Música triste

N, con una carrera de casi 20 años en la radio, es una locutora muy conocida, pero pocos la han visto; así que vive sin los inconvenientes de los famosos de cara y disfruta el placer de saberse respetada por su trabajo. Su voz se ajusta como un guante a la noche, que es cuando se emite su programa desde hace mucho tiempo.

Mientras escribo esto -anota en su diario N- mi búsqueda continúa; debo encontrar la música que, sin lugar a dudas, sea la más triste. El trabajo realizado hasta ahora me ha conducido a una idea reveladora: la música que intenta abrazar la pena, que aspira a enterrarse en ella, se encuentra destinada a carecer de verdadera tristeza.

N sentada en el sofá pliega las piernas contra su pecho, suelta humo por la boca y presiona un botón del control remoto. Escucha.

La música verdaderamente triste es, por lo general, celebratoria de la superficie, incluso festiva: música de personas intentando alejar el dolor, sumergiéndose por un momento en las alegrías pasajeras de la vida. Como la rumba flamenca de los gitanos emigrados a Cataluña, o el raï de los magrebíes nacidos en Francia.

La Rumba catalana nace como expresión mestiza, bastarda, que mezcla la rumba flamenca con el Son, la guaracha, el guaguancó que vienen de Cuba y de la música africana.

N comenzó por Peret, Antonio González “el pescaílla”, entre otros, y llegó al Gato Pérez. Ahí lo tenía. Su música era lo que andaba buscando: intensidad, soledad y mestizaje. El gato era argentino, catalán, musico, estudiante de física, viajero, políglota. Había llegado a la provincia feliz del país de la nostalgia. El lugar de los abrazos, la amistad con lo extranjero, donde los que están lejos de su tierra se juntan y gozan, ríen, bailan al margen del mundo los hace sufrir. Una vida para la alegría, nacida en el desarraigo.

Esto es -escribe-, la música triste es esa forma de compañía, la que solo consigue el buen arte. Este arte bebe en las fuentes de la calle, convive con la gente, con sus sentimientos de dolor, con sus muchos nombres, y los trata de aliviar porque también son suyos.

La necesidad de arte es la búsqueda de compañía, hacer que aquel que lee, ve o escucha, no se sienta solo. Cuando se acaba un libro, se termina una película o cuando una canción llega a sus últimos acordes, uno sabe que sus sentimientos, sus pensamientos, su locura bendita, son compartidos por alguien.

Trabajó las canciones seleccionadas en una lista para el programa. Sería la forma de decir adiós a un amigo con la muerte acechándole muy cerca; lo habían intentado todo, pero esa muerte vencía irremediablemente.

Ella sabe que el no va a poder escucharla esa noche, sin embargo, su lista  de canciones son para llorar sin derramar lágrimas, sin dejar de bailar.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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