Las despedidas

Estaba sentada al borde de la piscina mojándose los pies con el niño sobre su regazo, cuando un chico que pasaba detrás de ella empujando un carro con cajas de botellas vacías tropezó y las cajas cayeron al suelo ocasionando un gran ruido. La reacción de sorpresa más el aceite bronceador con que había untado su cuerpo hicieron que el niño resbalase de sus nerviosos brazos y cayera a la piscina. La fortuna quiso que su padre, que se encontraba cerca, viera la escena y lo saque del agua, asustado y llorando a gritos. Tenía seis meses de nacido.
Emergió entre la espuma de la ola que había reventado sobre la arena. Acostó su cuerpo en el agua y sus brazos giraron, impulsándolo hacia delante, siguió pasando olas, una tras otra, de acuerdo a las normas de natación que él conoce bien. La larga y solitaria natación.
Lloraba casi todo el tiempo y le subió la fiebre “se va a deshidratar -dijo su madre a la empleada-, alcánzame un biberón con agua tibia por favor”. Lo llevaron al pediatra que les dijo que lo más probable era que tuviese una “virosis”, o sea que había tragado una buena cantidad de virus con el agua de la piscina y ahora anidaban en su pequeño cuerpo, causándole fiebre y malestar. Le recetaron medicinas que no sirvieron.
Cayó otra vez la mano para romper la superficie azul. Sus pies, a un ritmo más intenso, dejaban un rastro de espuma en su vertical recorrido. Dos brazadas y a la tercera emerge su perfil para coger una bocanada de aire que irá dejando escapar por la nariz, poco a poco, mientras avanza sin prisa pero sin pausa por el mar ahora en calma, alejándose de la orilla.
La mujer pidió que tuvieran en casa, para cuando ella llegase, un huevo fresco y agua de planta Ruda. Al día siguiente iría a sanarlo. Ya en la habitación se mojó los dedos en el vaso con agua bendita, se hizo la señal de la cruz en la frente y repitió su nombre completo, a modo de invocación. Luego, pasó el huevo lustroso por el tibio y redondo cuerpo del bebé desnudo mientras él lloraba, después le pasó la planta de Ruda. Su madre lo alzaría para tranquilizarlo contra su pecho, se quedó dormido en sus brazos casi en el acto.
Cuando la mano está en lo más alto del movimiento fuera del agua, le recuerda un gesto de despedida. El de su madre una mañana mientras sonreía a una distancia más que salvable y, sin embargo, tan lejana para él; su madre despidiéndose con el brazo en alto y una sonrisa bajo sus gafas de sol. Ella ya no está allí y él avanza con el agua deslizándose bajo su cuerpo.
La mujer rompió el huevo contra el filo del vaso y la masa informe se asentó dejando un quieto ojo naranja alojado al fondo. La causa de su mal estaba descrita por unos puntos negros que la mujer señalaba dentro del vaso a su madre, lo elevó a la altura de sus ojos: “susto de agua” –dijo, muy seria-. Su padre presente y silencioso hasta ese momento, se sonrió. La mujer le hizo saber que si no creía no debían de haberla llamado. El hombre alto de bigote dijo que no se reía por descreimiento, más bien por lo contrario, pues ningún médico acertó, y ella sí.
Fue su padre el primero en despedirse. Su muerte fue lenta y mala. Primero se le paralizó un lado del cuerpo, lo operaron varias veces y al final murió cogiendo, con una mano sin fuerza, la de su esposa. Todos coincidieron en que fue lo mejor para él, para que dejase de sufrir. Recuerda que puso su mano sobre la frente poco después de que su padre expirase, la dejó un momento y se retiró, sintiendo aun tibia su delgada piel.

Era el amor. La pubertad. Los granos. Ella le parecía una belleza, con facciones delicadas y líneas perfectas que dibujaban su pequeño cuerpo. Un amor cruel, unilateral, por el que siempre lo asaltaban temores: ser feo, no ser popular entre sus compañeros, no impresionar lo suficiente. Acercársele y hablar con ella estaba más allá de sus posibilidades, pero no podía reprimir sus sueños, se imaginaba diciéndole cosas ingeniosas, ambos riendo. Estaba dispuesto a conquistarla y se veía bien, feliz y seguro al lado de ella. Más tarde, si la cruzaba por casualidad, se derrumbaba, así que se escondía, la evitaba. Se veía gordo, sin atributos, incapaz de hablarle siquiera.
Se tiró a la piscina y nadó. Nadó muchos kilómetros, al principio solo, luego como parte del equipo del colegio y al final, otra vez solo. Mucho después, cuando salió del agua, no era el mismo. Podía nadar correctamente en todos los estilos, los había aprendido bien. Había aprendido a remar constantemente y casi sin fatiga, pero no a conquistar. El agua era un mundo silencioso, libre, un mundo de jadeos y esfuerzos, azul, con las pistas marcadas para ir y volver, sin nada que temer. Ella terminó como una historia que, igual que nunca comenzó, se diluyó en despedidas, las de ella al subir al carro de otros chicos, luego al de un novio, finalmente, a un destino sin él.
Antes de despedirse, la mujer dijo a su madre llevándola a un lado: este niño ha sido recogido del agua, pero el agua se lo llevará, mejor tarde que pronto, que tenga cuidado señora, cuídelo. Lo siento.
No sentía el cansancio pero si frío, así que comenzó a batir los pies con más fuerza. Remó, braceó, cambió de estilo, empujó con toda su fuerza tanta agua bajo su cuerpo como pudo, hasta que llegó el momento en el que, cediendo al cansancio y la noche que empezaba a caer, se dio vuelta y con suaves movimientos, sin más energía que la suficiente para mantenerse a flote y avanzar lentamente de espaldas, respirando pausado y profundo, sus ojos se entregaron a las primeras estrellas que aparecían en el cielo que cubría ese amplio océano sin orillas, esta vez sin un padre que lo viniera a rescatar de su, ahora inevitable, despedida.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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6 respuestas a Las despedidas

