Narciso en la sociedad del rendimiento

El viejo Tiresias dijo que la desgracia se cerniría sobre él, el día que contemplase su propia imagen. Narciso, sin embargo, nunca supo de profecías hechas por ciegos videntes, pero su madre se encargó de ocultar todos los espejos en casa y todo aquello que pudiese reflejar su identidad. Narciso creció tan hermoso como ignorante de su belleza, inconsciente del poder de su apariencia, gracias a los cuidados de su tan protectora como susceptible madre.

Subo al tren que me lleva al trabajo, en él va gente que, como yo, cuenta con el tiempo del trayecto para hacer cualquier cosa, observar a otros pasajeros, las calles que corren por fuera o, lo que hoy es más común, mirar y tocar pantallas: teléfonos, Ipads, cualquier cosa que tenga una superficie llana, brillante, y que esté conectada a Internet. De pronto me vienen a la mente unas líneas del cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”:

“La geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría visual es la superficie, no el punto.”

Una geometría que no esté basada en el punto sino en la superficie, ¿no se parece mucho a un mundo dominado por pantallas? Un mundo de superficies donde el hombre está más interesado en la interacción con esas pantallas que con lo que sucede fuera de ellas ¿No sería un mundo visual y táctil como el de hoy?

El joven Narciso fue a cazar al bosque con un grupo de amigos. Por ahí andaba solitaria la ninfa Eco, la antes habladora y entretenida Eco que, por ayudar a seducir a otras ninfas a ese depredador sexual que era el dios Zeus, distrayendo con su animada conversación a su celosa esposa, Hera, fue descubierta y condenada a que su voz se convirtiese en un susurro casi imperceptible y lo único capaz de repetir con claridad sería la última palabra de su interlocutor. La pobre Eco, decía, iba caminando sola, rumiando su dolor, cuando escuchó acercarse al grupo de amigos. Narciso iba al frente y ella al verlo quedó totalmente enamorada de él.

Según el filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul Han, “la sociedad del rendimiento está dominada en su totalidad por el verbo modal poder, en contraposición a la sociedad de la disciplina, que formula prohibiciones y utiliza el verbo deber. La sociedad del rendimiento está caracterizada porque en ella los sujetos están siendo explotados por ellos mismos.”[1] Observo a mis compañeros de travesía y pienso: esta gente no tiene pinta de estar muy triste, viajamos en un tren que nos transporta a una velocidad de rayo por túneles que atraviesan el agua del mar de la cual emergemos para encontrar la bahía, el Opera House y el Puente de Sydney. Si esta gente está siendo explotada, esclavizada, la verdad es que lo llevan –lo llevamos- magníficamente. No puedo evitar pensar en la película “Matrix”. La escena en la que Cypher –el malo de la película- habla con el agente Smith, antes de traicionar a Morpheus, en el restaurante. El traidor contempla arrobado el trozo de steak que sujeta con el tenedor antes de comérselo: “sé que esta carne no existe, que se trata de una ilusión, pero cuando la tenga en el paladar, Matrix se encargará de hacerme sentir que es jugosa, una delicia. Después de nueve años, ¿sabes de qué me he dado cuenta?: De que la ignorancia es una bendición.”

En una sociedad estructurada y educada para la auto explotación, las piezas se ordenan solas, pues ya no necesitan de amos. Se ha cambiado el viejo discurso del “tú debes” por el más actual de “tu puedes”, bajo el mandato “sé libre”. La coacción propia es más fatal que la ajena, ya que no es posible ninguna resistencia contra sí mismo. Nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos. Debemos obtener el máximo rendimiento de nuestra vida.

Narciso se separa del grupo. Ha oído algo y se asoma sigiloso a la entrada de una cueva. Sabe que hay alguien dentro pues oye el crujir de las hojas que ha pisado Eco. Entonces Narciso dice: ¿quién anda por ahí? Ahí…ahí…ahí, repite Eco. ¿Por qué huyes? ven a mí. A mí…a mí…a mí, vuelve a decir Eco. Entonces, después de un momento de duda, Eco se aparece y encara a Narciso. Sabe que no puede hacer otra cosa que repetir siempre las últimas palabras que le digan, así que estira sus brazos hacia él en señal de pasión y entrega, pero Narciso responde a este gesto con una fría sonrisa de desprecio: No pensarás que te amo. Eco: te amo… te amo… Permitan los dioses que me deshaga la muerte antes de que tú goces de mi –concluye Narciso y se aleja dándole la espalda.

Se ha construido una sociedad en la que se proyecta al individuo por todas partes, incesantes proyecciones de uno mismo; y cada vez le resulta a este más difícil reconocer al otro en su alteridad. Solo hay significaciones donde él se reconoce a sí mismo. El individuo tiene una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. Las redes sociales son un ejemplo de esos espejos donde nos contemplamos una y otra vez.

