Profesional

De joven una carrera universitaria, ideas sobre la vida con apariencia de sólidas, palabra fácil y actitud de ganador sin esfuerzo. Luego, con la especialización, llegaron los colores más contrastados de las corbatas rayadas sobre los blancos fondos de las camisas, el peso agradable del reloj de pulsera y el coche con olor a nuevo. Nadie le advirtió, pero algo drenaba suavemente debajo de las sonrisas tan blancas.

Fue el número uno del curso y los oscuros zapatos bruñidos, el suave roce del anillo de oro, los aplausos familiares en la graduación, eran una misma y merecida cosa. Los días de verano y el futuro fueron siempre sus aliados, solo era cuestión de ser paciente, la presa atravesará el despejado cielo y él estará esperando con el dedo firme en el gatillo.

Con la madurez llegó el traje gris claro que caía perfecto sobre sus hombros y su responsabilidad; no sabía cómo ni desde cuándo, pero sabía mandar. A veces se preguntaba si era la obsecuencia sin tapujos de los que habían sido sus compañeros lo que lo impulsaba a dar órdenes sin un resquicio de duda o, simplemente, algo natural, después de ser reconocido como el candidato ideal para el cargo. Le nació la arruga entre las cejas y el gesto de gerente el mismo día que, en el restaurante más conocido de la ciudad, el anfitrión casi tropieza cuando lo acompañaba a su mesa.

Desamó largamente una mujer y unos hijos secundarios a los que usaba como aparente motivo principal de su furiosa y silente actividad empresarial. La verdad es que la mujer era detestable y a los hijos no les alcanzaba para ser estúpidos, pero no se merecían tanto engaño.

Terminó en el suelo con la camisa blanca manchada de sangre, le habían pegado el tiro en pleno pecho, a él, confiado como estaba en su vuelo por lo más alto, libre y poderoso, cagándose en todos, ya sin mirar. Se tambaleaba, intentando ponerse de nuevo en pie, embrutecido por la caída sobre su sombra, la sombra de un profesional frente a su colección de días de oficina, de rostros angustiados, de súplicas reprimidas, y con la muerte como su más próxima cita.

Su herencia fue una mujer que le quiso poner Botox hasta a su lápida y dos hijos, un varón admirador de cualquier actitud fascistoide, mediocre empresario él mismo, endeudado hasta con su madre y una hija clasista y ridícula, con tantos prejuicios como pares de zapatos, de quien lo mejor que se podía decir era que era una ama de casa organizada. La clase media satisfecha.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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6 respuestas a Profesional

  1. Dan miedo estos tipos que parecen sacar el triunfo directamente del genoma; una especie de determinismo social y biológico por el cual ni siquiera tienen que esforzarse para ser unos grandísimos hijos de puta. Nunca dudan. El texto, tiene esa elegancia a la que ya nos tienes —casi— acostumbrados y está lleno de imágenes acertadísimas. Respecto al tema… se te da muy bien describir a estos personajes, ¿rodeado de modelos, quizás?
    Recibe un fuerte abrazo, primo. Un gusto leerte, como siempre.

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  2. Hola primo:
    Un relato duro. Cuando lo escribí me inspiré en personas que veo casi a diario, en mi viaje de Manly – Sydney, en el ferry de la manana que nos lleva al trabajo. Esos hombres y mujeres con su idea de la elegancia tan arraigada en sus tarjetas de crédito y la televisión, aquellos que derraman alguna lágrima viendo una película “emotiva” y que son capaces de despedir el lunes a un hombre porque “ya no hace falta” sin sentir piedad ni vergüenza. En fin, el mundo de la clase media, de los gerentes y sus familias, el Botox emocional, los grupos de madres que quieren “lo mejor para sus hijos”, toda esa basura. Un escrito duro, pero la realidad es mucho peor, me gustaría haber podido transferir en algo esa hipocresía de las sonrisas, los apretones de manos, el cierre hermético de las puertas de las camionetas 4X4 como símbolos del éxito, pero me parece que me quedó muy corto.
    Nunca he visto, como hoy, un mundo tan polarizado, ridículo e inclemente. Creo que la ignorancia debería redefinirse, pues no creo que solo sea la carencia de conocimientos (leer y escribir, por ejemplo) sino la carencia de conciencia humana. Veo tanto ignorante cargado de medallas, de diplomas, de títulos universitarios o lo que sea, que no me puedo sino ponerme, cada vez, a discutir con gente que aun piensa que esos seres son inteligentes.
    En fin, Miguel, solo nos quedara reír un poco, no crees? después de tanta amargura, cuando escampe, solo nos quedara hartarnos de risa. Una forma de catarsis necesaria en los tiempos que corren en este nuestro mundo.
    Un abrazo primo, gracias, como siempre.

