Derubato

Il derubato che sorride ruba qualcosa al ladro, ma il derubato che piange ruba qualcosa a se stesso.
(P.P.Pasolini)

Prólogo
Te he robado Vía Merulana; la sonrisa de un muchacho rubio, algunas colillas apagadas en el suelo de un puente sobre el Tevere; una enorme ventana que da al mercado de Levante; un collar enredado en mis manos por un indiano; un motociclista que por no haberme atropellado me mandó “a fan culo”; algunas canciones napolitanas de un señor con bigotito; un encuentro de ojos notable tras mi máscara de carnaval anticipado, y algunas otras memorables baratijas de viajero.
Hubo abrazos que inmovilizaron mi cuerpo, como cuando un león toma con los dientes a un cervatillo, antes de comerlo. Qué terrible nostalgia siento de aquellos, cuando inmovilizo a mi dulce presa y permanezco quieto.

Despegue

La sala del aeropuerto de Hong Kong, limpio y moderno, con grandes ventanas que dejan ver, desde las salas de embarque, los pasadizos que desembocan en las pistas de aterrizaje, los aviones que suben y bajan, que penetran el ámbito de este panal humano; el edificio de tres pisos con suelos brillantes por el que corren, de un lado a otro, carros cargados de equipajes. Recinto de despedidas y bienvenidas, de ascensores transparentes con gente que se reparte como las bandejas de comida envuelta en plástico de los aviones, en sus respectivas terminales. Tableros digitales con nombres brillantes de lugares maravillosos y lejanos que, si miras en otra dirección, cambian; pasillos televisados, gente empujando destinos; es la representación clínica de mi vida, un lugar en el que nada permanece, hecho de tiempo y de sueño.

¿Pasillo o ventana? That is the question.

Las horas, las películas y las flight attendants dictatoriales, mostrando esa sonrisa de sueldo mediocre que las obliga a ser simpáticas mientras reparten las bandejitas de plástico, me descomponen. El baño a ¿medianoche? mientras todos duermen en la penumbra, con calcetines por el estrecho pasadizo -las azafatas desaparecieron-, algunos leen con luz y un poco de vergüenza, las cortinas bajas y el silencio acompañado de un zumbido que viene de afuera, de los motores que nos sostienen a miles de metros de altura, un precipicio insondable y una velocidad de vértigo, en un avión surcando una noche oceánica, rumbo a nuestro destino.

Las maletas que llevamos

Encuentras, dentro de las combinaciones de aviones y aeropuertos, una mujer que entiende tu desordenado rompecabezas de sentimientos, tu forma aérea de pensar, pero ¿cómo lo hizo? Estaba simplemente ahí, barajada entre otros, y dijo llamarse Almudena. Era como una moneda, Almudena, circulando por los ojos de miles de personas anónimas como uno mismo, como ella misma, pero una vez que se amonedó en mi mano hubo un reconocimiento, una fijación incomparable a ninguna otra, sólo para ti –me dije- y guardé sus ojos y un beso en una billetera roja y latiente.

Tu risa teje por un instante el mundo, lo teje de otra manera, le cambia el punto. Tú hablabas hace poco, en una cama, de las inflexiones de la voz que no están presentes en los textos, que es una lástima.
No puedo dejar de decirte, tarde para variar, que tu risa teje nuevamente el mundo, como una conjunción fabulosa de tus dientes, tus comisuras, tu mandíbula y tu voz, tan única y perfecta, que se me va. Sonata tu risa, soneto, sonatina; danza delicada de Eurímedes, penetrada por la serpiente progenitora del mundo. Bendito capolavoro, tu risa, que me embriaga.
Por lo demás es cierto que no te conozco, mi tacto asaz no pueda recordarte más adelante; ya me ha pasado así otra vez que me enamoré. Sólo algunas palabras sueltas. Las últimas menos felices que las primeras.

Tú ya te vas, tú no exististe. Tú podrías llamarte pájaro segundo, pío primero, o Apolo 11, y yo soy en este juego una cazadora trasnochada, que se llamaba Lolita y ahora se llama Lola, o Almudena la cazadora del reloj desafinado.

