Antropofagia

Bananas, sopas, yogures, poesías, libros, músicas, pinturas, televisión, cine, radio, deportes, conversaciones, emociones, etc. Todo entra y sale. Todo deja -más o menos- un rastro en nuestro cuerpo. Somos aparatos de digestión: si temes la discriminación la verás en todas partes, si te gusta competir… somos eso que hemos digerido y nos ha marcado con sus sustancias durante tiempo, somos la memoria de nuestro alimento.

La antropología, desde sus inicios, entendió la antropofagia como una aberración, como un error grave de algunos pueblos primitivos que se desviaban del glorioso camino ascendente de la humanidad, cuando lo más razonable es pensar que fue su mismísimo fundamento, de manera que si no hubiese existido la antropofagia, tampoco hubiera existido el hombre como lo conocemos ahora.

En la selva de Brasil encontraron, el año 1986, un grupo humano que no había tenido nunca contacto con hombres fuera de los de su tribu, fuera de su contexto. El grupo de investigadores brasileros y norteamericanos que encontró ésta tribu tenía muchas pistas sobre sus costumbres incluso hasta de su composición, pero su condición de nómades hizo muy difícil encontrarlos.

Me llamo Guiomar Mirailles, soy nutricionista. Vivo en un pueblo pequeño con mi esposo y mi hija pequeña, María. Aquel año de 1986 yo tenía 12 años. En el pequeño caserío de la selva al que fueron trasladados algunos de aquel grupo humano vivía mi familia, nos dedicábamos al acopio de madera. Fui una de los primeros que los vio llegar. Algo impresionante, ya se imaginarán, no los voy a cansar con detalles.

Los investigadores ofrecieron una buena cantidad de dinero por la manutención de cada una de las cinco personas que formaba parte del desorientado grupo, deberían convivir -en lo posible- con nosotros. Mi padre aceptó que uno de ellos, Toyolitoc, se quedara en nuestra casa -en realidad en una cabina aledaña a la nuestra- con una investigadora que sería su cuidadora y profesora al mismo tiempo. Los investigadores dieron una larga serie de instrucciones, el control de los movimientos de aquellos hombres era muy estrecho, pero se respetaba mucho su relativa independencia.

La reacción de Toyolitoc a su nuevo entorno fue de desconcierto al principio y de alegría y gran curiosidad después. Le calcularon una edad entre los 13 y 16 años.

Había muchas cosas que Toyolitoc no entendía, como por ejemplo, que un hombre se llamase siempre del mismo modo. Para ellos las personas cambian de nombre cuando se relacionan con algo o alguien -Toyolitoc fue como lo “bautizaron” en un momento del encuentro- cada hombre tiene un fragmento -una raíz- constante en lo que sería la forma sonora que se utiliza para llamarlo. El nombre describe una forma de relación, el yo existe como relacionado con, en relación a, pero no existe el concepto de individuo como lo entendemos nosotros. Los seres son sus múltiples relaciones y cambian su identidad por ellas.

Siempre he sido una mujer muy curiosa, esta característica propició en mí desde muy niña muchas cosas, pero una importante fue la de no estar satisfecha con lo que me decían que era así, con aquello que se debía de entender de una forma o de un modo, solamente. Mi vida cambió con la llegada de esos hombres a nuestra pequeña comunidad. Los investigadores nos dijeron que hiciéramos lo posible por seguir con nuestras vidas de modo normal, pero yo los perseguía, ocultándome para que no me vieran, por todas partes. Me fascinaba ver sus cuerpos pintados, sus extrañas risas, sus sexos colgando, los movimientos de sus manos cuando hablaban entre ellos.

