad de la filosofía.

Esta sensación de esterilidad, de circularidad, de aburrimiento que da a veces la filosofía, aparte de por la maldad de los ministros y de las fuerzas de orden público que nos persiguen, viene un poco por culpa de los propios profesores de filosofía, que a veces estamos convirtiendo la celebración de los filósofos en el objetivo de la filosofía. Se introduce al adolescente en la filosofía y se le dice que la filosofía es importante porque de ella se ocupaban Platón, Aristóteles, etc. Eso no es. Es decir, Aristóteles y Platón eran importantes porque se ocupaban de filosofía, eran importantes por las cosas que decían de los temas importantes. No es que la filosofía sea importante porque se han ocupado de ella gente tan importante como Kant. Me parece que convertir a los filósofos, el lenguaje de los filósofos, el utillaje filosófico, en la última ratio de la clase de filosofía es profundamente estéril. Evidentemente, a pesar de que esto es importante, y es importante que los mecanismos de esta tradición se conozcan, así como el porqué de determinadas expresiones, es fundamental que se vea la relación de todo eso con la vida, con el mundo, y con el mundo y con la vida que vive la persona que se está dedicando a ello. Si la filosofía es simplemente arqueología de las cosas que se han dicho, que se han pensado en otras épocas, yo creo que los jóvenes no se interesarán por ellas y yo, sinceramente, tampoco me interesaría por ellas si no fuera porque creo que tienen una relación con cosas más palpitantes.

La función de la filosofía debe ser mantener uno de los polos de esta educación racional, es decir, el polo más abierto, el polo también que marca los límites de cualquier razón humana, el polo que trata del mecanismo mismo que nos lleva a razonar, de las formas de nuestro razonamiento, de cómo la razón es algo que nos damos unos a otros, que tomamos unos de otros y no simplemente algo que surge como un chorro de cada uno. Ese papel de la filosofía, esa especie de teoría general de la razón, de último refugio de la razón como relacionada con la vida, como relacionada tanto con lo racional como con lo razonable, eso creo yo que podría ser la función de la filosofía, pero naturalmente la educación racional no es solamente filosofía, no se centra exclusivamente en la filosofía sino en todos los campos educativos, desde los más pequeños hasta los más altos, el proceso de desarrollo de la razón es la base. No podríamos encontrar otra base más importante que esa transmisión de pautas racionales.

Eso es un poco lo que yo les quería exponer, en parte para hablar de que la educación debe potenciar la razón y por lo tanto aprender a rebelarnos contra la sinrazón –porque naturalmente una de las dimensiones de la razón es la rebelión contra la sinrazón–, es decir, las personas racionales no lo son sólo porque se comportan racionalmente, sino porque luchan por vivir en una sociedad racional y razonable, porque luchan por que no predominen los dogmas irracionales, las supersticiones, los fanatismos, aquello que de alguna forma iría en contra de la razón. De modo que la razón es una muestra de convivencia, pero también una fuente de disidencia y de rebelión. Potenciar esto es el camino de la educación y a ello debería contribuir la propia asignatura de filosofía en el bachillerato e incluso como práctica universitaria.

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El mago y el científico

Umberto Eco

Este texto es un resumen de la intervención del autor -titulada La recepción de la ciencia por parte de la opinión pública y de los medios de comunicación- en la Conferencia Científica Internacional, celebrada en Roma.

Creemos que vivimos en la Edad de la Razón. Una vez acabadas las tinieblas medievales y comenzado el pensamiento crítico del Renacimiento y el propio pensamiento científico, consideramos que vivimos en una edad dominada por la ciencia.

Los hombres de hoy no sólo esperan, sino que pretenden obtenerlo todo de la tecnología y no distinguen entre tecnología destructiva y tecnología productiva. El niño que juega a la guerra de las galaxias en el ordenador usa el móvil como un apéndice natural de las trompas de Eustaquio, lanza sus chats a través de Internet, vive en la tecnología y no concibe que pueda haber existido un mundo diferente, un mundo sin ordenadores e incluso sin teléfonos.
Pero no ocurre lo mismo con la ciencia. Los medios de comunicación confunden la imagen de la ciencia con la de la tecnología y transmiten esta confusión a sus usuarios, que consideran científico todo lo que es tecnológico, ignorando en efecto cuál es la dimensión propia de la ciencia, de ésa de la que la tecnología es por supuesto una aplicación y una consecuencia, pero desde luego no la sustancia primaria.
La tecnología es la que te da todo enseguida, mientras que la ciencia avanza despacio.
Pero no sólo eso: estamos tan acostumbrados a la velocidad que nos enfadamos si el mensaje de correo electrónico no se descarga enseguida o si el avión se retrasa. Pero este estar acostumbrados a la tecnología no tiene nada que ver con el estar acostumbrados a la ciencia; más bien tiene que ver con el eterno recurso a la magia.