Otra vez, las maletas, el taxi, el viaje. Sentados en una cafetería de otro Aeropuerto, comiendo algo porque “no soporto las bandejitas del avión” –le digo- La mañana es húmeda, el tiempo gris, las despedidas son horribles.

De regreso, las avenidas limpias le permitían ir a la velocidad de su cuerpo, como si pretendiera atravesar el alba para ganar una mañana normal, con desayuno y saludo de buenos días. No pensaba, no era posible pensar con un cuerpo entonces tan presente, y tan lleno de improntas. Almudena regresa a su casa y su marido.

Sentado en el avion, entre dos hombres de negocios, deja atrás la ciudad, sus calles, sus automóviles, que iban hormiguendo un tráfico matutino, de una mañana cualquiera.

Cuarto para las siete y ya estaba frente a una casa desconocida y suya. Siete en punto y abría la puerta con una mano fría y trémula. Buenos días amor, traje el desayuno (nuestra maleta, con su contenido, se abre para enseñarnos dónde estamos, otra vez, quienes somos)
Ella no tenía ningún propósito. Pero a veces las cosas se ponen de tal manera, que propician la sensación de confabulación del cosmos. Acaba de escribir un mensaje breve, el segundo desde la partida del amante de la china del norte. El impulso de escribir, piensa, se ha vuelto todo en ella. Esa lanzadera, un hilo fino pero tan largo que ilimitado, le amarra los dedos a su piel, y se desquita golpeando las teclas hasta que deja de sentir dolor.

Epílogo
Se ha largado varias noches atrás. Almudena estuvo con él minutos antes que entrase a la sala de embarque, y en el estacionamiento del aeropuerto exprimió sus labios y giró, escabulléndose como una prófuga en el asiento del auto. La huida no había sido un atributo suyo, sin embargo, ella se adueñó del acto de la despedida.

Te escribo ahora, de noche, una noche mucho menos grande que el mar que nos separa.
De ese mar es de lo único que debí hablarte. Pero ese sistema por el cual nos lanzamos con los dedos más que con la mente, a llenar todos los espacios vacíos, las pantallitas en blanco y todo lo que escapa, tal vez, no sirve más para estarte cerca.
Según la teoría del “lenguaje tropical” el claro del bosque, es el lenguaje común, el aceptado y conocido por una comunidad de hablantes; alrededor, en la periferia, está un bosque, lleno de palabras y mundos imposibles. Basta que alguien use diferente esas palabras para inaugurar un nuevo claro en el bosque, que luego será subsumido por los usuarios comunes del claro anterior, que lo convertirán en parte de su claro, que a costa de usarlo convertirán las más extraordinarias metáforas en clisés manidos. Las sendas del arte y de la literatura son aquellas de los bosques, son las sendas perdidas. Nuestro encuentro tuvo lugar en la penumbra del bosque, y fue fabuloso. Ahora que las palabras dejaron de ser metáforas para convertirse en blasones, nuestros caminos se alejaron, cada vez más. Mi nostalgia me vuelca a esos bosques asiáticos en los cuales, un hermoso tigre siberiano se perdía entre la bruma espesa y a ratos se desocultaba.
Hablar de aquello que no se puede tocar, como nuestras vidas actuales, es siempre riesgoso. Flaubert, en Madame Bovary, tenía una metáfora muy bella al respecto: “al tocar a nuestros ídolos solemos quedarnos con polvo de oro en las yemas de los dedos”.
Pero tal vez debí contarte igual, ahora que ya no hay riesgo de nada, de mi vida aquí, y tú de tu vida allá, y creo que, claro, seríamos como dos buenos amigos que se cuentan cosas triviales e importantes, pero con nostalgia de aquel claro que fue sólo nuestro, y que nunca más regresará.
Entonces, contarte de mí, contarte de mí será como contar hasta tres o hasta cinco y ya ni el veinticinco con su hermoso carácter, irrumpirá en la ruleta que jugamos alguna vez.
Ahora no me va contarte nada, porque no quiero llevarme esas migas desesperadas de ruleta ingrata. Me quedo con lo ganado y también con lo perdido, y nada más, nada más.
Y tal vez crucemos juntos nuevas pistas, para volvernos a perder un rato, en esas sendas que abriremos en el bosque frondoso de las palabras nuevas y de los únicos mundos que ambos sabemos habitar, que son los imposibles.
Y si la tristeza combinada con el mal humor, de cambiar de lugar y dejar algo atrás, que parecía importante, se posa por un rato en nuestras copas, hay que cambiar de árbol, como el barón rampante, y ya.
Otro día llegarán los gorriones, con sus crueles primaveras, y alguno de ellos, un poco más dionisíaco que el resto, escapará del vuelo ordenado y geométrico de su bandada, y se comerá tu pancito con deleite, y te llevará a volar lejos, lejos, a donde no conocen ni tú ni el gorrión.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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4 respuestas a Derubato

