Siklab*


Hacía un rato que te había perdido de vista. Sentada a un lado de la barra miraba, furtivamente, distintas zonas del pub, cuando apareciste por el pasillo de regreso de los aseos.

Tuve la suerte de ser testigo del momento en el que “sin querer” tropezaste con él. Un vigilado desorden dominaba su apariencia: dos botones desabrochados de la camisa blanca, cuerpo trabajado en el gimnasio, cabellos cortos en punta y engominados. Cuando cogió su copa de la barra te confirmé la elección con una mirada apenas perceptible por otros.

Aquí ya no se puede estar –dije, disimulando mi excitación al tiempo que sacaba un cigarrillo- Esto está muy lleno, da agobio tanta gente.

Salí a fumar y me coloqué para observarlos mientras mis acompañantes deliberaban adónde ir.

El te miraba con atención y un brillo en los ojos, como pasándote una mano por el pelo “Vaya, un tipo seductor” –pensé, mientras bebía de mi copa– tú lo arrullabas con esos cálidos ojos verdes, mientras hablabas. Era un lindo trueque. De hecho, se quedaba en buenas manos.

Fuimos a una discoteca, ellas querían bailar. Detrás de la barra, los camareros atendían a los imperativos clientes. Más allá, una apretada masa de gente bailaba música que repetía, hasta el aburrimiento, los mismos acordes y el mismo estribillo. Invité hasta cuatro rondas de cócteles, y para mí, Campari con naranja, sin alcohol. Sentí la vibración en el bolsillo: era tu mensaje en mi móvil.

Al rato, consulté mi reloj y me despedí, aduciendo que al día siguiente tenía que hacer muy temprano.

Afuera la noche estaba fría y seca. Subí a un taxi que me sacó de la zona de los pubs; alojada en el asiento trasero, iba silente, viendo pasar las luces de las tiendas y restaurantes cerrados, a través de la ventanilla.

El taxi, ya lejos del centro, se internó en un complejo de altos bloques de concreto. Revisé el bolsillo interior de mi chaqueta. Lo tenía todo. Nos detuvimos en un portal, bajé, y cuando se perdió por la esquina, retrocedí dos calles hasta alcanzar el edificio.

Estabas en la cocina, en bata y con los pies descalzos; tu tibio cuerpo desnudo rozaba la seda blanca. Con el humo de tu cigarrillo, a modo de saludo, soplaste: “está dormido”.

Me gustó esa mirada que descansó sobre el sobre con dinero que te entregué.

La noche se disolvía lenta en la luz del amanecer. Llegaban ruidos aislados del trajín de los comerciantes que montan sus puestos en el mercadillo de Aberdeen, otro domingo, cerca del mar.

Sería ese galán tendido sobre una cama de alquiler, gracias al sexo y algo más, quien contaría un antes y un después a partir de esa noche. Como yo lo vengo haciendo hace doce años, cuando otra noche señaló para siempre mi vida.

Esa misma vida me dio la oportunidad de ajustar cuentas con el pasado, lejos de mi país, del que salí casi huyendo pues allí todo me recordaba la humillación, el dolor. Las personas que al principio fueron de tanta ayuda se convirtieron, a pesar de ellos mismos -sus sanos consejos, su excesivo cariño-, en la evidencia de que estaba marcada, que no era igual a otras chicas de mi edad, ni lo sería. Así que me alejé lo más que pude y, cuando ya daba por hecho de que no lo volvería a ver nunca, ahí estaba, ahí lo tenía, gracias a -como se dice- las vueltas que da la vida.

El suave click que hizo la puerta cuando saliste me hizo regresar de esos pensamientos.

 Entré en la habitación, solemne, como una profesora puntual a su aula de clases. Las cortinas retenían una suave luz que venía de fuera. Puse los instrumentos sobre la mesa de noche y corrí lentamente las sábanas que lo cubrían, dejando su cuerpo desnudo brillar por un momento.

Comprobado el efecto del somnífero que le diste, introduje mis manos en los delicados guantes de goma y, esterilizada la zona,  infiltré con suavidad la anestesia para, luego de un momento, aplicar la brillante punta de acero del bisturí y seguir el contorno que había marcado conforme a mis conocimientos de medicina que, ese amanecer, fueron muy útiles.

Estoy segura que mis compañeros de la clínica habrían elogiado mi trabajo.

No le quedará casi cicatriz. Limpié y arreglé todo con minuciosidad en la habitación, lavé las cosas en el baño y, al regresar, lo volví a cubrir con la sábana.

Cansada, me dejé caer sobre una silla, encendí un cigarrillo al tiempo que pensaba que una cicatriz era posible mirarla y tocarla, acariciarla, sin embargo, yo ¿dónde tenía ubicaba la herida?

Guardé mis cosas en los bolsillos y salí del apartamento. En la calle encontré gente hormigueando por el mercado; era un día frío y opaco, con un sol tímido refugiado tras una manta de nubes.

Otro taxi me llevó hasta tu hotel. En la recepción consigné para ti -como acordamos-, otro sobre conteniendo el saldo del dinero pactado, tu pasaje, y esta carta de tu circunstancial amiga con quien compartiste una noche, de esas que dejan huella.

