Medallas de humo

No fue si no hasta que entró a las Fuerzas Armadas de su país cuando comenzó a sentirse bien, a ser un hombre ordenado y correcto, formado con unos valores, en unos principios.

Los nuevos trabajos, normas y rigores que regularon su vida los asumió a la perfección y sin molestias. Entendía el régimen y disfrutaba de la vida cuartelaria. Su carácter se acomodaba a la disciplina, las órdenes llegaron a ser parte de su rutina, ladrillos sobre los que se organizaba su moral militar, su nueva vida. El respeto a la autoridad lo entendía esencial. Las normas, el ambiente, los horarios, la estética, en general, había nacido para militar.

Lo enviaron a la guerra de Angola con unos cuantos compañeros. Había que luchar por los ideales de la patria en un lugar que no era la patria, ésas eran las órdenes; ideales que -era importante que así fuera- debían ser trasladados a las naciones jóvenes, pues no se debía permitir que malintencionados rivales de la libertad se apropien de estos débiles países y luego, poco a poco, continúen con otros, haciéndose cada vez más poderosos “si los dejamos avanzar, un día tendremos que enfrentarlos en nuestra propia casa, en nuestro propio territorio… no podemos permitir que eso suceda” le dijo una vez su comandante y eso fue suficiente para ir a luchar contra el “enemigo” con entusiasmo, aun cuando no supiera bien de quién se trataba ni si estaban armados o si, al menos, les habían declarado la guerra.

La capacidad destructiva de su país era muy grande. Ademas, contaban con unos mandos inteligentes, gente capacitada para asumir la responsabilidad, no quería ni imaginar como sería esa capacidad en manos del enemigo. El mundo estaba seguro con ellos.

La guerra le dio todo. Estaba preparado para ella y, por fin, en el escenario, el lugar de la acción, donde la teoría se haría realidad.

No pelearon contra nadie. Fueron allí a enseñar a los otros a matarse. Ellos eran los vendedores de un producto que se tiene que explicar para que otros lo usen. Eso era todo. Sí. Algún tonto murió por culpa de arriesgarse al salir de los lugares super protegidos y blindados donde vivían, o de alguna bomba en un atentado. Pero, comparado con las miles de muertes provocadas por sus armas todos los días, era un pago ínfimo. Sin embargo, en su país aquella muerte se sobredimensionaba en las noticias como si estuviesen luchando en las trincheras cuando, a lo mucho, sus aviones super veloces dejaban caer bombas a miles de metros de altura. La muerte de los otros -que se contaban por cientos al día- no tenían nombres, eran cifras.

Al regreso a la patria fue condecorado y tratado como héroe. Cada mes de setiembre, después de su pase al retiro, se reúne con sus camaradas, veteranos de la guerra de Angola como él, a poner flores a los pies de una estatua al soldado desconocido en una plaza, acompañados por la música de tambores y trompetas de la banda de la Escuela Militar.

Sentado en la silla vieja del jardín con una cerveza en la mano, la barriga apoyada sobre sus muslos abiertos, camiseta de tirantes y poco pelo, se veía a sí mismo como un viejo militar que siempre habla del orgullo, del honor, de la dignidad de su guerra pero nunca -con sus parientes o amigos- sobre la situación del país, sobre los extranjeros, las noticias de violencia doméstica. No podía darse el lujo de mostrar su mundo interior, eso le quedaba de la actitud militar, junto con la rigidez en el rostro.

Solo, viejo y pesado, sabe que su vida se ha ido de un modo absurdo entre palabras vacías y gestos ridículos, que no había abierto las puertas ni las ventanas de su mundo y que se moriría sin que nadie supiera que, hacia el final de su vida, se dio cuenta del completo error que significa una vida así. Era demasiado tarde, ahora, para rectificar, para hacer una revisión pública de su vida, más fácil sería morir como ya se está y que el resto se vaya a sus casas con la idea que fue un patriota convencido, un viejo que vivía de sus recuerdos de grandeza cuando en realidad sus recuerdos eran de verguenza.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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