¿Qué era la magia, qué ha sido durante los siglos y qué es, como veremos, todavía hoy, aunque bajo una falsa apariencia? La presunción de que se podía pasar de golpe de una causa a un efecto por cortocircuito, sin completar los pasos intermedios. Clavo un alfiler en la estatuilla que representa al enemigo y éste muere, pronuncio una fórmula y transformo el hierro en oro, convoco a los ángeles y envío a través de ellos un mensaje.


La magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos y, sobre todo, no se preocupa de establecer, probando y volviendo a probar, si hay una relación entre causa y efecto.
La confianza, la esperanza en la magia, no se ha desvanecido en absoluto con la llegada de la ciencia experimental. El deseo de la simultaneidad entre causa y efecto se ha transferido a la tecnología, que parece la hija natural de la ciencia. ¿Cuánto ha habido que padecer para pasar de los primeros ordenadores del Pentágono, del Elea de Olivetti tan grande como una habitación (los programadores necesitaron ocho meses para preparar al enorme ordenador y que éste emitiera las notas de la cancioncilla El puente sobre el río Kwai, y estaban orgullosísimos), a nuestro ordenador personal, en el que todo sucede en un momento?


La tecnología hace de todo para que se pierda de vista la cadena de las causas y los efectos. Los primeros usuarios del ordenador programaban en Basic, que no era el lenguaje máquina, pero que dejaba entrever el misterio (nosotros, los primeros usuarios del ordenador personal, no lo conocíamos, pero sabíamos que para obligar a los chips a hacer un determinado recorrido había que darles unas dificilísimas instrucciones en un lenguaje binario). Windows ha ocultado también la programación Basic, el usuario aprieta un botón y cambia la perspectiva, se pone en contacto con un corresponsal lejano, obtiene los resultados de un cálculo astronómico, pero ya no sabe lo que hay detrás (y, sin embargo, ahí está). El usuario vive la tecnología del ordenador como magia.

Podría parecer extraño que esta mentalidad mágica sobreviva en nuestra era, pero si miramos a nuestro alrededor, ésta reaparece triunfante en todas partes. Hoy asistimos al renacimiento de sectas satánicas, de ritos sincretistas que antes los antropólogos culturales íbamos a estudiar a las favelas brasileñas; incluso las religiones tradicionales tiemblan frente al triunfo de esos ritos y deben transigir no hablando al pueblo del misterio de la trinidad y encuentran más cómodo exhibir la acción fulminante del milagro.
El pensamiento teológico nos hablaba y nos habla del misterio de la trinidad, pero argumentaba y argumenta para demostrar que es concebible, o que es insondable. El pensamiento del milagro nos muestra, en cambio, lo numinoso, lo sagrado, lo divino, que aparece o que es revelado por una voz carismática y se invita a las masas a someterse a esta revelación (no al laborioso argumentar de la teología).

Querría recordar una frase de Chesterton: “Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que ya no crean en nada: creen en todo”.


Lo que se trasluce de la ciencia a través de los medios de comunicación es, por lo tanto -siento decirlo-, sólo su aspecto mágico. La investigación se comunica enseguida como descubrimiento, con la consiguiente desilusión cuando se descubre que el resultado aún no está listo. Los episodios los conocemos todos, desde el anuncio indudablemente prematuro de la fusión fría a los continuos avisos del descubrimiento de la panacea contra el cáncer.


