Tico

Chang trabajó para nosotros como vendedor durante dos años. Su zona era el Mercado Central. Un lugar húmedo y laborioso, con una gama de olores alucinantes entre los cuales Chang se desenvolvía como pez en el agua. Una tarde, luego de apoyarlo en una cobranza, nos fuimos a un bar a beber un par de cervezas, cansados de una larga e infructuosa espera. Fue ahí, cuando mediaba la segunda helada, que Chang me dice:

Oye, Pancho. ¿Supiste que se me murió mi cuñado Mario, no?

No Chancito, lo siento, ¿cuándo fue eso?

Hace ya casi un mes. Bueno, el hombre estaba muy mal del hígado… chupaba como un cosaco y no había forma de hacerlo entrar en razón para que dejara el trago.

En fin. –Dije, sin saber qué más agregar.

Lo peor de todo no es eso. Lo que te voy a contar es alucinante hermano, en fin, supongo que así es la vida. 

Bueno, resulta –empezó Chang su historia y parecía que la cosa iba para largo- que mi cuñado debía ser enterrado en Huacho porque sus familiares están enterrados allá, en un “Mansoleo” del cementerio. El asunto es que mi hermana Rosa no tenía dinero para llevar al finado en la carroza funeraria hasta su tierra. Cuesta una fortuna.

¿Si? No sabía.

Pues sí. Y la familia de Mario esperaba que llevasen su cadáver después de velarlo en Lima. 

Vaya, pero no estarán tan mal de plata, para tener un mausoleo familiar…

No creas, su familia también es bien pobre, si no mi hermana les hubiera pedido la plata para el transporte. Pero sabes como son las cosas en provincias, más baratas y un “Mansoleo” costará poco, no sé.

Sí, eso es verdad.

Bien. El tema es que no había plata. Se habló con algunas funerarias y nada, todo muy caro. Carazo. El muerto estaba ya en su cuarto día y ya no se le podía seguir velando; mi hermana estaba muy nerviosa pensando a quién podría acudir para pedirle prestado. No sabía qué hacer con el cadáver. Incinerarlo tampoco, por lo mismo: el costo. Así que a nuestro hermano Santiago se le ocurrió una idea: alquilar un taxi.

¿Un taxi?

Sí. Ramón, el taxista, es vecino de mis viejos en Balconcillo, lo conocemos bien así que le hablamos. Aceptó al toque por la plata que teníamos. Además, como su taxi es un “Tico” nuevo gasta poca gasolina.

¿Un Tico? –me sorprendí porque un Tico es un auto muy pequeño, no me imaginaba cómo se podría meter ahí a un cadáver- Pero, –le pregunté a Chang- ¿Tu cuñado era chiquitito, no?

¡Qué va, hombre! Mario sería casi de tu tamaño… ¿cuánto mides?

Un metro ochenta y dos.

Pues él estaría, más o menos, por el metro ochenta… o así. Lo que sí, al final se puso muy flaco.

Chang era un tipo gracioso, con un sentido del humor bastante criollo, pensé que estaba bromeando. Seguí escuchando.

Bueno ¿y entonces, qué?

Nada. Que mis hermanos se fueron llevando al pobre Mario a Huacho.

¿Cómo? No jodas, Chang… no me digas que entraron todos en el Tico…

Claro. ¿Qué quieres? ¿otro taxi? Entonces iban a gastar igual que en la carroza.

¿Me estás vacilando?

No. Te juro que así fue.

¿Cómo, solo dime, cómo haces para meter a un muerto de un metro setenta y tantos, dos pasajeros más el chofer, en un auto en el que solo caben tres personas incómodas… uno sobre el otro?

Por la puerta pues… jajaja –se rió Chang.

No, de verdad.

Espera. No me interrumpas. Lo mejor viene ahora. 

¿Más alucinante que tres personas y un muerto en un Tico?