*Siklab: Del Árabe: eunuco, castrado, origen también de la palabra esclavo, según el María Moliner.



 

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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10 respuestas a Siklab*

  1. Concha Huerta dijo:

    Un relato escalofriante por la frialdad y decisión de esa joven que necesita la venganza para devolver la dignidad a su vida. La victima en cierto medo se lo merecía, pero… Un saludo

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    • Hola Concha:
      Resulta algo dificil identificarse con un narrador asi, alguien que comete un acto violento con consecuencias profundas en la vida de otro. Ahora, lo magnifico es poder escribir algo que permita ver al lector las causas de una accion tan excecrable. Me gustaria pensar que -si hay algo- para lo que sirve el arte es para aquello que los griegos definieron tan bien (y con una palabra tan bella): catarsis. El castigo de aquel que se odia, la venganza sobre el amado que abandona, sobre aquel que nos roba algo muy preciado, entre otros muchos motivos, ha sido y es tema del arte como limpieza no solo del artista -ablucion de las manchas- sino del lector, del espectador.
      Bueno, era eso (creo)
      Saludos Concha, gracias por la visita esta manana tan calurosa en Sydney

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  2. Sibisse dijo:

    ¡¡Vaya!!. Deja un sensación indescriptible, estoy de acuerdo con Concha . Sin emabargo me ha gustado la forma de contarlo, el lector (o al menso yo) sacaría conclusiones precipitadas y a medida que avanzas leyendo lo vas comprendiendo…

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    • Sibisse:
      Vas comprendiendo… es verdad, esa es parte de la magia de leer, te vas metiendo en la historia y vas llegando a rincones, a encrucijadas apenas visibles y, al mismo tiempo vas adquiriendo una vision de campo, de la totalidad de lo escrito. Las ideas que van marcando los pasos iniciales -a veces- pueden ser equivocas o incompletas, pero la idea va adquiriendo forma y color conforme uno avanza de la mano del narrador.
      Nos leemos pronto

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  3. Elena dijo:

    Quizá uno no se identifique con el personaje pero consigues que se la comprenda. La venganza no conduce a nada, ella seguirá con esa herida y solo el tiempo la podrá ir cerrando aún así he de decir que he sentido cierta satisfacción al leer la castración.
    Un beso Javier.

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  4. Excelente Elena! si se le comprende entonces ya tenemos narrador. Otra cosa es compartir sus opiniones, sus acciones, no? En este caso -un poco duro y frio como comenta Concha-, resulta comprensible la desaprobacion o distancia con sus acciones -no se si muchos llegariamos a castrar a un violador si se nos diera la oportunidad, o que es lo que hariamos, sabiendo que escapo de la justicia institucional- pero la accion nos sirve para presenciar un castigo que es merecido, y nunca llevado a cabo por quienes debieron haberlo hecho.
    Un beso Elena

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  5. Myriam dijo:

    Javier,
    Dices bien… al inizio no lo compreendi, pero leendo una segunda vez, pudo entrever toda la situacion. Hay un “suspense” (al menos para mi) y poco a poco como una camera el narrador revela el horror cometido con frialdad. Tenes razon – no somos capazes de hacerlo pero encontramos que el castigo debe venir de alguna manera.La catarsis del artista se realiza y el espectador/lector vese capable de pactar con el artista.

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    • Hola Myriam!!
      Bienvenida! Gracias por tu inteligente comentario. Efectivamente, hay una catarsis de ambos, el lector y el escritor, al ver el castigo realizado en aquel que lo merece. Luego, uno puede estar en desacuerdo en los medios empleados pero, si se ve bien, ese hombre tenia una deuda con su victima. Es un relato de un ser humano frio pues no puede ser de otro modo en una mujer que ha sido castrada moralmente y violada fisicamente.
      Un beso

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  6. Myriam dijo:

    Gracias, Javier.
    Como seres “civilizados y cristianos” no podemos estar de acuerdo con la violencia. Pero nuestra alma primordial exige reparacion y castigo. Me gusta mucho ese cuento!
    Un beso
    Myriam

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    • Hola Myriam:
      Coincido contigo en que no podemos estar de acuerdo con la violencia, que nos debemos alejar de la crueldad, lo que veo un poco mas discutible -aunque entiendo tu perspectiva y la comparto- es lo de que “como seres civilizados y cristianos” pues, lamentablemente, por estos adjetivos se ha causado grandes -tal vez los mayores- actos de crueldad en el mundo. No digo que ser civilizado sea ser cruel, ni ser cristiano sea ser vengativo, pero se ha usado muy efusivamente estos aspectos para justificar expolios y matanzas, para imponernos sobre otros de forma violenta.
      Provengo de una familia cristiana y entiendo a lo que te refieres -al lado humano del cristianismo- pero solo queria traer aqui la diferencia entre lo que somos los individuos y luego lo que pueden ser capaces las instituciones que, supuestamente, nos representan.
      Un beso Myriam, me alegro que te guste este relato

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