SAN BORJA

Ayer, cuando fui al sur, me equivoqué de parada y tuve que bajar en un mercado de kioskos con todas las formas de comida posibles: carnes, frutas y verduras. Gente gritando y gente mirando, sopesando entre las manos lo que se iban a comer luego, preguntando precios y cantidades. Entonces, vi los pollos, algunos muy vivos y bulliciosos, otros menos, apretados dentro de jaulas, una sobre la otra, una torre de gritos, esperando turno para subir al mini patíbulo donde los esperaba un cuchillo enorme y una tabla de madera, un cono de metal boca abajo, y el balde de plástico a donde iría a parar esa sangre que aun circulaba intensa por sus venas y arterias de pollo. Una casa en proceso de demolición en el vecindario hacía de las suyas llenando de polvo a los pollos patibularios y los cabellos de los clientes; el autobús me dejó ahí, en medio de todo aquello, y se fue tirándose enormes pedos de polvo marrón más al sur.

Aprendimos a vivir del cuento. El cuento se escribe con una sonrisa que camina sobre los ojos. Tu cara se desliza suavemente entre los deseos de los que te sujetan con la mirada en los autobuses de Miraflores a San Borja, mientras yo camino ojeando una revista de cine que regalan antes de entrar a ver una película de viejos a los que la vejez les parece una pérdida de tiempo.

Y el autobús, que encierra los espejos de los que van a San Borja, dobla en una esquina y tú le preguntas a la chica sentada a tu lado si siempre dobla por esa esquina o era que solo ahora… pero ella te dice que es por ahí que dobla todos los días -como si las cosas doblaran y ella lo supiera- y entonces caes en la cuenta de que te equivocaste de línea y yo me detengo de golpe en la acera al darme cuenta de que la película que acabo de ver ganó el Oscar al mejor actor. La gente que pasa a mi lado trata curiosa de ver qué leo ahí en medio de esa calle, mientras tú ríes con esa risa que se pasea por las caras, y caminas dentro del autobús, como queriendo desandar tu error, hasta llegar a una esquina que no conoces y bajas. Entonces me ves leyendo la revista y me preguntas por San Borja.

Me preguntas por el micro a San Borja y yo te digo que sí, que qué bien, pero realmente ¿a dónde quieres llegar? Porque no todos los autobuses llevan al mismo lugar. Tal vez más tarde, una tarde de estas, te des cuenta que cruzan y se cruzan, van y vienen, dan mil vueltas por Lima, y van al sur y regresan del sur -pues en Lima todo es sur-, para vivir de esos cuentos que se cruzan en su interior dando lugar a mil y un cuentos, antes de subir al patíbulo, entre los cuales leer una revista de cine para llegar a tu sonrisa es tan probable como mirarte en el espejo del que está sentado a tu lado y preguntarle dónde estás.

Esta mañana tu novio se fue sin apagar la luz del baño, y eso te da mucha rabia, por lo que decidiste salir de casa sin arreglarte, para hacerlo en otra parte, frente a otro espejo o en cualquier otra cosa reflexiva; pero resulta que mi cara está empañada o es irreflexiva por una humedad mental que no te deja ver mientras lo intentas, y frotas con la punta de tus dedos mi cara, haciendo un círculo por el cual pruebas, otra vez, mirar y arreglarte.
Mientras yo sigo alucinando tus yemas, la suavidad con la que tus dedos describen ese círculo para abrir un espacio en mi humedad y poderte mirar. ¡Ah! sí, el autobús para San Borja, ya lo sé, claro, lo puedes coger aquí mismo, en esta esquina, pero depende adónde quieras llegar, tal vez este no te lleve a tu casa, porque quieres ir a tu casa ¿verdad? Todos queremos ir a nuestra casa, aunque algunos que tenemos muchas casas se nos confunden con los zapatos y entonces subirnos a un micro parece que también entramos en casa y es un problema, pero creo que a mí me da pena, mucha pena que tu casa esté en ese lugar, San Borja, y de que no tienes ganas de viajar, y ahora tampoco de hablar, lo veo en tus ojos que no veo, ahora que la revista se me ha caído al suelo -y la gente que cruza me mira curiosa- y yo sigo pensando por qué San Borja está tan lejos mientras yo sigo tan cerca de mis zapatos.

