SAN BORJA

Ayer, cuando fui al sur, me equivoqué de parada y tuve que bajar en un mercado de kioskos con todas las formas de comida posibles: carnes, frutas y verduras. Gente gritando y gente mirando, sopesando entre las manos lo que se iban a comer luego, preguntando precios y cantidades. Entonces, vi los pollos, algunos muy vivos y bulliciosos, otros menos, apretados dentro de jaulas, una sobre la otra, una torre de gritos, esperando turno para subir al mini patíbulo donde los esperaba un cuchillo enorme y una tabla de madera, un cono de metal boca abajo, y el balde de plástico a donde iría a parar esa sangre que aun circulaba intensa por sus venas y arterias de pollo. Una casa en proceso de demolición en el vecindario hacía de las suyas llenando de polvo a los pollos patibularios y los cabellos de los clientes; el autobús me dejó ahí, en medio de todo aquello, y se fue tirándose enormes pedos de polvo marrón más al sur.

Aprendimos a vivir del cuento. El cuento se escribe con una sonrisa que camina sobre los ojos. Tu cara se desliza suavemente entre los deseos de los que te sujetan con la mirada en los autobuses de Miraflores a San Borja, mientras yo camino ojeando una revista de cine que regalan antes de entrar a ver una película de viejos a los que la vejez les parece una pérdida de tiempo.

Y el autobús, que encierra los espejos de los que van a San Borja, dobla en una esquina y tú le preguntas a la chica sentada a tu lado si siempre dobla por esa esquina o era que solo ahora… pero ella te dice que es por ahí que dobla todos los días -como si las cosas doblaran y ella lo supiera- y entonces caes en la cuenta de que te equivocaste de línea y yo me detengo de golpe en la acera al darme cuenta de que la película que acabo de ver ganó el Oscar al mejor actor. La gente que pasa a mi lado trata curiosa de ver qué leo ahí en medio de esa calle, mientras tú ríes con esa risa que se pasea por las caras, y caminas dentro del autobús, como queriendo desandar tu error, hasta llegar a una esquina que no conoces y bajas. Entonces me ves leyendo la revista y me preguntas por San Borja.

Me preguntas por el micro a San Borja y yo te digo que sí, que qué bien, pero realmente ¿a dónde quieres llegar? Porque no todos los autobuses llevan al mismo lugar. Tal vez más tarde, una tarde de estas, te des cuenta que cruzan y se cruzan, van y vienen, dan mil vueltas por Lima, y van al sur y regresan del sur -pues en Lima todo es sur-, para vivir de esos cuentos que se cruzan en su interior dando lugar a mil y un cuentos, antes de subir al patíbulo, entre los cuales leer una revista de cine para llegar a tu sonrisa es tan probable como mirarte en el espejo del que está sentado a tu lado y preguntarle dónde estás.

Esta mañana tu novio se fue sin apagar la luz del baño, y eso te da mucha rabia, por lo que decidiste salir de casa sin arreglarte, para hacerlo en otra parte, frente a otro espejo o en cualquier otra cosa reflexiva; pero resulta que mi cara está empañada o es irreflexiva por una humedad mental que no te deja ver mientras lo intentas, y frotas con la punta de tus dedos mi cara, haciendo un círculo por el cual pruebas, otra vez, mirar y arreglarte.
Mientras yo sigo alucinando tus yemas, la suavidad con la que tus dedos describen ese círculo para abrir un espacio en mi humedad y poderte mirar. ¡Ah! sí, el autobús para San Borja, ya lo sé, claro, lo puedes coger aquí mismo, en esta esquina, pero depende adónde quieras llegar, tal vez este no te lleve a tu casa, porque quieres ir a tu casa ¿verdad? Todos queremos ir a nuestra casa, aunque algunos que tenemos muchas casas se nos confunden con los zapatos y entonces subirnos a un micro parece que también entramos en casa y es un problema, pero creo que a mí me da pena, mucha pena que tu casa esté en ese lugar, San Borja, y de que no tienes ganas de viajar, y ahora tampoco de hablar, lo veo en tus ojos que no veo, ahora que la revista se me ha caído al suelo -y la gente que cruza me mira curiosa- y yo sigo pensando por qué San Borja está tan lejos mientras yo sigo tan cerca de mis zapatos.

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Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y en la Revista mensual “Hontanar Digital” http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html de la que es sub director. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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