Sí, calla. Salud –brindó y bebió un largo trago- Resulta que Mario, ya con 5 días de muerto, tenía un color… vaya, el cholo era feo, pero esa mezcla que había agarrado por el hígado enfermo más el maquillaje que le puso una vecina  -supuestamente para disimular la enfermedad- el cadáver estaba entre verde, marrón y plomo, casi daba miedo mirarlo.  Además se había puesto más duro que un muñeco de torta de matrimonio.

Jajajaja –empezó la chacota de mi querido Chang, pensé.       

Sí pues compadre, ¿qué quieres? llevaba velándose en la sala de la casa de mi hermana más días que un santo… La idea era que Ramón lo llevase dentro del carro. O sea, el finado sentado delante y con mis hermanos detrás, hasta llegar al pueblo.

Inteligentísimo, Ramón.

Ya. Pero el que se pasó de inteligente fue mi hermano Santiago. –Chang se estaba llenando su vaso y miraba cómo subía la espuma- Cuando se dieron con la dura sorpresa de que no podían destrabarle del pecho las manos cruzadas ni doblarle las rodillas, mi hermano, que pensaba -como siempre- que todo estaba resuelto gracias a él, se puso a dar vueltas por la sala a pensar… al rato, dijo: ¿y si lo llevamos en el techo del carro?

Jajajaja.

No te rías -me dijo Chang, y poniendo cara seria, secó su vaso- Lo jodido es que al final, a pesar de los llantos de Rosa, lo metieron en una funda de plástico, de esas para tabla hawaiana, y lo subieron a la parrilla del Tico.

¿Cómo?… no me jodas, espera. !Mozo! –levanté el brazo para que me viera el hombre con cara de no recibir propina nunca- tráiganos dos cervezas más por favor. Pero, vamos a ver, con el viento y el movimiento del carro –apunté agudamente- ¿no se caería?

Según Ramón era imposible que se soltara de ahí, lo llevaban amarrado con unas cuerdas elásticas y estaba bien encajado en la parrilla. Parecía una tabla hawaiana de verdad.

Disculpa chino, pero no creo que tu hermana hiciera eso con su marido… franco.

¿No me crees? Te apuesto mi sueldo y las comisiones de este mes, a que fue exactamente como te lo estoy contando. Llamamos a mi hermana ahorita si quieres.

No, no, está bien. Sigue.

Bueno. En el viaje fueron despacio por la carretera norte, cuando ya se hacía de noche pararon en un restaurante porque a Santiago se le antojó un caldo de gallina… cuando entraron estaba lleno de camioneros y chóferes; más o menos luego de media hora salieron y no podían creer lo que veían sus ojos, pucha compadre…!se habían robado el Tico!. Los ladrones pensarían que se estaban robando el carro de un surfista.

No me jodas.

No te jodo. Lo peor de todo esto es que hasta el día de hoy no se sabe nada ni del carro ni de mi cuñado. El pobre Mario. El carro es, como sabes, de los que se desarman en un ratito y venden las piezas. Pero ¿y mi cuñado?

Jajajaja. –no pude contenerme, otra vez-

No te rías… A la familia del Mario, por ahora, les hemos tenido que decir que lo hemos enterrado en Lima. Ellos no entienden nada y están muy molestos…

La verdad ¿qué cosas, no Chang?

Claro, pero yo entiendo a mi hermana ¿qué le iba a decir a su suegro? ¿Que se habían robado el cadáver de Mario del techo de un Tico, metido en una funda de tabla Hawaiana?

No. Ni hablar.

Lo malo es que vienen a Lima a la misa del mes. A mi hermano, cuándo no, se le ha ocurrido pagar a un guardián del cementerio para que lo dejen pintar una lapida vacía con el nombre de Mario “mientras lo encontramos” dice, el muy huevón.

 

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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Una respuesta a Tico

  1. Pepita dijo:

    Aunque los párpados tienen vida y sueños propios mis dedos todavía obedecen y caminan, saltando sobre los pedales grises, deletreando las palabras que sonrian la alegría de constatar que tus dedos hacen lo mismo y crean historias para adornar las hojas de nuestros días.Besos

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