Es difícil comunicar al público que la investigación está hecha de hipótesis, de experimentos de control, de pruebas de falsificación. El debate que opone la medicina oficial a la medicina alternativa es de este tipo: ¿por qué el pueblo debe creer en la promesa remota de la ciencia cuando tiene la impresión de tener el resultado inmediato de la medicina alternativa?
La mentalidad mágica ve sólo un proceso, el cortocircutio siempre triunfante, entre la causa presunta y el efecto esperado. Llegados a este punto, nos damos cuenta también de cómo está ocurriendo y puede ocurrir, que se anuncien recortes consistentes en la investigación y la opinión pública se quede indiferente. Se quedaría turbada si se hubiese cerrado un hospital o si aumentara el precio de los medicamentos, pero no es sensible a las estaciones largas y costosas de la investigación. No se da cuenta de que los recortes en la investigación pueden retrasar también el descubrimiento de un fármaco más eficaz para la gripe, o de un coche eléctrico, y no se relaciona el recorte en la investigación con la cianosis o con la poliomielitis, porque la cadena de las causas y los efectos es larga y mediata, no inmediata, como en la acción mágica.

Es inútil pedir a los medios de comunicación que abandonen la mentalidad mágica: están condenados a ello no sólo por razones que hoy llamaríamos de audiencia, sino porque de tipo mágico es también la naturaleza de la relación que están obligados a poner diariamente entre causa y efecto. Existen y han existido, es cierto, seres divulgadores, pero también en esos casos el título (fatalmente sensacionalista) da mayor valor al contenido del artículo y la explicación incluso prudente de cómo está empezando una investigación para la vacuna final contra todas las gripes aparecerá fatalmente como el anuncio triunfal de que la gripe por fin ha sido erradicada (¿por la ciencia? No, por la tecnología triunfante, que habrá sacado al mercado una nueva píldora).

Le corresponde a la escuela, y a todas las iniciativas que pueden sustituir a la escuela, incluidos los sitios de Internet de credibilidad segura, educar lentamente a los jóvenes para una recta comprensión de los procedimientos científicos. El deber es más duro, porque también el saber transmitido por las escuelas se deposita a menudo en la memoria como una secuencia de episodios milagrosos: madame Curie, que vuelve una tarde a casa y, a partir de una mancha en un papel, descubre la radiactividad; el doctor Fleming, que echa un vistazo distraído a un poco de musgo y descubre la penicilina.

Nos seguimos masacrando como en los siglos oscuros arrastrados por fundamentalismos y fanatismos incontrolables, proclamamos cruzadas, continentes enteros mueren de hambre y de sida, mientras nuestras televisiones nos representan (mágicamente) como una tierra de jauja, atrayendo sobre nuestras playas a desesperados que corren hacia nuestras periferias como los navegantes de otras épocas hacia las promesas de Eldorado; ¿y deberíamos rechazar la idea de que los simples no saben aún qué es la ciencia y la confunden bien con la magia, bien con el hecho de que, por razones desconocidas, se puede enviar una declaración de amor a Australia y a la velocidad del rayo?


La conclusión polémica de mi intervención es que el presunto prestigio de que goza hoy el científico se basa en razones falsas, y está en todo caso contaminado por la influencia conjunta de las dos formas de magia, la tradicional y la tecnológica, que aún fascina la mente de la mayoría. Si no salimos de esta espiral de falsas promesas y esperanzas defraudadas, la propia ciencia tendrá un camino más arduo que realizar.

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Trabajar 4 horas al día – El elogio a la ociocidad – Bertrand Russell – extracto

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Elogio de la ociosidad y otros ensayos (en inglés: In Praise of Idleness and Other Essays) es una recopilación de ensayos de Bertrand Russell publicados por la editorial Routledge en 1935. La colección incluye ensayos sobre sociología, filosofía y economía. En el ensayo del mismo nombre, Russell sostiene que si todo el mundo trabajara sólo cuatro horas al día, el desempleo disminuiría y la felicidad humana aumentaría debido al mayor tiempo libre.

Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado.
La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. La moral del trabajo es la moral de los esclavos y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Es evidente que, en las comunidades primitivas, los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con que subsistían los guerreros y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obligaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente, sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su deber trabajar intensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros, que permanecían ociosos.
El deber, en términos históricos, ha sido un medio, ideado por los poseedores del poder, para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés.
La técnica moderna ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de trabajo requerida para asegurar lo imprescindible para la vida de todos.
La guerra demostró de modo concluyente que la organización científica de la producción permite mantener las poblaciones modernas en un considerable bienestar con sólo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero. Si la organización científica, que se había concebido para liberar hombres que lucharan y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios proporcionados a lo que ha producido, sino proporcionados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.
Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en circunstancias completamente distintas de aquellas en las que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando -digamos- ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando demasiado. De este modo, queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?
La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada normal de trabajo de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabajarán doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: “¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar”. Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.
Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro -dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata-. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob atracción por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone en situación más acorde con el sentido común.
El sabio empleo del tiempo libre -hemos de admitirlo- es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.
Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual.
Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”. Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.
Consideran el trabajo como debe ser considerado, como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.
La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba. En un sentido amplio, se sostiene que, ganar dinero es bueno mientras que gastarlo es malo.
Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera conveniente.
En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.
En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.
Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento.
El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.


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La señal

Eres la mujer
de la cama,
de la luz
entre el pelo,
de la bata
entreabierta,
del abrazo
delicado.

En la habitación,
tus largos cabellos
no se sostienen
por la gravedad,
sino por la oscuridad.

Tus ojos de amor
se apoyan
como dedos infantiles
sobre mis labios
cuando hablo,
y de tus besos

la saliva dulce
se convierte en sangre

que me penetra y nos une para siempre.

Hoy,

las sábanas blancas
la almohada
larga
la ventana
las luces de afuera
y la noche

son las mismas,

tus cabellos,
sin embargo,
reflejan un sol mas viejo,
y tu piel oscura

absorbe su luz.

Nosotros habitamos
los mismos cuerpos,
pero aquellos
de la noche estremecida,
están en otra parte,
esperando,
entre la costumbre de los dias,
una señal
que no acaba de llegar,
entre los colores,
los olores de aquella cama

cubierta de ayer,

porque saben

que llegará con el viento

y eso los mantiene
fervientes
sacerdotes de un dios

solo para dos.

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El sueño del cargador

  • Nací en tierras de la princesa huanca.
  • ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en la obra?
  • Desde que vine con mi abuelo, no lo recuerdo bien, han pasado muchas lunas.
  • ¿Tienes hijos?
  • Raymi y Huayna
  • Cuenta ¿para qué has venido a verme?
  • Mi mujer dijo que tenía que ver al curaca cuando le conté un sueño que tuve. Dice que algo parecido le pasó a su padre y fue el curaca quien lo ayudó a librarse del sueño.
  • Antes de que me cuentes ese sueño, dime, cómo va la obra.
  • Las dos últimas lunas hemos trasladado grandes piedras desde el apu qosqaypillca. Rocas sagradas. Algunas de más de seis cuerpos de alto por dos de ancho. Las cargamos entre muchos hombres y animales. El camino es lento pero como se ha hecho muchas veces ahora es más fácil. Alguna roca sagrada se quedó en el camino, sabemos que no deben ser molestadas, así que las dejamos no más, pero la mayoría alcanza la altura de Saccsahuamán.
  • ¿Cómo es tu grupo?
  • Somos más de cien hombres, nos distribuyen según el peso y tamaño de la roca, el camino, el clima; la mayoría sabe leer la forma de la piedra, es gente experimentada que sabe cómo llevarlas, cómo tratarlas. He aprendido mucho de ellos. Mis manos se han endurecido pero también han ganado mucho conocimiento.
  • Bien, veo que eres un hombre fuerte y trabajador.
  • Wiracocha protege a sus hijos cuando estos lo adoran.
  • Cuéntame ahora ese sueño.

Fue después de la fiesta de iniciación de mi hijo mayor, Raymi. Los animales que ofrendamos fueron propicios, los Apus nos regalaron buenos augurios para Raymi.

Ya de tarde, mi mujer me dijo que lleve a dormir al pequeño Huayna y eso hice, lo puse en su cama y a su lado, mientras vigilaba su sueño, me quedé dormido. Cuando abrí los ojos estaba al margen de un río de piedra con rocas plantadas a ambos lados, en perfecta alineación. Nunca había visto rocas elevarse tanto del suelo, mareos me daba al levantar la cabeza.

