San Borja son mis zapatos

Tu cara se desliza sobre los deseos de los que te acometen con la mirada en el autobús de Miraflores a San Borja, mientras yo camino ojeando una revista de cine que me regalaron antes de entrar a ver una película de viejos a los que la vejez les parece una pérdida de tiempo.

Y el autobús, que encierra los espejos de los que van a San Borja, dobla en una esquina y tú le preguntas a la chica que está sentada a tu lado si siempre dobla en esa esquina o es que solo ahora… ella te dice que es por ahí por donde dobla todos los días -como si los autobuses doblasen algo y ella lo supiera-, entonces caes en la cuenta de que te equivocaste de autobús, y yo me detengo de golpe en la acera al enterarme de que la película que acabo de ver ha ganado un Oscar al mejor actor. La gente que pasa a mi lado intenta ver qué leo, ahí parado en medio de esa calle, mientras tú te ríes con esa risa que se pasea por la cara y caminas hacia atrás, dentro del autobús, como queriendo desandar tu error, y bajas en una calle que no conoces. Entonces me ves, leyendo, y me preguntas por San Borja.

Me preguntas por San Borja, y yo te digo que sí, que qué bien pero, realmente ¿adónde quieres llegar? Porque no todos los autobuses llegan al mismo lugar, ni a San Borja ni a otro lugar. Pero eso no te lo digo. Tal vez más tarde, una tarde de estas, te des cuenta de que cruzan y se cruzan, van y vienen, que dan mil vueltas por Lima, y que van al sur y regresan del sur -porque Lima es todo sur-, para vivir esos cuentos que se cruzan en el interior de esos autobuses, en los cuales tu sonrisa es tan posible como que la suma de dos errores da como resultado el encuentro con una revista suspendida en el aire en esa calle que no conoces, esa calle que es el centro.

Esta mañana tu novio salió de casa sin apagar la luz del baño y eso te da mucha rabia, por lo que decidiste salir sin arreglarte y hacerlo en otra parte, en otro espejo o en cualquier superficie reflexiva, pero resulta que hoy mi cara está empañada o es irreflexiva, gracias a una ligera humedad mental que no te deja ver, entonces frotas con la punta de tus dedos mi rostro tratando de abrir un claro por el que tu imagen se pueda reflejar y así poder, finalmente, arreglarte el pelo, las cejas y los labios.

Mientras yo, detrás, sigo alucinado viendo tus yemas moverse haciendo círculos, por la suavidad con la que dibujan el espacio en mi humedad, para que así te puedas mirar, te puedas arreglar, algo que no pudiste hacer en la mañana porque….

Sí, el autobús que va a San Borja, lo sé, claro, lo puedes coger aquí mismo, en esta esquina, pero depende a dónde quieras llegar, tal vez no te lleve a casa, porque quieres ir a tu casa ¿verdad?
Todos queremos ir a nuestra casa, aunque hay algunos que tenemos casas que se nos confunden con los zapatos, entonces cuando subimos a un micro nos parece que también entramos en casa y es un problema, pero creo que a mí me da pena, mucha pena que tu casa esté en ese lugar, San Borja, y de que no tengas ganas de viajar, y ahora tampoco de hablar, lo veo en tus ojos que no veo, ahora que la revista se me ha caído al suelo -y la gente que pasa ahora me mira curiosa- mientras sigo pensando por qué San Borja está tan lejos y yo sigo tan cerca de mis zapatos.

Acerca de Javier Revolo

Javier Revolo escribe "Relatos Tóxicos" https://javierrevolo.wordpress.com/ y forma parte de la Asociación literaria Trilce que promueve la creación en lengua castellana en Australia. Vive en Sídney, Australia, y es abogado.
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