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  3. Querido Javier…
    Es un relato que me ha ido entrando poco a poco… Ésta, que si no me equivoco, es la tercera vez que lo leo, es cuando por fin he podido sacarle todo el jugo de una forma objetiva.
    Me he quedado pensando un rato…, intentando dilucidar por qué me había costado cogerle el aire y extraerle toda la enjundia. Al final he averiguado el porqué.
    El relato, desde el principio, me cayó mal… O sea, el tipo. Pero claro, desde que empecé a leer me resultó tan desagradable, me metí tanto (tú hiciste que me metiera tanto dentro, con tus aparentemente inocentes descripciones que enmascaraban tanta falsedad y desfachatez), que me resultaba incómodo, e incluso desagradable, leerlo.
    Además he de confesar que la fotografía de mister Douglas me confundió un poco… La vi antes de comenzar a leer, y quizá pensé que hablabas realmente del actor o algo así, y me despisté un poco. Luego ya entendí que era la imagen-tipo del individuo del que hablabas.
    ¡Qué asco! A mí esa clase de individuos me produce verdadero terror. Y no hablo en broma. Hace años pasé una grave depresión por culpa de un “moobing” que ejercieron sobre mí, tipos como ése. Desde entonces no puedo ver “hombres trajeados”, exhibiendo ese aire y actitud que tú tan bien explicas. Me ponen los pelos de punta. ¡Qué horror!
    Hacia ahí me llevaba tu relato, conforme lo leía, e imagino que por eso he necesitado leerlo varias veces, hasta hacerlo distanciándome de lo que me hace sentir, y mirándolo como un mero relato.
    Creo que poco mejor puedo decirte sobre este relato, y es la desazón que se apoderaba de mí conforme iba leyendo. La sensación de impotencia. La tristeza. La vergüenza ajena ante tanta frialdad, tanta cortedad de miras, tanta crueldad innata…
    De tan vacíos que parece van a estar por dentro, cualquiera diría que todo lo que son no es más que es ese cascarón de marca, -de finísima factura e impecable planchado- que usan como uniforme… El uniforme de los asesinos silenciosos. Trajes de alta costura, zapatos de firma, corbatas carísimas. Sonrisas de botox, gestos de mentiras, palabras malintencionadas que si pudieran se suicidarían por no tener que escapar de esos labios asesinos, capaces, como tú bien dices, de deshacerse -sin despeinarse-, de alguien que ya no hace falta…
    Uf! Mira… Como ves, se me llevan los demonios cuando empiezo a hablar del tema. Mejor lo voy dejando…
    Pero no te preocupes… Jajaja! Está bien. No pasa nada. De repente te he imaginado diciéndome: “Lamento mucho, Bea, haberte hecho sentir así con mi relato…” Jajaja!!! Ni se te ocurra. Está bien. Los relatos están para hacer sentir, para provocar emociones, y tú has conseguido conectar con esa parte de mí que aunque me duele, está muy cercana al desprecio, a la repugnancia…
    Menos mal que aún así ha tenido un par de golpes graciosos en el último párrafo… Me han hecho sonreír. Ha sido algo así como para desengrasar, ¿no?
    Bueno, Javier. Que muy bien. Que la verdad es que prefiero leer…, por ejemplo…, ¡sobre sexo! Jajaja… O sobre cualquier cosa antes que sobre estos tipos, pero que el relato, lo que se dice el relato, está muy logrado. Si no lo estuviera, no me hubiese costado tanto, ni me hubiera transportado a donde se me llevó. Enhorabuena.
    De cualquier forma, espero pronto algo que me quite el sabor de boca… ¿Si? 🙂
    Por fi!!! Por fi!!!
    Ya sabes que siempre estoy esperando tus próximas palabritas… 😉
    Beso, claro!