Wiracocha dormía y el cielo estaba desierto, sin estrellas, sin embargo había luz  que salía por los agujeros de esas rocas y también de las puntas de unas altas estacas clavadas a lo largo del camino de piedra. Pude ver gente que entraba y salía de las altas rocas, podían subir y bajar por dentro de ellas gracias al poder de alguna magia que los transportaba. Sentí mucho miedo, nunca había visto nada igual. Todo parecía extraño, miré mi cuerpo y era como es ahora, pero tuve una rara sensación al ver mis pies apoyados sobre la larga manta de piedra gris que se extendía y conectaba con otras, y se perdía en muchas direcciones.

Todo alrededor era duro y frío, la gente llevaba el cuerpo envuelto y no se le veía casi nada de la piel ni los pies. También vi correr engendros de cuatro patas con luces en la frente sobre el río de piedra. Sentí vértigo, mi pecho batía tan fuerte que creí que se me abriría en dos. Imploré a Wiracocha que me diera fortaleza. Fue cuando vi a la mujer con el perro. Venían directos hacia mí. Wiracocha me había infundido algo de su valor; quise detenerlos alzando el brazo, pero siguieron avanzando. Ya estaban cerca cuando me di cuenta de que no podía moverme del sitio, así que me puse a gritar, pero ni ella ni el perro se percataron de que estaba allí ni cambiaron de rumbo, fue entonces que pasaron a través de mi cuerpo, me atravesaron limpiamente, como cuando se camina bajo la lluvia. Entonces desperté entre gritos.

  • Has tenido un sueño profundo. Ahora eres otro. Con el nuevo sol vivirás bajo este Kamayoc y vestirás como curaca, servirás a Wiracocha. Dejarás la construcción. El sol te ha hablado desde la noche y su palabra es sagrada. Ve a tu hogar a despedirte. Te espero mañana antes de que Wiracocha nos sueñe, desde la oscuridad, otra vez, por siempre.

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Narciso en la sociedad del rendimiento

El viejo Tiresias dijo que la desgracia se cerniría sobre él, el día que contemplase su propia imagen. Narciso, sin embargo, nunca supo de profecías hechas por ciegos videntes, pero su madre se encargó de ocultar todos los espejos en casa y todo aquello que pudiese reflejar su identidad. Narciso creció tan hermoso como ignorante de su belleza, inconsciente del poder de su apariencia, gracias a los cuidados de su tan protectora como susceptible madre.

Subo al tren que me lleva al trabajo, en él va gente que, como yo, cuenta con el tiempo del trayecto para hacer cualquier cosa, observar a otros pasajeros, las calles que corren por fuera o, lo que hoy es más común, mirar y tocar pantallas: teléfonos, Ipads, cualquier cosa que tenga una superficie llana, brillante, y que esté conectada a Internet. De pronto me vienen a la mente unas líneas del cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”:

“La geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría visual es la superficie, no el punto.”

Una geometría que no esté basada en el punto sino en la superficie, ¿no se parece mucho a un mundo dominado por pantallas? Un mundo de superficies donde el hombre está más interesado en la interacción con esas pantallas que con lo que sucede fuera de ellas ¿No sería un mundo visual y táctil como el de hoy?

El joven Narciso fue a cazar al bosque con un grupo de amigos. Por ahí andaba solitaria la ninfa Eco, la antes habladora y entretenida Eco que, por ayudar a seducir a otras ninfas a ese depredador sexual que era el dios Zeus, distrayendo con su animada conversación a su celosa esposa, Hera, fue descubierta y condenada a que su voz se convirtiese en un susurro casi imperceptible y lo único capaz de repetir con claridad sería la última palabra de su interlocutor. La pobre Eco, decía, iba caminando sola, rumiando su dolor, cuando escuchó acercarse al grupo de amigos. Narciso iba al frente y ella al verlo quedó totalmente enamorada de él.

