Almudena

Cuando llegué hasta tus ojos me dijiste que, sin mirar, sabías que era yo el que bajó del taxi. Fumabas delante de un café con noticias, una sonrisa llegó a tus labios, entonces decidiste empujar el cenicero y arrinconar el periódico que, sobre la mesa de la cafetería, cubrían una espera que pretendías se supusiera entretenida. Me hiciste espacio a tu lado. Entonces torpemente y de golpe acomodé mi vida y, sin saber por qué, me entró un ataque de cosmopolitismo y viajes exóticos, hasta quedar casi sin aliento. Mientras tanto tú, me quedaste mirando como se mira a un atropellado, en algún lugar entre el temor ante la posibilidad de reconocer mi rostro y la curiosidad por saber si era alguien conocido. Fui al baño. Cuando regresé a la mesa estaba resuelto a mejorar mi performance con mi mejor estrategia: escuchar. Entonces te vi llegar entre tus historias. Un amor sin hijos, una vida compartida con alguien que no te hacía daño pero te hundía en la pobreza del silencio burgués y la rutina. Una apagada desesperación y una buena cantidad de carácter rebelde hacían de ti un cóctel casi tan explosivo como un Bloody Mary para el desayuno. Pero no me iba a dejar llevar por las impresiones. Menos cuando tu habías tenido el valor de mirarme la cara después de tanto avión y perdonar mi pasaporte lleno de estupideces, así que estaba contento de ver que no estaba solo en los despistes, y que eras una buena compañera en aquello de hablar más de la cuenta.

Fuimos a un bar en otro taxi. Conversamos. Me llamó un amigo y lo invitamos a la fiesta que habíamos empezado. Ahora, tú dime cómo se hace para estar tan feliz, despues de varias copas, y seguir igual de gracioso sin caer  pesado. Aquella noche me di cuenta que eras esa clase de mujer que inspiraba lo mejor de mí, de aquellas que invitan a ser mucho mejor de lo que eres. Me pregunto si fue que la emoción del primer desencuentro salvado nos relajó y nos dejamos de tonterías, para dar via libre a nuestro lado más interesante: jugar a ser niños inteligentes. Eso, de hecho, nos divierte a ambos. Ruben fue el perfecto contrapunto, el testigo infiel de una representación de títeres, de un concierto con dos orquestas, y aquello, para él, era diversión en el sentido mas puro sin sentirse comparsa de nadie, libre, en una noche que nos inspiramos mutuamente. Y ahora sí, viajamos, agarrados de las manos, a los espacios de la risa y la alegría, de las ocurrencias locas.

Y después vino el sexo, en un hotel a unos metros de mi casa. Un hotel es como Suiza. Un hotel es la frontera. Hacer el amor de tránsito, sin visa, en un país de noche donde uno estará solo por unas horas, entre dos océanos. Y el sexo -nuestro sexo- no pudo ser de otra manera: maravilloso, como solo puede hacerse el amor con alguien que no conoces de siempre, que no conoces de toda la vida.

Te cuento esto por recordar, hoy que miras por la ventana, silenciosa, que una vez fuimos así, que una vez tuvimos aquello brillando en nuestros cabellos, en nuestras risas, en nuestros ojos de niños listos hablando tonterías con mucho sentido. Hoy, miras por la ventana y fumas un silencio que te hace recordar aquel del que saliste huyendo sin saber que ibas a entrar en este, el nuestro.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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2 respuestas a Almudena

  1. Me parece muy triste y me pone a reflexionar… (¿No seremos nosotros mismos los porteadores de nuestro propio silencio?) Pero quizá es culpa mía, quizá estos días todo me parece un poco triste y me pone a reflexionar.
    De nuevo me gusta el estilo, directo y a la vez laberíntico con el que atacas lo que se dice y lo que dejas intuir.
    Lástima que gane el silencio. Otra vez. Ése que se fuma silente frente a una ventana con vocación de hermética reja. Silencio desgarrado de desesperanza amordazada. Estoico. Indolente.
    Ése, donde no cabe la espuma de ningún mar…

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    • Bea:
      Tienes razon. Somos nosotros quienes, en gran medida, llevamos el silencio o la alegria, o lo que sea, en nosotros. Muchas veces apuntamos hacia fuera, senalamos culpables, cuando deberiamos tambien mirar un poco nuestra actitud. No niego que hay veces que nos equivocamos o que nos conformamos, pero hay que tambien pensar que, tal vez -solo tal vez- podamos tener mucho que ver nosotros mismos en nuestro silencio, en nuestra nostalgia.
      Espero que las espumas de tu banyo te devuelva algo de la efervescencia que tenias hasta hace poco.
      Un beso

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