  1. Excelente. Un texto de gran riqueza y elegante lenguaje. Lo veo como un gran aeropuerto lleno de sugestivas puertas de embarque a mil destinos cambiantes.

    Un admirado abrazo.

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    • Miguel!
      Relato a dos voces y varios tiempos, roto, una realidad fragmentaria, desordenada en la que la atraccion y el deseo intentan poner un orden -sin conseguirlo, claro-, es un aeropuerto de emociones.
      Un abrazo primo, espero que tu Espana este renaciendo!!!

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  2. Javier:
    Llevo días leyéndolo…
    Pienso que éste es uno de esos relatos que uno debe disfrutar el placer de ir descubriéndolo nuevo en cada nueva lectura. Es un relato “multilectural”, es decir, que sirve para gozar muchas veces. Nuevas. Distintas. Valientes.
    De entre todo quisiera destacar el texto en cursiva porque es, sencillamente, puritita ambrosía. Un regalo de los dioses. Preciosa concatenación de palabras tocadas por el hada de la “gracia” -no la de la risa, sino la divina-. Y leerlo es como lanzarse a penetrar ese bosque del “lenguaje tropical”… Y abrir nuevos claros. Diferentes. Osados. Incluso temerarios. Mundos urdidos, -o sólo dibujados como un boceto a medias entre lo que es y lo que anhelo-, capaces de permitir que nos encontremos… Incluso con el hermoso tigre siberiano.
    Me fascinan, inclusive, las referencias que no puedo entender, y los guiños -o señales- que, como no podía ser de otra forma, me son ajenos, porque aún así intuyo la sabiduría y la pasión con que están vertidos y hábilmente entretejidos en el texto. Me emocionan. Y entiendo que ése es, básicamente, uno de los propósitos del que escribe para él, pero para que lo lean también los demás… Emocionar.
    Pier Paolo Pasolini murió a manos de la estupidez y la intransigencia. Y tú, querido, le das una patada en el culo a ambas, depositando en un aeropuerto la semilla del deseo. Para que se multiplique, se extienda, e inunde el mundo de la esperanza que siempre supone sentir. Y la valentía de dejarse llevar por ese sentimiento. Aunque no cuaje. Aunque zozobre. Aunque fenezca.
    Y a miles de kilómetros, alzo mi copa para brindar por esa osadía. Por tus bellas Palabras. Y por ti.
    Gracias.

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  3. Querida Bea:
    No se que decir! Ya, tal vez con un “muchas gracias, me halagan tus palabras” seria suficiente… pero siento que no, no seria suficiente -en todo caso, a mi no me importa decir cosas “suficientes”-, y esto es asi por que nuevamente has hecho una lectura -o varias- que es la que habria querido hacer yo mismo (si no fuera por que lo escribi yo… aunque ya no estoy seguro, tal vez lo hayamos escrito los dos): desde el disfrute, el goce, el placer que nos entregan las palabras vertidas y combinadas de modos no siempre regulares. Eres una Almudena que entiende mi modo aereo de decir las cosas, por eso no te doy solo las gracias sino que espero que el espacio que hemos abierto en el bosque nos regale mas metaforas y podamos, entre el follaje, vislumbrar por un instante, la maravilla de aquello que solo se percibe en momentos gloriosos, cuando la inspiracion se encuentra con nuestros sentidos, con nuestra mente.
    Choquemos nuestras copas y brindemos por tus historias y las mias!!
    Un beso Bea

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