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El sueño del cargador

  • Nací en tierras de la princesa huanca.
  • ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en la obra?
  • Desde que vine con mi abuelo, no lo recuerdo bien, han pasado muchas lunas.
  • ¿Tienes hijos?
  • Raymi y Huayna
  • Cuenta ¿para qué has venido a verme?
  • Mi mujer dijo que tenía que ver al curaca cuando le conté un sueño que tuve. Dice que algo parecido le pasó a su padre y fue el curaca quien lo ayudó a librarse del sueño.
  • Antes de que me cuentes ese sueño, dime, cómo va la obra.
  • Las dos últimas lunas hemos trasladado grandes piedras desde el apu qosqaypillca. Rocas sagradas. Algunas de más de seis cuerpos de alto por dos de ancho. Las cargamos entre muchos hombres y animales. El camino es lento pero como se ha hecho muchas veces ahora es más fácil. Alguna roca sagrada se quedó en el camino, sabemos que no deben ser molestadas, así que las dejamos no más, pero la mayoría alcanza la altura de Saccsahuamán.
  • ¿Cómo es tu grupo?
  • Somos más de cien hombres, nos distribuyen según el peso y tamaño de la roca, el camino, el clima; la mayoría sabe leer la forma de la piedra, es gente experimentada que sabe cómo llevarlas, cómo tratarlas. He aprendido mucho de ellos. Mis manos se han endurecido pero también han ganado mucho conocimiento.
  • Bien, veo que eres un hombre fuerte y trabajador.
  • Wiracocha protege a sus hijos cuando estos lo adoran.
  • Cuéntame ahora ese sueño.

Fue después de la fiesta de iniciación de mi hijo mayor, Raymi. Los animales que ofrendamos fueron propicios, los Apus nos regalaron buenos augurios para Raymi.

Ya de tarde, mi mujer me dijo que lleve a dormir al pequeño Huayna y eso hice, lo puse en su cama y a su lado, mientras vigilaba su sueño, me quedé dormido. Cuando abrí los ojos estaba al margen de un río de piedra con rocas plantadas a ambos lados, en perfecta alineación. Nunca había visto rocas elevarse tanto del suelo, mareos me daba al levantar la cabeza.

Wiracocha dormía y el cielo estaba desierto, sin estrellas, sin embargo había luz  que salía por los agujeros de esas rocas y también de las puntas de unas altas estacas clavadas a lo largo del camino de piedra. Pude ver gente que entraba y salía de las altas rocas, podían subir y bajar por dentro de ellas gracias al poder de alguna magia que los transportaba. Sentí mucho miedo, nunca había visto nada igual. Todo parecía extraño, miré mi cuerpo y era como es ahora, pero tuve una rara sensación al ver mis pies apoyados sobre la larga manta de piedra gris que se extendía y conectaba con otras, y se perdía en muchas direcciones.

Todo alrededor era duro y frío, la gente llevaba el cuerpo envuelto y no se le veía casi nada de la piel ni los pies. También vi correr engendros de cuatro patas con luces en la frente sobre el río de piedra. Sentí vértigo, mi pecho batía tan fuerte que creí que se me abriría en dos. Imploré a Wiracocha que me diera fortaleza. Fue cuando vi a la mujer con el perro. Venían directos hacia mí. Wiracocha me había infundido algo de su valor; quise detenerlos alzando el brazo, pero siguieron avanzando. Ya estaban cerca cuando me di cuenta de que no podía moverme del sitio, así que me puse a gritar, pero ni ella ni el perro se percataron de que estaba allí ni cambiaron de rumbo, fue entonces que pasaron a través de mi cuerpo, me atravesaron limpiamente, como cuando se camina bajo la lluvia. Entonces desperté entre gritos.

  • Has tenido un sueño profundo. Ahora eres otro. Con el nuevo sol vivirás bajo este Kamayoc y vestirás como curaca, servirás a Wiracocha. Dejarás la construcción. El sol te ha hablado desde la noche y su palabra es sagrada. Ve a tu hogar a despedirte. Te espero mañana antes de que Wiracocha nos sueñe, desde la oscuridad, otra vez, por siempre.

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Narciso en la sociedad del rendimiento

El viejo Tiresias dijo que la desgracia se cerniría sobre él, el día que contemplase su propia imagen. Narciso, sin embargo, nunca supo de profecías hechas por ciegos videntes, pero su madre se encargó de ocultar todos los espejos en casa y todo aquello que pudiese reflejar su identidad. Narciso creció tan hermoso como ignorante de su belleza, inconsciente del poder de su apariencia, gracias a los cuidados de su tan protectora como susceptible madre.

