Intuición

Santiago era una ciudad tranquila y él había llegado a buscar al hombre. Nunca antes había estado en esa ciudad. Compró ropa en una cadena de tiendas y dejó las bolsas al lado de la cama del hotel. En la recepción preguntó dónde podría conseguir una tarjeta para el móvil. Salió a beber algo caliente y responder emails de trabajo en una cafetería.

Su mujer nunca lo supo. Siguió durmiendo con ella, haciendo el amor con ella, yendo a trabajar por las mañanas y besando a su hijo antes de ir a dormir por las noches. Todo exactamente igual, antes y después de su viaje a Santiago. Dicen que las mujeres tienen más sentido de intuición que los hombres, pero él lo supo de golpe al verlo en la escalera del edificio, cuando se cruzaron con él al bajar para ir a recoger a Julián del colegio. No se miraron, ella no hizo ningún gesto, ni tuvo una reacción extraña, al contrario, siguió hablando como si nadie los hubiese cruzado, pero él lo supo, en solo una fracción de segundo, estaba en el aire, a tal punto que le dijo a su mujer que había olvidado la billetera y volvió a subir para ver en qué puerta entraba. Vivía un piso más arriba que ellos.

Pidió una semana de vacaciones en el trabajo y comprobó sus sospechas. Desde el primer día que vigiló su puerta los vio juntos, en fin, lo típico, los besos en restaurantes alejados de casa y el hotel a media mañana. El resto de la semana evitó seguirlos. Pensó tanto en matarlos durante esos días que estuvo a punto de hacerlo, al final decidió que, para ella, sería mejor una larga vida sometida al desamor, y, para él, una muerte fulminante, cuando ya no temiese nada. Pensó que su hijo no merecía un futuro sin padre ni madre. Pensó que era mejor una venganza que el olvido o el perdón.

Nunca había oído un disparo en sus cincuenta años de vida, al menos no fuera de las películas, y le pareció extraño, aquello no tenía mucho que ver con su recuerdo de los disparos de ficción de las pantallas. Un olor intenso le inundaba la cabeza y se sentía aturdido; los ojos, al ver gente corriendo por todas partes, y los oídos, casi inútiles por el agudo pitido ocasionado por la detonación, se sumaban a la extraña sensación del ambiente que lo mantenía como aislado de lo que pasaba y el temblor que aun le recorría por todo el brazo, desde la punta de la pistola hasta el hombro. Lanzó un resolutivo escupitajo al suelo para deshacerse de esa inercia, arregló un poco sus cabellos con una mano y empezó a caminar. El grito enérgico de un hombre rompió el cristal que lo había aislado por un instante. Se puso en marcha.

Marcó un número en el móvil. Un taxi para el aeropuerto. De camino pidió al taxista que detuviese el automóvil en una gasolinera y, ya en el baño, sacó de la chaqueta la pistola y la dejó caer dentro de la papelera, se lavó la cara y las manos.

No sentía nada especial, como tantas veces que conducía su automóvil y se miraba las manos sobre el volante mientras esperaba en alguna luz roja; ahora, sentado en una cafetería de su ciudad, también se mira las manos mientras espera que le traigan su pedido. La piel se le había ido adelgazando y se parecía cada vez más a las manos de su madre, manos frágiles, venosas, la piel fina como la de un papel manchado con algunas gotas de café. Pensó que se estaba haciendo viejo pero, así y todo, ya nadie se burlaría de él. Era un hecho consumado, sin embargo, no sentía nada.

Fue como lo había imaginado, lo inesperado de la situación había sido su mejor aliado. Se ocultó sin tener que huir, sin miedo, entre la gente. Y salió tranquilo de todo aquello, sin problemas. Durante años había temido que una muerte inesperada le acaeciese al hombre, pero sabía que ser paciente era fundamental para lograr su objetivo. Sabía quién era y dónde ir para encontrarlo. Es verdad que ayudó que el hombre, al poco tiempo de la aventura con su mujer, tuviese que regresar a su país para seguir siendo un empleado más de la cadena de tiendas por departamentos que lo había envíado a compartir su experiencia de vendedor estrella en la nueva tienda de Lima. Era un desconocido, alguien como él mismo. Después de tanto tiempo sería más dificil que relacionaran su muerte con aquel viaje al Peru y, aparte de su propia mujer, nadie más sabía de ese “affaire”. Vivía tranquilo, confiado en su rutina, como todo buen animal predecible.