Según el filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul Han, “la sociedad del rendimiento está dominada en su totalidad por el verbo modal poder, en contraposición a la sociedad de la disciplina, que formula prohibiciones y utiliza el verbo deber. La sociedad del rendimiento está caracterizada porque en ella los sujetos están siendo explotados por ellos mismos.”[1] Observo a mis compañeros de travesía y pienso: esta gente no tiene pinta de estar muy triste, viajamos en un tren que nos transporta a una velocidad de rayo por túneles que atraviesan el agua del mar de la cual emergemos para encontrar la bahía, el Opera House y el Puente de Sydney. Si esta gente está siendo explotada, esclavizada, la verdad es que lo llevan –lo llevamos- magníficamente. No puedo evitar pensar en la película “Matrix”. La escena en la que Cypher –el malo de la película- habla con el agente Smith, antes de traicionar a Morpheus, en el restaurante. El traidor contempla arrobado el trozo de steak que sujeta con el tenedor antes de comérselo: “sé que esta carne no existe, que se trata de una ilusión, pero cuando la tenga en el paladar, Matrix se encargará de hacerme sentir que es jugosa, una delicia. Después de nueve años, ¿sabes de qué me he dado cuenta?: De que la ignorancia es una bendición.”

En una sociedad estructurada y educada para la auto explotación, las piezas se ordenan solas, pues ya no necesitan de amos. Se ha cambiado el viejo discurso del “tú debes” por el más actual de “tu puedes”, bajo el mandato “sé libre”. La coacción propia es más fatal que la ajena, ya que no es posible ninguna resistencia contra sí mismo. Nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos. Debemos obtener el máximo rendimiento de nuestra vida.

Narciso se separa del grupo. Ha oído algo y se asoma sigiloso a la entrada de una cueva. Sabe que hay alguien dentro pues oye el crujir de las hojas que ha pisado Eco. Entonces Narciso dice: ¿quién anda por ahí? Ahí…ahí…ahí, repite Eco. ¿Por qué huyes? ven a mí. A mí…a mí…a mí, vuelve a decir Eco. Entonces, después de un momento de duda, Eco se aparece y encara a Narciso. Sabe que no puede hacer otra cosa que repetir siempre las últimas palabras que le digan, así que estira sus brazos hacia él en señal de pasión y entrega, pero Narciso responde a este gesto con una fría sonrisa de desprecio: No pensarás que te amo. Eco: te amo… te amo… Permitan los dioses que me deshaga la muerte antes de que tú goces de mi –concluye Narciso y se aleja dándole la espalda.

Se ha construido una sociedad en la que se proyecta al individuo por todas partes, incesantes proyecciones de uno mismo; y cada vez le resulta a este más difícil reconocer al otro en su alteridad. Solo hay significaciones donde él se reconoce a sí mismo. El individuo tiene una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. Las redes sociales son un ejemplo de esos espejos donde nos contemplamos una y otra vez.

El desplante de Narciso fue la puntilla que provocó que Eco se encerrase totalmente en sí misma, dejase de comer, para finalmente, desaparecer esparcida en el aire del bosque. Pero Némesis, la diosa de la venganza, había escuchado las plegarias y las penas de Eco, así que decidió infundir una gran sed al arrogante joven. Narciso encontró un rio para beber, sus mansas aguas eran claras y cristalinas, allí Narciso pudo ver su rostro por primera vez reflejado y se quedó tan prendado de aquella imagen que nunca más pudo alejarse de la orilla, al punto que se transformó en una flor que crece cerca de ciertos ríos y lleva su nombre.

El de hoy es un sujeto abocado al éxito, y los éxitos llevan consigo la confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo del uno, al que confirma en su ego. Esta lógica del reconocimiento atrapa en su ego, aún más profundamente, al sujeto del rendimiento.

La sociedad del rendimiento está montada sobre el hombre éxito. Y este hombre de éxito es amo y esclavo al mismo tiempo. Vemos a ese hombre, arrogante y orgulloso, celoso de una libertad inexistente, trabajar sin reposo. Orgulloso de haber conseguido la acumulación de bienes. Para Aristóteles, la pura adquisición de capital es rechazable porque no se preocupa de la vida buena, sino de la mera supervivencia.

Las redes sociales permiten compartir cada aspecto de la vida. Ese mundo del reconocimiento por parte del otro que es, al modo de Eco, repetición de uno mismo, es lo común de las redes sociales. Internet te devuelve a ti mismo siempre. Ya te conoce y sabe lo que deseas, como el Cypher en Matrix, tu sensibilidad es lo que le importa, no tu libertad. Cuantas veces decimos: que sepan mis gustos y mis aficiones, que entren en mi vida, no tengo nada que ocultar. El sistema nos tiene atrapados hace tiempo. No tenemos privacidad. Así creamos ser libres, somos esclavos.