Subo al tren que me lleva al trabajo, en él va gente que, como yo, cuenta con el tiempo del trayecto para hacer cualquier cosa, observar a otros pasajeros, las calles que corren por fuera o, lo que hoy es más común, mirar y tocar pantallas: teléfonos, Ipads, cualquier cosa que tenga una superficie llana, brillante, y que esté conectada a Internet. De pronto me vienen a la mente unas líneas del cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”:

“La geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría visual es la superficie, no el punto.”

Una geometría que no esté basada en el punto sino en la superficie, ¿no se parece mucho a un mundo dominado por pantallas? Un mundo de superficies donde el hombre está más interesado en la interacción con esas pantallas que con lo que sucede fuera de ellas ¿No sería un mundo visual y táctil como el de hoy?

El joven Narciso fue a cazar al bosque con un grupo de amigos. Por ahí andaba solitaria la ninfa Eco, la antes habladora y entretenida Eco que, por ayudar a seducir a otras ninfas a ese depredador sexual que era el dios Zeus, distrayendo con su animada conversación a su celosa esposa, Hera, fue descubierta y condenada a que su voz se convirtiese en un susurro casi imperceptible y lo único capaz de repetir con claridad sería la última palabra de su interlocutor. La pobre Eco, decía, iba caminando sola, rumiando su dolor, cuando escuchó acercarse al grupo de amigos. Narciso iba al frente y ella al verlo quedó totalmente enamorada de él.

Según el filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul Han, “la sociedad del rendimiento está dominada en su totalidad por el verbo modal poder, en contraposición a la sociedad de la disciplina, que formula prohibiciones y utiliza el verbo deber. La sociedad del rendimiento está caracterizada porque en ella los sujetos están siendo explotados por ellos mismos.”[1] Observo a mis compañeros de travesía y pienso: esta gente no tiene pinta de estar muy triste, viajamos en un tren que nos transporta a una velocidad de rayo por túneles que atraviesan el agua del mar de la cual emergemos para encontrar la bahía, el Opera House y el Puente de Sydney. Si esta gente está siendo explotada, esclavizada, la verdad es que lo llevan –lo llevamos- magníficamente. No puedo evitar pensar en la película “Matrix”. La escena en la que Cypher –el malo de la película- habla con el agente Smith, antes de traicionar a Morpheus, en el restaurante. El traidor contempla arrobado el trozo de steak que sujeta con el tenedor antes de comérselo: “sé que esta carne no existe, que se trata de una ilusión, pero cuando la tenga en el paladar, Matrix se encargará de hacerme sentir que es jugosa, una delicia. Después de nueve años, ¿sabes de qué me he dado cuenta?: De que la ignorancia es una bendición.”

En una sociedad estructurada y educada para la auto explotación, las piezas se ordenan solas, pues ya no necesitan de amos. Se ha cambiado el viejo discurso del “tú debes” por el más actual de “tu puedes”, bajo el mandato “sé libre”. La coacción propia es más fatal que la ajena, ya que no es posible ninguna resistencia contra sí mismo. Nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos. Debemos obtener el máximo rendimiento de nuestra vida.

Narciso se separa del grupo. Ha oído algo y se asoma sigiloso a la entrada de una cueva. Sabe que hay alguien dentro pues oye el crujir de las hojas que ha pisado Eco. Entonces Narciso dice: ¿quién anda por ahí? Ahí…ahí…ahí, repite Eco. ¿Por qué huyes? ven a mí. A mí…a mí…a mí, vuelve a decir Eco. Entonces, después de un momento de duda, Eco se aparece y encara a Narciso. Sabe que no puede hacer otra cosa que repetir siempre las últimas palabras que le digan, así que estira sus brazos hacia él en señal de pasión y entrega, pero Narciso responde a este gesto con una fría sonrisa de desprecio: No pensarás que te amo. Eco: te amo… te amo… Permitan los dioses que me deshaga la muerte antes de que tú goces de mi –concluye Narciso y se aleja dándole la espalda.

Se ha construido una sociedad en la que se proyecta al individuo por todas partes, incesantes proyecciones de uno mismo; y cada vez le resulta a este más difícil reconocer al otro en su alteridad. Solo hay significaciones donde él se reconoce a sí mismo. El individuo tiene una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. Las redes sociales son un ejemplo de esos espejos donde nos contemplamos una y otra vez.