El desplante de Narciso fue la puntilla que provocó que Eco se encerrase totalmente en sí misma, dejase de comer, para finalmente, desaparecer esparcida en el aire del bosque. Pero Némesis, la diosa de la venganza, había escuchado las plegarias y las penas de Eco, así que decidió infundir una gran sed al arrogante joven. Narciso encontró un rio para beber, sus mansas aguas eran claras y cristalinas, allí Narciso pudo ver su rostro por primera vez reflejado y se quedó tan prendado de aquella imagen que nunca más pudo alejarse de la orilla, al punto que se transformó en una flor que crece cerca de ciertos ríos y lleva su nombre.

El de hoy es un sujeto abocado al éxito, y los éxitos llevan consigo la confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo del uno, al que confirma en su ego. Esta lógica del reconocimiento atrapa en su ego, aún más profundamente, al sujeto del rendimiento.

La sociedad del rendimiento está montada sobre el hombre éxito. Y este hombre de éxito es amo y esclavo al mismo tiempo. Vemos a ese hombre, arrogante y orgulloso, celoso de una libertad inexistente, trabajar sin reposo. Orgulloso de haber conseguido la acumulación de bienes. Para Aristóteles, la pura adquisición de capital es rechazable porque no se preocupa de la vida buena, sino de la mera supervivencia.

Las redes sociales permiten compartir cada aspecto de la vida. Ese mundo del reconocimiento por parte del otro que es, al modo de Eco, repetición de uno mismo, es lo común de las redes sociales. Internet te devuelve a ti mismo siempre. Ya te conoce y sabe lo que deseas, como el Cypher en Matrix, tu sensibilidad es lo que le importa, no tu libertad. Cuantas veces decimos: que sepan mis gustos y mis aficiones, que entren en mi vida, no tengo nada que ocultar. El sistema nos tiene atrapados hace tiempo. No tenemos privacidad. Así creamos ser libres, somos esclavos.

El narcisismo no es amor propio, es la incapacidad de ver al otro como otro sino como una proyección de uno mismo, y esa constancia de uno mismo, esa imagen repetida por todas partes y que está en nuestra mente, nos encierra en un mundo circular que, en caso de no resultar como lo imaginábamos, genera depresión y ansiedad, enfermedades típicas del narcisismo.

Nos han engordado el ego para sentir la necesidad de conseguir cosas que realmente no necesitamos pero que nos ilusionan, para motivarnos, entusiasmarnos para trabajar cada vez más, acumular más, a través de un sistema de poder que nos manipula de muchas maneras sin que seamos conscientes de estar siendo guiados por otros y pensamos que somos nosotros, que decidimos nosotros, cuando la realidad es que el poder solo desea conseguir sus fines que no son otros que los de la expansión y supervivencia.

El viejo Tiresias se estará riendo al vernos pegados a las pantallas, haciéndonos ricos, guapos, famosos y “libres”.

 

[1] Byung-Chul Han “La agonia del Eros” pag.19, Edit. Herder – Pensamiento Herder

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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2 respuestas a Narciso en la sociedad del rendimiento

  1. Manuel. dijo:

    “El viejo Tiresias se estará riendo al vernos pegados a las pantallas, haciéndonos ricos, guapos, famosos y “libres”. Muy buena Javier. Un abrazo.

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    • Hola Manueliada,
      Terminé de leer un libro: “La agonía del Eros” de Byung-Chul Han.
      Me interesa su retrato de un hombre moderno como mezcla de narcisismo (su falta de erótica, en el sentido de reconocimiento de la alteridad) con el auto sometimiento -casi hasta la extenuación- en trabajos que absorben y consumen la vida -la única con que contamos, aun a la espera de mejores noticias de ultratumba-, a cambio de una mera existencia, una vida en la cadena de producción, para la cual se nos educa con la intención de hacernos sentir que ese es el fin de la vida, desear la mera supervivencia disfrazada de libertad de comprar.
      Sin el narcisismo no se puede pensar en el auto sometimiento -me parece-, la ausencia de amos externos requiere que seamos nosotros los que nos sometamos: libros de auto ayuda, seminarios de “positividad”, marketing (si hay algo que deploro es el marketing): “You can”, “Just do it”. Y, como no todos podemos ser ganadores, guapos y felices, nos toca a la mayoría convivir con el sentimiento de inadecuación, de culpa: el sistema funciona. Trabajamos más horas, estudiamos para tener otra carrera, sacrificamos todo aquello que “no es productivo”: familia, amigos, lectura, etc.
      En fin, en este estado de cosas no sorprende el triunfo de tipos como Donald Trump, el descaro de la ignorancia, la respuesta de gente enredada en la miseria de la vida de la productividad que piden a gritos más trabajo, detestan al otro, aquel en el cual no se ven reflejados, e idolatran al hombre que los somete, al que los ha metido en el lio.
      Bueno, siempre nos queda grandes pensadores, escritores, cineastas, de los que se puede echar mano y salir de la miseria. Tu eres uno de ellos.
      Un abrazo

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