El narcisismo no es amor propio, es la incapacidad de ver al otro como otro sino como una proyección de uno mismo, y esa constancia de uno mismo, esa imagen repetida por todas partes y que está en nuestra mente, nos encierra en un mundo circular que, en caso de no resultar como lo imaginábamos, genera depresión y ansiedad, enfermedades típicas del narcisismo.

Nos han engordado el ego para sentir la necesidad de conseguir cosas que realmente no necesitamos pero que nos ilusionan, para motivarnos, entusiasmarnos para trabajar cada vez más, acumular más, a través de un sistema de poder que nos manipula de muchas maneras sin que seamos conscientes de estar siendo guiados por otros y pensamos que somos nosotros, que decidimos nosotros, cuando la realidad es que el poder solo desea conseguir sus fines que no son otros que los de la expansión y supervivencia.

El viejo Tiresias se estará riendo al vernos pegados a las pantallas, haciéndonos ricos, guapos, famosos y “libres”.

 

[1] Byung-Chul Han “La agonia del Eros” pag.19, Edit. Herder – Pensamiento Herder

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El muerto

Una mañana, después de muerto, se había sentado al borde de la cama mientras se ponía los calcetines para ir a trabajar y, sin saber muy bien porqué, tuvo conciencia de que no había pensado en mucho tiempo. Fue como regresar a la calle conocida de un barrio oculto entre la niebla de su memoria, a un olor grato, al recuerdo de un abrazo. Comprendió que había estado muerto. Nadie, como es normal, se lo había dicho. Tenía un calcetín en un pie y no sabía si seguir y ponerse el otro ¿llamaría a la oficina para decir que estaba enfermo? Mejor no, eso pondría en peligro su reputación, bien afianzada los últimos años, de empleado responsable, cumplido, sólido y fiable, “un relojito” como decían entre risas sus compañeros.
Como bien sabemos, se espera mucho de los muertos. Decidió llamar para decir que se sentía mal y que no iría a trabajar. No pudo evitar añadir, antes de recibir la lacónica respuesta de su también difunto jefe, que llevaría un certificado médico al día siguiente.
Terminó la llamada y se quedó mirando el aparato de teléfono que sostenía en la mano, absorto, y de pronto, supo qué le pasaba, ahora lo recordaba, era ese mal, que cada vez se le manifestaba menos y que era especialmente virulento cuando algo lo conmovía -una película, una mujer, un relato- que empezaba a poseerlo, y también sabía lo que sucedería, el mal comenzaría a moverse de modo subterráneo, desde alguna parte de su cuerpo, como una serpiente, para poseerlo a través de la nostalgia por enamorarse, de embriagarse como antes, de vestirse raro, viajar en tren, en avión o al borde de la cama, era como un canto que ascendía lento y que lo arrastraba despacio a otro mundo que también era suyo –o que lo había sido- pero que ahora lo desequilibraba con su reaparición.
Sabía también que con el mal, como con la gripe, solo se tiene que esperar a que se te pase y la cordura, la paz, la responsabilidad y todo eso regresaría; así que mandó todo a tomar por el culo, harto de comprobar que la muerte regresaba siempre limpia con sus dientes perfectos, días de nueve a cinco, tarjetas de crédito, dietas, ejercicios a horas masoquistas para conseguir una salud de hierro en un cuerpo de barro, y, más tarde, salir a trabajar tan cargado de energías que daban ganas de cortarse las venas. Y él sin poder hacer nada por evitarlo.

Cuando llegaron lo encontraron frío, inmóvil, con un calcetín puesto y el otro pie desnudo, se había caído a un lado de la cama y el teléfono, que aún sujetaba en una mano, mostraba un mensaje en la pantalla:
si sigues siendo buen empleado, buen padre, buen cliente del banco podrás jubilarte, tener una pensión, algo de ahorros tal vez, seguro médico y tiempo libre para aprender cosas increíbles como jugar al golf o entender todas las funciones de tu teléfono móvil, para salir por las mañanas a caminar rápido con ropa de deporte para intentar reducir el colesterol, tiempo a tu disposición para hacer sudokus frente al café y luchar contra la barbarie de una vejez invencible. Te espera un futuro maravilloso. Sigue así”

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Tigre siberiano

 

Hoy me enteré de que seducir es como conducir, pero a un lugar peligroso. En el génesis bíblico la serpiente seduce a Eva. La conduce al mal.