El desplante de Narciso fue la puntilla que provocó que Eco se encerrase totalmente en sí misma, dejase de comer, para finalmente, desaparecer esparcida en el aire del bosque. Pero Némesis, la diosa de la venganza, había escuchado las plegarias y las penas de Eco, así que decidió infundir una gran sed al arrogante joven. Narciso encontró un rio para beber, sus mansas aguas eran claras y cristalinas, allí Narciso pudo ver su rostro por primera vez reflejado y se quedó tan prendado de aquella imagen que nunca más pudo alejarse de la orilla, al punto que se transformó en una flor que crece cerca de ciertos ríos y lleva su nombre.

El de hoy es un sujeto abocado al éxito, y los éxitos llevan consigo la confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo del uno, al que confirma en su ego. Esta lógica del reconocimiento atrapa en su ego, aún más profundamente, al sujeto del rendimiento.

La sociedad del rendimiento está montada sobre el hombre éxito. Y este hombre de éxito es amo y esclavo al mismo tiempo. Vemos a ese hombre, arrogante y orgulloso, celoso de una libertad inexistente, trabajar sin reposo. Orgulloso de haber conseguido la acumulación de bienes. Para Aristóteles, la pura adquisición de capital es rechazable porque no se preocupa de la vida buena, sino de la mera supervivencia.

Las redes sociales permiten compartir cada aspecto de la vida. Ese mundo del reconocimiento por parte del otro que es, al modo de Eco, repetición de uno mismo, es lo común de las redes sociales. Internet te devuelve a ti mismo siempre. Ya te conoce y sabe lo que deseas, como el Cypher en Matrix, tu sensibilidad es lo que le importa, no tu libertad. Cuantas veces decimos: que sepan mis gustos y mis aficiones, que entren en mi vida, no tengo nada que ocultar. El sistema nos tiene atrapados hace tiempo. No tenemos privacidad. Así creamos ser libres, somos esclavos.

El narcisismo no es amor propio, es la incapacidad de ver al otro como otro sino como una proyección de uno mismo, y esa constancia de uno mismo, esa imagen repetida por todas partes y que está en nuestra mente, nos encierra en un mundo circular que, en caso de no resultar como lo imaginábamos, genera depresión y ansiedad, enfermedades típicas del narcisismo.

Nos han engordado el ego para sentir la necesidad de conseguir cosas que realmente no necesitamos pero que nos ilusionan, para motivarnos, entusiasmarnos para trabajar cada vez más, acumular más, a través de un sistema de poder que nos manipula de muchas maneras sin que seamos conscientes de estar siendo guiados por otros y pensamos que somos nosotros, que decidimos nosotros, cuando la realidad es que el poder solo desea conseguir sus fines que no son otros que los de la expansión y supervivencia.

El viejo Tiresias se estará riendo al vernos pegados a las pantallas, haciéndonos ricos, guapos, famosos y “libres”.

 

[1] Byung-Chul Han “La agonia del Eros” pag.19, Edit. Herder – Pensamiento Herder

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El muerto

Una mañana, después de muerto, se había sentado al borde de la cama mientras se ponía los calcetines para ir a trabajar y, sin saber muy bien porqué, tuvo conciencia de que no había pensado en mucho tiempo. Fue como regresar a la calle de un barrio oculto entre la niebla de su memoria, a un olor grato, al recuerdo de un abrazo. Comprendió que había estado muerto. Nadie, como es normal, se lo había dicho. Tenía un calcetín en un pie y no sabía si seguir y ponerse el otro ¿llamaría a la oficina para decir que estaba enfermo? Mejor no, eso pondría en peligro su reputación, bien afianzada los últimos años, de empleado responsable, cumplido, sólido y fiable, “un relojito” como decían entre risas sus compañeros.
Como bien sabemos se espera mucho de los muertos. Decidió llamar para decir que se sentía mal y no iría a trabajar. No pudo evitar añadir, antes de recibir la lacónica respuesta de su también difunto jefe, que llevaría un certificado médico al día siguiente.
Terminó la llamada y se quedó mirando el teléfono, absorto, sabía qué le pasaba, ya lo recordaba, era ese mal que cada vez se le manifestaba menos y que era especialmente virulento cuando algo lo conmovía -una película, una mujer, un relato-, entonces comenzaba a moverse de modo subterráneo, desde alguna parte de su cuerpo, como una serpiente que de pronto empezaba a poseerlo a través de la nostalgia por enamorarse, de embriagarse como antes, vestirse raro, viajar en tren, en avión o al borde de la cama, era como un canto lejano que ascendía lento y que lo arrastraba a otro mundo que también era suyo –o lo había sido- pero que ahora lo desequilibraba con su reaparición.
Sabía también que, como con la gripe, solo había que esperar a que se le pase y la cordura, la paz, la responsabilidad y todo eso regresaría; así que mandó todo a tomar por el culo, harto de comprobar que la muerte regresaba siempre limpia, con sus dientes perfectos, días de nueve a cinco, tarjetas de crédito, dietas, ejercicios a horas masoquistas para conseguir una salud de hierro en un cuerpo de barro, y más tarde, salir a trabajar tan cargado de energías que le daban ganas de cortarse las venas. Y él sin poder hacer nada por evitarlo.