Le dijo casi en un susurro, en la oscuridad del cine, que el ruido que hace una pistola no es ni remotamente parecido a lo que acababan de oír. Su mujer, ingenua como siempre, le preguntó si es que él alguna vez había escuchado el que hace una pistola de verdad.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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7 respuestas a Intuición

  1. Hola Javier,

    ¡Esos asesinos tuyos -que van dejando cosas por las papeleras y las bolsas de basura- nos convencen de que el crimen pueda ser algo tan íntimo como cotidiano! Pequeños detalles, cosas aparentemente nimias, nos van fijando el relato a la mente al igual que el brillo de una pequeña gota de agua le confiere credibilidad a una pintura hiper-realista. Es un gusto leer esa prosa tuya, sosegada y detallista.

    Yo ya estoy en una edad en la que el matar no me hace ilusión. Me parece un fracaso en vez de una victoria. Pero si tuviera que tirar una pistola, la tiraría al mar, o a un río; Siempre a un lugar donde tardaran en encontrarla.

    Un abrazo, primo.

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  2. Jajaja Querido Miguel, entiendo que te haya parecido poco escrupuloso (por no decir tonto) que el asesino deje el arma del crimen en la papelera de un bano publico… lo que pasa es que, como en la ficcion policial Buena (Poe, sin ir muy lejos), las cosas se esconden mejor en lugares publicos o muy expuestos, pero mas aun, cuando no tienes un rio o el mar a mano, y estas huyendo en un taxi hacia el aeropuerto para salir del pais, no se te ocurre decirle al taxista que se desvie a la playa o a un Puente para arrojar el arma cuando nadie te ve… te vas, te vas, te fuiste. En todo caso, unos buenos guantes tambien harian dificil rastrear al asesino.
    Un fuerte abrazo primo

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  3. Hola javier
    No me olvido de nuestra amistad “entre ciudades”. Este es un buen relato corto, si me lo dejas lo publico en Barcelona . Dime algo, por ejemplo via Face un saludo cordial from Barcelona

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  4. Hola Juan
    El otro dia estuve trasteando entre tus relatos, en tu blog, y me gusto leerte de nuevo, recordar tu estilo, la forma que tienes de contar historias. Me siguen gustando tus historias y tu estilo, en especial.
    Espero que estes bien alla por la bella Barcelona, creo que no te lo dije antes pero mi hijo Gerard vive con su madre en Barcelona. Tiene 19 anyos. Seguramente ire algun dia no muy lejano a encontrarme con ellos y aprovechare para tomar ese cafe que tenemos pendiente.
    Mi relato claro que lo puedes poner en tu blog!!! sera un honor para mi, como siempre. El rubor me ha obligado a modificar el relato en algunas cosas, espero no haberlo desgraciado mucho y que aun sea legible.
    Recibe un fuerte abrazo Juan!

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  5. Lita Aguado dijo:

    Hola Javier, me he quedado con ganas de seguir leyendo. 😦

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  6. Jajajaja!!!!
    Qué bueno!!!
    Me lo había saltado…
    En éste, mi último retiro casi monacal de Internet, me había perdido este interesantísimo relato tuyo…
    Me ha encantado, Javier!!!! Muy bueno.
    Qué cosas…
    Bueno…, es… la “típica” historia de traición, celos y asesinato…, pero en este caso me encanta la forma de narrarla… Sobre todo la primera parte. La primera parte me parece genial. Aunque si me apuras aún hubiese sido más atrevido empezar por la frase que cierra el relato, ¿no?
    O tal vez hubiese resultado demasiado obvio… No sé, es posible.
    Así está genial.
    Me gusta los caminos por donde haces circular los acontecimientos y cómo se va enterando uno de las cosas… No sé por qué, así contado, un asesinato me resulta incluso gracioso… Igual es que hoy me levanté con el humor un poco funesto.
    Bueno, el caso es que me lo he pasado muy bien leyéndolo. He disfrutado. Y eso mola!!! : )
    Besos.

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