Busco la seducción. Que me seduzcan. Que surquen mi cuerpo en la intimidad. El sur. Busco el sur en la intimidad. En público soy más nórdica, puritana, seria. Busco la seguridad de día, en el norte.

Descubrimos juntos la serpiente. Danza delicada de Eurímedes, penetrada por la serpiente progenitora del mundo. Y bailamos descalzos, solos, en la habitación, muchas músicas. Gracias por la habitación y por tus músicas. Por tu sur en el norte. Por habitarme como lo hiciste.

Tienes licencia para conducir. Me basta con cerrar los ojos para sentir la carretera en el cabello, tu cuerpo de tigre siberiano alargado temblar contra mi cuerpo, estás adecuadamente drogado porque no quiero que me devores de un solo bocado, así te puedo disfrutar, conducir tus miembros y hacerte mío, así me puedes comer y disfrutar, sin hacerme daño.

Al despedirse la noche trepo sobre tu cuerpo que me lleva a un desierto blanco en el sur, bajamos laderas de dunas bañadas por el sol del amanecer. Te miro y estás allí, a miles de kilómetros, besándome, y dibujas con saliva en el interior de mis muslos, tu nombre, haces un ribete que baña mis labios e introduces dedos hasta hacerme correr sobre esa carretera que transcurre mi pelo abriéndolo como una mano que baja entre los cabellos.

La danza de la noche se vuelve día, el norte no se torna sur. Tú no puedes estar en todas partes. Tienes licencia para seducir pero tu mundo es el de la noche, transportas material peligroso sobre tu lomo, y lo llevas siempre al sur, a esas dunas en las que se hunden tus pies desnudos.

Tu cuerpo recorre otra piel, tigre alongado de Siberia, y los quejidos en la noche llegan hasta mis oídos descansados y aguardo, silenciosa, hasta que esa mujer se disuelva, como yo, entre tus cálidas sábanas.

Otro día llegarán los gorriones, con sus crueles primaveras, y alguno de ellos, un poco más dionisiaco que el resto, escapará del vuelo ordenado y geométrico de su bandada, y se comerá tu pancito con deleite, y te llevará a volar lejos, lejos, a donde no conocen ni tú ni el gorrión.

Te mando un beso de dragona,  un beso de fuego de animal inexistente, de los que saben desaparecer.

Tigre siberiano

 

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La visita

mujer con capucha (2)

Una vuelta por la esquina, un abrazo de menos, la calidad de una mirada. Te das de bruces con aquello que estás viviendo: bienvenido a tu vida.

La combinación de destinos, el futuro, no existe. Solo hay presente. El futuro no es, porque siempre será distinto del que imaginas, igual que el pasado, siempre modificado por el presente.
Y la muerte, que nos atraviesa a todos, acompañándonos con su mirada atónita, su risa nerviosa en la cara ensombrecida, permanece sentada en un rincón de nosotros. Anónima. Compañera. Los nombres son de los cuerpos que la vida
encarna -esa ilusión creada por la muerte para no aburrirse- y que luego abandona, como disfraces. Tal vez lo mejor -lo único- sea darle a ese cuerpo aun animado, experiencia, regalarle placer, gusto, emoción, un cordial gesto de agradecimiento a su presencia, su visita, su sueño a través de ti.

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Una calle solitaria

Entonces me detuve, la calle seguía sola. De pronto, todas las palabras de mi vida, desde las más remotas de mi niñez, se pusieron delante. Las palabras flotaban y dejaban ver la calle, las casas, los autos abajo. Esas eran mis palabras, las que dije, las que escribí, las que pensé, todas, y las que me dijeron y las que se pensaron gracias a mí o por mi culpa, todas estaban allí. Un largo rato, en esa calle vacía, jugué con ellas, con esa delicadeza algo tímida que se necesita para jugar con mariposas; poco a poco me fue entrando miedo, temor y, finalmente, acabé por aburrirme. Subí al autobús y dejé mis palabras flotando en la calle, en una calle cualquiera, de un día cualquiera.

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