Cuando llegaron lo encontraron frío, inmóvil, con un calcetín y un pie desnudo, se había caído a un lado de la cama y el teléfono de su mano mostraba un escrito en la pantalla:
si sigues siendo buen empleado, buen padre, buen cliente del banco podrás jubilarte, tener una pensión, algo de ahorros tal vez, seguro médico y tiempo libre para aprender cosas increíbles como jugar al golf o las funciones de tu teléfono móvil, o para salir por las mañanas a caminar rápido con ropa de deporte para intentar reducir el colesterol, tiempo a tu disposición para hacer sudokus frente al café y luchar contra la barbarie de una vejez invencible. Te espera un futuro maravilloso. Sigue así

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Tigre siberiano

 

Hoy me enteré de que seducir es como conducir, pero a un lugar peligroso. En el génesis bíblico la serpiente seduce a Eva. La conduce al mal.

Busco la seducción. Que me seduzcan. Que surquen mi cuerpo en la intimidad. El sur. Busco el sur en la intimidad. En público soy más nórdica, puritana, seria. Busco la seguridad de día, en el norte.

Descubrimos juntos la serpiente. Danza delicada de Eurímedes, penetrada por la serpiente progenitora del mundo. Y bailamos descalzos, solos, en la habitación, muchas músicas. Gracias por la habitación y por tus músicas. Por tu sur en el norte. Por habitarme como lo hiciste.

Tienes licencia para conducir. Me basta con cerrar los ojos para sentir la carretera en el cabello, tu cuerpo de tigre siberiano alargado temblar contra mi cuerpo, estás adecuadamente drogado porque no quiero que me devores de un solo bocado, así te puedo disfrutar, conducir tus miembros y hacerte mío, así me puedes comer y disfrutar, sin hacerme daño.

Al despedirse la noche trepo sobre tu cuerpo que me lleva a un desierto blanco en el sur, bajamos laderas de dunas bañadas por el sol del amanecer. Te miro y estás allí, a miles de kilómetros, besándome, y dibujas con saliva en el interior de mis muslos, tu nombre, haces un ribete que baña mis labios e introduces dedos hasta hacerme correr sobre esa carretera que transcurre mi pelo abriéndolo como una mano que baja entre los cabellos.

La danza de la noche se vuelve día, el norte no se torna sur. Tú no puedes estar en todas partes. Tienes licencia para seducir pero tu mundo es el de la noche, transportas material peligroso sobre tu lomo, y lo llevas siempre al sur, a esas dunas en las que se hunden tus pies desnudos.

Tu cuerpo recorre otra piel, tigre alongado de Siberia, y los quejidos en la noche llegan hasta mis oídos descansados y aguardo, silenciosa, hasta que esa mujer se disuelva, como yo, entre tus cálidas sábanas.

Otro día llegarán los gorriones, con sus crueles primaveras, y alguno de ellos, un poco más dionisiaco que el resto, escapará del vuelo ordenado y geométrico de su bandada, y se comerá tu pancito con deleite, y te llevará a volar lejos, lejos, a donde no conocen ni tú ni el gorrión.

Te mando un beso de dragona,  un beso de fuego de animal inexistente, de los que saben desaparecer.

Tigre siberiano

 

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La visita

mujer con capucha (2)

Una vuelta por la esquina, un abrazo de menos, la calidad de una mirada. Te espera aquello que estás viviendo: bienvenido a tu vida.

