El Abuelo

En esa puerta, detrás, se encuentra el Abuelo. Está sentado, mirando por una ventana, un jardín. Cuando entro, me recibe con una sonrisa. Es como un ligero abrazo. Detrás de mí, en el salón, se quedaron sus dos nietos, aburridos, mirando un partido en la televisión.

Yo nunca tuve abuelo y él no lo sabe. Pepe. Me dice, hombre ¡mi amigo!! Venga, siéntate aquí que te cuente algo. Sé que casi no ha hablado en todo el día. Con su mujer, Remedios, siempre vivieron como las partes de una herramienta, una herramienta ahora guardada en un cajón.

Está bien peinado, el agua de colonia que usa huele a domingo.  Le quedan unos pocos dientes amarillos, su sonrisa muestra más el paladar que otra cosa, pero sus ojos brillan con una alegría infantil. Lleva un traje gris con una camisa cerrada hasta el último botón, sin corbata. Otra vez sus ojos, en su pequeñez, dicen que le caigo bien.

El abuelo hablaba más de la muerte que de la vida. Pero hablaba de la muerte sin dramatismo, como si se tratara de otro pueblo.

La plaza de su pueblo natal, Hondón de las Nieves, Alicante tierra adentro, estaba llena de amigos suyos que habían muerto. Cuenta: “me siento en la banca y veo llegar a Ignacio “el pescatero”. Charlamos un rato, nos preguntamos cosas. Al final, le digo Ignacio, pero ¡hombre! ¿es que no te das cuenta? si estás muerto ¡!coño!!… yo mismo fui a tu entierro. Que no es por molestarte Ignacio, de verdad, sé que estas cosas no deben sentar bien a nadie, pero te lo tenía que decir.” El pescatero murmuraba alguna cosa sin mucho sentido y luego se marchaba. Pepe decía que eso le daba pena, que no supieran que estaban muertos, o que no quisieran aceptarlo.

El abuelo murió unos pocos años después, cuando yo vivía en Ginebra. Me enteré por mi hermano, que fue a visitar a la familia. La abuela Remedios duró un poco más, al pie de la indiferencia de sus nietos -esa forma vieja de ser hombres-, resignada y aburrida.

Pepe estará sentado en alguna de las bancas de la plaza de Hondón de las Nieves, la chaqueta gris y la camisa abotonada, los ojos brillantes, charlando con sus amigos de sus cosas, sin nadie que  los moleste.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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2 respuestas a El Abuelo

  1. Elena dijo:

    Muy logrado el tono, Javier. No siempre el parentesco determina las relaciones.
    Un beso!

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  2. Hola Elena
    Es verdad que los parentescos no siempre dicen nada mas que eso, consanguinidad. Lo que es una lastima pues el carino por aquellos que tenemos mas cerca deberia ser el que luego nos proyecta al de los demas.
    Un beso

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