Mi abuela murió una tarde lluviosa de las muchas que teníamos. Era una mujer extraordinaria, prodigó un amor muy grande por cada uno de sus familiares, incluso por los que no lo eran. Siempre estuve muy cerca a ella y su muerte me afectó mucho, fue una gran pérdida.
Mi familia -católica- hizo el velatorio en casa al que asistió toda la comunidad, era una mujer muy querida. Al segundo día la enterraron en el pequeño cementerio. Fue la mañana del tercer día, tras su muerte, cuando vino Joao dando gritos a llamar a mi padre. Se había profanado la tumba de mi abuela. Estaba abierta y su cuerpo fuera, acostado sobre un lado, bajo la lluvia.

Cuando mi padre y mi hermano mayor regresaron a casa nos contaron lo que había sucedido. Mi abuela efectivamente estaba desenterrada y, al mover el cuerpo para volver a colocarlo en su tumba, se dieron cuenta que tenía un agujero muy grande en la axila. Su corazón había sido arrancado. No tuvieron ninguna duda. Regresaron al caserío y entraron en las cabinas de los hombres, uno por uno, y descubrieron el corazón de mi abuela -o lo poco que quedaba de él- en la cabina de Toyolitoc, nuestro huésped, mordisqueado y envuelto en papeles, en un rincón de la habitación.

Pasaron los años. Fui al colegio en Rio Branco y luego me mudé a Sao Paulo donde vivía mi hermano, pero aquel episodio nunca dejó de rondar por mi cabeza. Me puse en contacto con el Instituto de Estudios Antropológicos y pude averiguar el nombre y apellido de la investigadora que fue asignada a cuidar a Toyolitoc durante el poco tiempo que estuvieron entre nosotros. Me puse en contacto con ella -que por suerte vivía en Sao Paulo y me recordaba-, así que quedamos en vernos y tomar un café.

Durante la conversación me contó lo que habían averiguado de la vida de aquellos misteriosos hombres y de sus costumbres. Ella aprendió a hablar relativamente bien su idioma, a entender algunos de sus complejos conceptos sobre el mundo. La conversación fue una de las más interesantes que nunca tuve en mi vida, me dejó muy sorprendida lo mucho que se había llegado a saber de ellos y, además, me pude enterar que Toyolitoc y sus compañeros nunca regresaron a la selva. Dos de ellos murieron sin saberse bien por qué -eran jóvenes y sanos-, los otros tres estaban viviendo en distintas partes, con nombres diferentes y haciendo vidas relativamente normales. Le pregunté por Toyolitoc. Me hizo saber que trabajaba en la madera, en Manaus.

Pasaron varios días y no podía quitarme de encima la idea de volver a encontrar a Toyolitoc. Sin querer -me pareció que ella no tenía intención de que lo supiera- a la investigadora se le había escapado su nuevo nombre : Luis. Decidí ir a buscarlo. Viajé a Manaus. Lo encontré y, luego de un año de estar juntos, nos casamos. Ahora vivimos en un pueblo del sur donde él trabaja como acopiador de madera y yo tengo una consulta de nutrición. María nació dos años después de llegar aquí y es una niña muy especial, tiene una belleza difícil de describir, veo en sus ojos los ojos y la bondad de mi querida abuela que son, sin duda, herencia paterna.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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4 respuestas a Antropofagia

  1. sibisse dijo:

    Hola Javier,

    Creo que la palabra sería sorprendente, por la capacidad de crear una historia con tantos matices y luego mezclarlos todos, sin que ninguno parezaca fuera de lugar.
    Bss

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  2. Hola Sibisse:
    Gracias por tu amable lectura. Mira, es una historia que parte de una idea de la digestion como un proceso fundamental en la vida organica en general y la humana en especial. Somos lo que ingerimos pero tambien somos capaces de dirigir, de modificar, nuestra forma de hacerlo.
    Lo que digerimos forma parte de nosotros, tanto desde un punto de vista fisico como espiritual -o ritual, si quieres- y eso es lo que quiero decir en que un hombre se come el corazon de una mujer buena pues ese hombre no piensa como nosotros, ese hombre puede sentir que de ese modo esta adquiriendo el amor de aquella mujer y lo proyecta al futuro.
    Bueno, me he alargado.
    Un beso