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    • Hola querida Bea:
      Se puede decir que me ha gustado que te haya disgustado este relato? jajaja bueno, no, no me gusta disgustar ni siquiera cuando escribo sobre algo que a mi tampoco me gusta nada… pero es asi, que vamos a hacer, lo otro era no escribirlo y eso no lo puedo hacer.
      Lamento lo que cuentas de que tu tuviste que pasar por una experiencia (o varias) muy fea con el tipo de gente que describo en este texto. Con todo lo feo y desagradable que eso significa, imagino que reencontrarte con esos recuerdos no ha sido nada gratificante. Pero este texto, te aseguro -y tu lo sabes- me ha quedado muy corto. Es un poco como cuando se describe a un nazi. Uno sabe que era gente mediocre, que no era capaz de decir no, que seguían instrucciones, miserable, con el envalentonamiento del hombre gregario. Sin embargo, a pesar de esa mediocridad y medianía, eran unos verdaderos monstruos. La monstruosidad estaba en su normalidad, en lo ordinario de sus vidas -nada que ver con Dracula o Charles Manson- era gente que iba a recoger a sus hijos al colegio y luego preparaba barbacoas en el jardín de casa, en fin, ese horror ordinario que tan bien describe y disecciona el gran director de cine, Michael Haneke, sobretodo en su película “The White Ribbon”.
      Así que creo me he quedado corto, pero no porque lo haya querido asi, sino porque no me ha salido mejor… el hecho es que a ti te ha parecido repulsivo, asqueroso y lo entiendo, habiendo pasado por las malas experiencias que tuviste que pasar, entiendo que pensar en esos trajes que se ajustan tan bien, las actitudes de mando, el sadismo soterrado… en fin, recordar todo aquello te debe sentar fatal. Lo siento de veras.
      Uno describe esas cosas porque las vive. Yo he vivido muchos anyos rodeado -y sigo, en mayor o menor medida- de gente empecinada en creerse los duenos del mundo. Rodeado de personas vacías que gritan para que las miren. Ellos mismos son como los teléfonos móviles y todos los demás juguetes tecnológicos que compran. A la que sale uno nuevo los descartan sin la menor duda. Y cuando ellos están en la posibilidad de hacerlo, lo hacen con otros.
      No sabes, lo peor es la gente de Marketing. Esa si que es mierda envuelta en celofán. La actitud psicológica del vendedor que cree que conoce al “ser humano” por que “conocen” las ganas de comprar de los hombres y mujeres, de los ninos y hasta de los perros… sus ínfulas por creerse poseedores del secreto de los negocios. No me imagino como sera vivir con semejante esperpento, tener de pareja a ese tipo megalomaníaco que nunca para de hablar de sí mismo y de todo lo que sabe, hace y/o consigue para su empresa, para el mundo. Un día tengo que describir una conversación con la gente de Marketing (si es que a eso se puede llamar conversación)
      Bueno querida Bea, lamento haber puesto aquí una tarea de mal gusto, ademas que hayas tenido que leer mas de una vez el texto… te prometo que escribiré algo mas agradable o interesante la próxima vez. Bueno, tengo tres relatos en marcha. Espero que alguno te guste mucho.
      Recibe un beso Beadealejandria!!

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  4. sibisse12 dijo:

    “con tantos prejuicios como pares de zapatos,”. destaco esta frase por la verdad que encierra. Y por la verdad que encierra el relato en sí, sin duda y por desgracia hay gente así en el mundo, que lo importante es que su corbata esté bien anudada y su camisa sin arrugar. Tengo que decir que ahora, creo que más que antes, hay más gente así, o al menos es lo que parece. Muy bien, sin duda =)

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  5. Hoal Sibisse:
    Claro que cada día hay mas gente así!! los fabrican en las universidades del Estado, en las privadas, los ensalzan por la televisión, el cine y los medios de comunicación, en las reuniones familiares de los domingos, siguen siendo los ídolos de la mayoría. Lo peor es que esto no va a parar, la maquinaria sigue trabajando y ellos siguen saliendo en serie por la boca, con sus consignas de rendimiento máximo y ahorro mayor, vestidos de traje, la mirada puesta en el objetivo: beneficios.
    Gracias por rescatar esa frase del fondo del relato. Eres una buceadora excelente y siempre encuentras esas frases “especiales”.
    Gracias por pasar Sibisse, besos

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