La combinación de destinos, el futuro, no existe. Solo hay presente. El futuro no es, porque siempre será distinto del que imaginas, igual que el pasado, siempre modificado por el presente.
Y la vida, eso que nos atraviesa a todos, sigue aquí, refugiada en nosotros con su mirada atónita, su risa nerviosa en la cara ensombrecida por la capucha, sentada en un rincón de nosotros. Y nos atraviesa porque le da la gana. Y nos abandona cuando quiere. Anónima. Los nombres son de los cuerpos que encarna y luego abandona, como disfraces. Tal vez lo mejor -lo único- sea darle a ese cuerpo, aun animado, experiencia, regalarle placer, gusto, emoción, como un cordial gesto de agradecimiento, tal vez a su presencia, su visita, su paso a través de ti.

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Una calle solitaria

Entonces me detuve, la calle seguía sola. De pronto, todas las palabras de mi vida, desde las más remotas de mi niñez, se pusieron delante. Las palabras flotaban y dejaban ver la calle, las casas, los autos abajo. Esas eran mis palabras, las que dije, las que escribí, las que pensé, todas, y las que me dijeron y las que se pensaron gracias a mí o por mi culpa, todas estaban allí. Un largo rato, en esa calle vacía, jugué con ellas, con esa delicadeza algo tímida que se necesita para jugar con mariposas; poco a poco me fue entrando miedo, temor y, finalmente, acabé por aburrirme. Subí al autobús y dejé mis palabras flotando en la calle, en una calle cualquiera, de un día cualquiera.

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Laura

Relatos tóxicos

 “Admirar no nos acerca en absoluto al objeto de nuestra admiración, por mucho que uno pegue la nariz al cristal de la panadería no se aproxima un milímetro más a la tarta de chocolate”  Ray Loriga

Me levanto tarde. Café, diarios, televisión: noticias. Entre ellas asoma Laura Antonelli. Me acomodo en el sofá y enciendo un cigarrillo. Son muchos los años que no sé nada de ella.

Cómo no admirarla. Una belleza de aquellas que, como el pastel de Loriga, está lejos pero intuyes su olor, cómo sabría en tu boca, su suavidad en tus manos, y te provoca. Laura encierra dulzura y humanidad. Hoy como ayer.

Siendo profesora de educación física de unas niñas que se fatigaban más de lo normal, la contrata la Coca Cola Italia para hacer anuncios en televisión. Así comienza su carrera en frente a las cámaras. Apareció en 45 películas de distintos países: Italia, Francia y Estados Unidos…

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Ratón

Relatos tóxicos

Soñarás y escribirás, soñarás y volverás a escribir. Nunca te sientes ante una página en blanco para inventar algo. Sueña despierto con tus personajes, sus vidas, sus luchas, y luego relata lo que has presenciado.

Los cortos cabellos lacios que le cubren las orejas forman un estrecho marco por el que aparece su pequeño e inquieto rostro. Sus ojos, cargados como el buen café, se mueven por el mundo dando saltos, pequeños toques de luz oscura; la fina nariz recta preside los labios delgados y su sonrisa de ratón descubre unos dientes largos, apretados en la boca estrecha, sobre la barbilla hendida.

Él tiene esa mirada de cuchillo para la mantequilla que parte en dos el ambiente. Un hombre orgulloso, tiene el diablo dentro y le gusta. Transita el mundo con esa mirada. No cree ni en el cielo ni en el infierno, cree en el momento, siempre dice que hay que vivir el momento, ese sería su dios…

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Una cabeza bien amueblada

Relatos tóxicos

Tal vez lo que quería era tener un hombre dentro de sus cuatro paredes. Alguien que deje sus cosas regadas por todas partes; unos vaqueros grandes, una camisa, tal vez una corbata, el olor de un perfume cítrico, un rastro amado y odiado a partes iguales. Era mucho tiempo de vivir sola entre sofás mullidos y una alfombra color canela de pared a pared. Su último novio la dejó entre cuadros que repiten una sola imagen, ante un espejo que comenzaba a trasmitirle una sensación difícil de explicar.

Hace poco conoció a alguien por Internet. A ella no es que le gustase la idea de usar el servicio de páginas web que supuestamente te relacionan con tu príncipe azul, pues lo veía como una derrota antes de empezar, conocer a alguien así le parecía ridículo, no, ella es una mujer acostumbrada al -ahora viejo- sistema de seducción cara a cara, previa…

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