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  3. Hola, Javier:
    Interesante narración sobre un tema difícil, incómodo cuanto menos. La antropofagia. Es una historia de interconexiones. Cualquiera diría que Toyolitoc, además de comer parte del corazón de la abuela de la niña, hubiera dado también “un muerdo” al de Guiomar, que aunque parece que sus caminos se hubieran separado para no encontrarse jamás, al final acaban unidos, como si aquel acto antropofágico los hubiera predestinado también a ellos.
    Atractivo el apunte sobre la forma en que muta el nombre propio de un ser, en función de las cosas con que se relaciona o lo que sea que acontezca en su vida. Tiene una lógica interesante que habla de nuestra indefectible interrelación con el mundo que nos rodea.
    Muy emotivo el final. La última frase -concretamente las dos últimas palabras-, te sacude, por un momento, de una forma encantadora… (Con lo extraño que puede hacerte sentir que algo resulte “encantador” en un acto de antropofagia.) El aire distante y formal de la narración que te mantiene alejado, como un simple espectador de algo que te cuentan de una forma bastante aséptica (a pesar de hacerlo en primera persona), se convierte en algo más cercano y tierno al leer el final de la historia. Es como si de pronto entendieras y empatizaras más con Guiomar.
    Buena estructura. (Aunque a mí me ha costado un poco conectar con el principio.) Buen desarrollo. Y mejor final.
    Gracias, como siempre.
    (Y espero que este comentario te resulte, al menos, tan “gracioso” como el último que te hice. Aunque yo no me despediré con un “saludote mediocrote”.)

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    • Hola Beadealejandria:
      Me has puesto una sonrisa en la cara con aquello de que me pareció “gracioso” tu comentario en mi anterior relato… que sepas que aprecio tus comentarios mucho, los leo con detenimiento y agradezco, por que haces una lectura cuidadosa del texto, lo valoras, lo desarmas y lo vuelves a ordenar. Así que de gracioso nada. En cuanto a la despedida… era a tono con aquel texto (al menos eso quería que fuese).
      Interesante tu comentario. No me había fijado en el detalle del “muerdo” al corazón de Guiomar… muy buen apunte! Tal vez un personaje como Toyolitoc no es consciente de lo que puede ocasionar en el corazón del otro/a.
      Lo del nombre que muta de acuerdo a la relación que establece su portador lo saque de la filosofía de Rorty -disculpa la pedantería- un filósofo norteamericano que dice que somos en virtud de nuestras relaciones. Eso de dar definiciones rígidas de las cosas o personas lo debemos cambiar por ver cómo somos cuando nos relacionamos con otras personas o cosas. Para este filósofo “somos” por que estamos “en relación” y no hay nada que no lo este y sea inteligible.
      Quite una parte que decía que para aquellas personas la antropofagia era una forma de comunión (de hecho la comunión cristiana es un rito que “maquilla” este hecho) y que no pueden entender como los hombres “civilizados” dejan a sus muertos bajo tierra hasta que se los devoran los gusanos… les parece infame y horrible. Ya sabes, puntos de vista.
      La antropofagia es tan parte de nosotros como la costumbre de guiarnos por las estrellas. Hoy somos -la mayoría- ignorantes en cuanto a la posición en el cielo de las estrellas pero tenemos instrumentos que nos permiten viajar sin problemas de noche, pero el principio permanece. La antropofagia se convirtió en varias cosas -ritos y costumbres- y, entre esas cosas, en culinaria: aun hoy comemos carne de animales muertos y los disfrutamos vivamente, aplaudimos -muy científicamente- sus altos contenidos nutritivos, etc. Claro, se dirá pero no nos comemos a nuestros familiares o a nuestros enemigos… pero eso es una cuestión, en ultimo termino, moral.
      Me alegra que te hayan gustado las ultimas frases y eso haya hecho mas cercano el relato a tu corazón.
      Un beso Bea

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