El sur

Está viejo. Sus cansados ojos azules y una larga soledad lo acompañan adonde va. Tiene esposa y dos hijas de un anterior matrimonio que solo empeoran la situación. Una vez tuvo dinero y gozó de una transitoria notoriedad en su mundo profesional: las matemáticas. Hoy está sentado en un sofá de una casa gris, en un barrio tan burgués como insignificante.

Nos conocimos en un autobús en Ginebra. Regresaba a mi hostal luego de un aguerrido “jam session” con amigos, era pleno invierno, estaba oscuro y hacía un frío canino. Al ver que llevaba entre las piernas el estuche con forma de guitarra me preguntó qué tipo de música hacía, luego me contaría de su terca afición por el clarinete y que se presentaba con un grupo de jazz, todos los miércoles, en un conocido bar de la parte vieja de la ciudad.

Nació en Malmö, una ciudad sueca vecina a Dinamarca, sobre el mar del norte; desde pequeño destacó en matemáticas y su país le financió los estudios primero, y luego la especialización e investigaciones en Suiza, a cambio de su aporte profesional terminados sus estudios. Así que abandonó su país y familia, a los 16 años, y desde entonces vivió en el centro de investigaciones nucleares de Ginebra (el CERN-una ciudad dentro de la ciudad), sus pocos momentos de contacto con el mundo “no científico” eran aquellos miércoles de jazz. Convivió con investigadores desde muy joven, gente seria, poco dada a conversar de otra cosa que no fuera su trabajo. No se sentía a gusto entre ellos. Era principio de los ochenta cuando nos conocimos, él entonces trabajaba en investigaciones sobre fibra nuclear.

Yo vivía al norte de Italia, en el perfecto lago de Como, con Cinzia, una preciosa y curiosa adolescente de cabellos negros y ojos azules como el lago que los vio nacer. Mis viajes a Ginebra eran frecuentes -pues mis amigos músicos me llamaban siempre para trabajos-, me gustaba coger el tren Milán-Ginebra que partía de noche de la fascista “Stazione Centrale” -custodiada por águilas y leones de mármol- y al día siguiente, con la primera luz de la mañana, iba bordeando el lago Leman -con cisnes blancos y negros y su famosa columna de agua encrespada: “Le jet d’eau”- hasta llegar y detenerse en la “Gare du Cornavin”, a la orilla de las sonrisas de mis amigos.

Vino una vez a visitarme al lago de Como y conversamos sobre su trabajo, de sus sueños y los míos. Recuerdo las conversaciones sobre “El Sur”. Hacía preguntas con curiosidad infantil, noté que había creado un mundo fantástico del sur, un sur que no era un espacio geográfico sino una personalidad, una poesía en movimiento que, algunas veces, oí salir de su clarinete: mujeres morenas, la vida pasional, sensual, y todo lo que él imaginaba que sería menos organizado, más caótico y venal, pero rebosante de vida. El mundo de verdad. Eran tópicos, es cierto, pero su candidez y sinceridad desarmaban contra cualquier intento de aclaración, de realismo por mi parte. Soñaba con fugarse al sur y no regresar nunca a Suecia a trabajar para el Estado (como tenía que hacer y, finalmente, hizo) y casarse con una mujer latina, tener hijos y ser feliz, allá en ese “su Sur”.

Hoy es un hombre viejo que renunció a la música y las matemáticas -que nunca llegó a amar-; su cabeza siempre anda pensando por qué está tan solo cuando él siempre quiso a las personas que lo rodeaban, fue generoso y amable con ellas. Alguna de esas personas -me dice- lo ven como un hombre sin historia, un viejo matemático jubilado sentado en un sofá, aburrido y agrio. Personas que hacen tan evidente su indiferencia hacia él que siente que ya lo han olvidado, sin haberse siquiera muerto. Él se siente profundamente equivocado, y su error –repite- es no haber hecho aquello que deseó con el alma, su sueño: fugarse al “sur” donde el mundo sería más doloroso y caótico pero en el que él, hoy, estaría sentado en otro sofá, con la camisa blanca abierta y una redonda barriga saludable de cerveza, esperando la muerte como quien espera un autobús, sin amargura ni frío.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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2 respuestas a El sur

  1. Elena dijo:

    Me parece un texto muy triste, Javier. No hay peor que echar un vistazo a tu vida y darte cuenta que ni has hecho lo que querías ni has sido especialmente feliz. Una vida anodina e insignificante.
    Un beso.

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  2. Hola Elena:
    Jajaja triste? cuando lo escribi pense que estaba haciendo una apologia del sur, al mundo vigoroso del placer y del sol… claro, visto por un personaje del norte que no es muy vital, que no se atreve a dar el paso nunca, que acaba por sucumbir a su falta de atrevimiento.
    Bueno, en cuanto a que es una vida insignificante… hummm, eso es pensar que la gran mayoria de gente tiene una vida insignificante y no estoy muy seguro de eso, creo que la gran mayoria tiene suenos que no se realizaron, falta de amor, tal vez hasta de coraje para manejar su propio destino -en la medida que eso sea posible- pero no diria que se trata de vidas insignificantes.
    Recibe un beso inundado

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