La cicatriz

Premium Photo | Blond woman sitting in a taxi

El amor y el odio no son ciegos,

sino que están cegados por el fuego que llevan dentro.

Nietzsche

Hacía un rato que no te veía y quise saber qué estabas haciendo. Mi satisfacción fue doble cuando te encontré y vi que “por casualidad” te tropezabas con él: cuerpo trabajado en el gimnasio, dos botones altos desabrochados de la camisa blanca y los cabellos revueltos y engominados.

Aquí ya no se puede estar –dije a mis amigas, disimulando la excitación, al tiempo que sacaba un cigarrillo- Esto está muy lleno.

Mis acompañantes deliberaban a dónde iríamos, entonces aproveché para ubicarte otra vez desde el lado de la barra que ocupábamos.

Ahí estaban. Él te miraba con atención y un brillo en los ojos, como pasándote una mano por el pelo, “Vaya, es un tipo seductor” –me dije y bebí un trago de mi “Bloody Mary”– tú lo arrullabas con esos cálidos ojos verdes, mientras hablabas. Lindo trueque. De hecho, estaba en buenas manos.

Apenas nuestras miradas se cruzaron entre la gente del pub, te confirmé la elección.

Fuimos a una discoteca, bailamos y bebieron. Más tarde, fingiendo un repentino cansancio, dije que me iba a casa, que al día siguiente tendría que levantarme temprano. Creo que ni me oyeron. Afuera la noche estaba fría y seca. Un taxi me sacó de la zona de los pubs. Alojada en el asiento trasero, iba callada, pensando en ti, viendo pasar las luces de las tiendas y los restaurantes cerrados, a través de la ventanilla.

El taxi, ya lejos del centro, se deslizaba casi sin ruido hacia un complejo de altos bloques de cemento que nos engulló por una de sus avenidas. Revisé el bolsillo interior de mi saco: Tenía todo. Nos detuvimos en un portal, bajé, y cuando se perdió por la esquina, retrocedí dos calles, hasta alcanzar el edificio.

Te encontré en la cocina, en bata y con los pies descalzos; tu tibio cuerpo desnudo rozaba la seda blanca. A modo de saludo, me dijiste: “está dormido”.

Me gustó esa mirada que descansó sobre el paquete con dinero que te entregué.

La noche se disolvía, inevitablemente, en la luz del amanecer; llegaban los primeros ruidos del trajín que empezaban los comerciantes del mercadillo de Aberdeen, otro domingo, cerca del mar.

Ese mismo galán, dormido gracias al sexo y algo más, contaría con una nueva vida a partir de esa noche, como yo, que vengo haciéndolo a partir de otra noche, hace dieciséis años.

El suave click de la puerta, cuando saliste del apartamento, me hizo regresar de esos pensamientos. Sabía que no nos volveríamos a ver, aunque ¿Quién hubiera dicho que me iba a encontrar con él, en otro país, después de tantos años?

Entré en la habitación, solemne, como una profesora a su aula de clases. Las luces estaban apagadas, las cortinas dejaban pasar una débil luz. Puse los instrumentos sobre la mesa de noche y jalé suave la sábana que lo cubría, dejando su cuerpo desnudo brillar, por un momento.

Comprobado el efecto de la anestesia y esterilizada la zona, comencé por introducir la punta de acero del bisturí, conforme a mis conocimientos de medicina que, aquel amanecer, fueron tan útiles.

Estoy segura de que mis compañeros habrían elogiado mi trabajo. No le quedaría una cicatriz muy grande. Limpié y arreglé todo con minuciosidad, lavé las cosas en el baño y, al regresar a la habitación, lo volví a cubrir con la sábana.

Cansada, fui a la cocina y me dejé caer sobre una silla, encendí un cigarrillo. Pensaba que una cicatriz era posible mirarla y tocarla, acariciarla, sin embargo, yo, ¿dónde tenía ubicaba la herida?

Guardé mis cosas en los bolsillos y salí del apartamento. La calle me recibió con gente hormigueando por el mercado; era un día frío y opaco, con un tímido sol refugiado tras un manto de nubes grises que no llegaba a calentar.

Otro taxi me llevó hasta tu hotel. En la recepción consigné a tu nombre el paquete con la segunda parte del dinero pactado, tus pasajes y la nota de ésta, tu circunstancial  amiga, con la que compartiste una noche de esas que dejan huella.

Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y forma parte de la Asociación literaria Trilce que promueve la creación en lengua castellana en Australia. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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