  1. Querido Javier:
    Opresivo relato que, poco a poco, -desde esa primera zambullida forzada desde los brazos de su madre-, hace el retrato biográfico de un hombre “condenado” al agua.
    En ella, -en el agua-, encuentra primero el destino. Después, una salida, un mundo paralelo donde ser quien quisiera ser fuera de ella. Y por último, como fue vaticinado, la comunión definitiva con el líquido elemento… La muerte.
    Un relato de despedidas amargas. Tristes. Silenciosas y perpetuas.
    La forma de narrar es original y peculiar. Y da como resultado un curioso tablero de ajedrez de escaques blancos y azul mar, trenzado con retazos de la historia de su vida, alternados con esos momentos de paz que en el agua lograba obtener. Creo que esa forma de disponer el texto sirve para desestabilizar al lector y crearle una incómoda desazón. ¿Qué cosa terrible va a pasar en el próximo cambio de escenario y tiempo? A mí, por lo menos, me ha provocado esa inquietante sensación.
    Es fácil, -y muy triste-, imaginarlo al final del relato, -cansado de nadar contra las olas de la vida-, dejarse mecer por ese mar con el que tan estrechamente unido se siente… Echarse de espaldas, entregarse a la hipnótica y relajante visión de las estrellas, respirar hondo, sereno, y fundirse por fin con el agua en un abrazo postrero con inequívoco sabor a muerte.
    Triste. Me ha dejado mal cuerpo. No ya por las despedidas, las muertes, la -quizá- última rendición…, sino porque acabas con la sensación de que no fue feliz nunca. -Salvo en esos lapsus en que se entregó al agua.- Y eso…, eso me causa una profunda tristeza.
    Beso, Javier.

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    • Querida Bea:
      Este relato estaba planteado de otro modo, cuando lo imaginé quería que el nadador -por medio de los varios estilos de nadar- fuera cambiando las historias del relato, dándole a cada historia un ímpetu y forma diferente, de algún modo relacionado con el estilo de natación que emplea en cada tramo. El papel sería como la piscina y los estilos marcarían el ritmo de las historias.
      Complicado. Demasiado para un escritor con tantas limitaciones como las mías. En fin, preferí no insistir en el proyecto y darle salida a la historia que, efectivamente, es triste. Y es triste por que cuenta solo partes en las que la vida se escapa, de aquellos que se van, de las despedidas. La ultima -y tal vez la mas serena- la suya.
      Su relación con el agua y las manos -despidiéndose o entrando al agua- son imágenes que quise usar y mezclar. Un relato como la paleta de pintor donde se mezclan colores, formas, los tiempos y hasta las formas de la medicina -formal e informal-.
      Bueno, y la soledad, claro, la soledad de la natación, representación de la vida de ese hombre, insistiendo en su cajón azul, ir y venir, en silencio.
      Un beso querida Bea!

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  2. Disculpa…
    Se me olvidaba… ¡Y la soledad!
    Es un relato que palpita soledad a la vuelta de cada esquina, de cada espacio en blanco. De hecho, lo dice… “La larga y solitaria natación”.
    En el último párrafo, cuando se tumba a mirar el cielo y se deja llevar por la constante cadencia del mar, me faltó destacar algo importante… Se le ve…, se le siente… ¡tan solo!
    Sí. La soledad me parece clave en el relato. Y no olvidemos que se titula “Las despedidas”… Y solo es como, después de todo, suele quedarse uno cada vez que se despide de algo o alguien importante. Solo.
    Disculpa el abuso. Pero me parecía importante, no me he podido resistir a volver a escribir para señalarlo.
    Y…, jeje, ya de paso, aprovecho y te mando otro Beso… : )

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  3. sibisse dijo:

    Algo triste, pero cercano, a pesar de esa amargura que desprende, por todos los detalles que se describen, por los que quizás todos hemos pasado alguna vez. Pero a pesar de esa tristeza y esa soledad, que bien describe Bea, también emana humanidad. Bss

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  4. Querida Sibisse!
    Es verdad, casi todos pasamos -o pasaremos- por despedidas amargas y duras, difíciles de entender pero inexorables. Es triste pero forma parte de nuestra condición humana, somos pasajeros, del tiempo y del espacio. Todos. Antes o después debemos despedirnos; muchas veces se prefiere no pensar en eso pero evitarlo no es solución y sí garantía de un futuro mas vulnerable. No creo que haya que pensar mucho en la muerte o en el dolor, pero opino que vale la pena recordarlo de vez en cuando para de esa manera aprender a disfrutar de la vida y de la vida de los que amamos, aunque parezca contradictorio.
    Gracias por leer Sibisse
    Un beso

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  5. Querido primo:
    Esplendido relato, de texto por el que avanzamos a brazadas acompasadas, pensado y leyendo, viendo y dejando de ver, las imágenes que nos sugieres. El agua como líquido amniótico que nos mantiene seguros pero aislados; líquido del que surgimos y al que volvemos.

    Un fuerte abrazo.

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