Rebeldía

Las mañanas de invierno preparan una receta fría. Ayer encontré, a la salida del tren, que la rebeldía del hombre moderno se ha reducido a llevar una camisa de color intenso, una corbata con dibujitos o un pantalón a rayas, y airearla casi como si se tratase de una bandera, eso sí, casi invariablemente, quien lleva estos emblemas de su lucha contra la corriente, camina con la mirada sólidamente perdida en el horizonte, como desafiando las opiniones o miradas inescrupulosas del resto de transeúntes amantes del blanco/gris/negro, los colores adecuados que nos sumen en la frialdad del mundo de lo correcto y que permiten escondernos bajo las faldas del grupo, lo normal, lo supuestamente elegante, aquella gris distancia en que se ha convertido nuestra forma de relacionarnos; el calor de establo que producen esos tres colores. Que un hombre se vista con una camisa rosada o un pantalón amarillo es excéntrico, atrevido, arriesgado. La rebeldía del hombre moderno de las grandes ciudades es esa, y ese es todo el vértigo que se permite experimentar. Yo, claro, visto de férreo negro. La rebeldía, esa rebeldía, se la dejo a otros más atrevidos a quienes, en secreto, admiro como una forma de utopía de otra época en la que buscábamos ser diferentes.

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El árbol

El arbolSoy el árbol,

reviso mis hojas por el día,

Y por la noche

Mis brazos se abren despacio

Desde la tierra

Y hunden sus dedos

En el cielo,

Territorio de nubes

Y estrellas.

Mi inquietud

Me colorea de verde,

De marrón

Mi pensamiento.

El viento entre mis ramas,

Salta y se esconde.

A veces

Brilla la noche

en algunos ojos

Que se abren bajo la lluvia,

Guarecidos entre mis ramas.

Y cae esa lluvia

Que acaricio.

Millones de besos

Transparentes

vuelan

Para decirme que me quieres,

y quieres que siga subiendo lento,

Hacia ti.

Mi quietud es tuya,

Porque me estás mirando.

Viajamos juntos.

 Mi inquietud

Son colores,

los que tú me das.

Y Soy un brazo

Que se erige

Rotundo,

una  mano

que escarba entre tus faldas

 quiere agarrar el sol,

sostener la lluvia,

peinar el viento,

dibujar las estrellas.

Soy el árbol,

viejo y hierático,

dueño de silencio y de tiempo,

y tú,

que me estás mirando,

el cielo.

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Una historia real

A un amigo le gusta empezar una historia con eso de “esto que te voy a contar es una historia verídica”, como si esa afirmación le diera un aura distinta a su historia, la hiciera más real que, por ejemplo, los cuentos de “Las mil y una noches”. La historia que voy a contar es real, pero la cuento no con la intención de convencer a nadie de su “veracidad”, sino con el afán de deshacerme de su recuerdo, que viene a visitarme alguna noche en sueños.

Aquella mañana despertamos con un ruido en la habitación, un ligero pitido o silbido. Cuando abrí los ojos me encontré con una araña del tamaño de un perrito Chihuahua pegada al techo sobre nuestras recién amanecidas cabezas.  Se habría colado por la ventana durante la noche desde algunos de los árboles de afuera –Christina, como una recia vikinga, dice que hay que dormir con las ventanas abiertas para que entre “fresco”, sin pensar que yo soy como los perros sin pelo que se resfrían hasta de un portazo-, el quieto animal tenía la barriga y las largas patas peludas, era de varios tonos marrones, cabeza plana y los ojos negros como agujeros, como dos pequeños ojales… Christina pegó un grito y yo otro. Nos abrazamos. Por un momento no supimos qué hacer, decidimos llamar por teléfono a su ex novio que nos dijo que no nos moviésemos, mientras él iba a consultar su libro, una especie de pesado Vademécum sobre las arañas australianas que nos había enseñado orgulloso una noche de cena en su casa. Nosotros, mientras tanto, debajo de las sábanas, le íbamos describiendo el animal, en voz baja, aterrorizados.

  • Ahhh –dijo, después de un rato- es una “araña común”, come moscas, no pasa nada, no es venenosa… y colgó.

El concepto “común” estaba muy lejos de tener algo que ver con esa araña, y el hecho de que comiera moscas no incrementaba en lo más mínimo mi confianza hacia ella. Al escuchar a su ex tan tranquilo, mi mujer se levantó y fue a la ducha, ignorando al animal por completo, y antes de irse a trabajar me pidió que la matase, que matase al monstruo ese, así, como si nada, y cerró la puerta.

La araña y yo pasamos mucho tiempo juntos ese día, le abrí todas las puertas, las ventanas, pasé mucho frío (el invierno aquí es crudo) le hice toda suerte de ruidos seductores mostrándole -muy amablemente eso sí- las distintas opciones de salida, lo bonito que se veían los árboles afuera de la ventana abierta. Pero esta araña común se parecía a mi tía Silvia, que no se iba de casa hasta que mi madre roncaba y babeaba dormida frente a ella, cansada de escuchar sus historias, tan largas como aburridas. Nada. No se daba por aludida. En fin, pasado un tiempo más que suficiente para que se diera cuenta de que se podía marchar sin problema, entré decidido en la cocina, saqué la escoba más robusta del armario y regresé con ella a la habitación. Este proceso lo repetí unas 5 o 6 veces, sin animarme a darle el golpe, según yo por darle otra oportunidad al animal, cuando lo cierto es que lo hacía por temor a que me salte a la cara confundiéndome con una mosca (Kafka).

Se acercaba la noche y con ella mi mujer, de regreso del trabajo, incrementándose mi desasosiego según pasaban los minutos. Me había recluido en el escritorio, alejado del bicho al que iba a mirar cada cierto tiempo y constatar que no tenía la más mínima intención de ir a visitar a sus familiares del árbol vecino del que había saltado, así que tuve que encender la luz de la habitación, siempre cagadito de miedo por temor a alguna reacción extraña de la tan común y corrientísima araña come moscas de los cojones; bebí un sorbo de agua, dejé el vaso y entré, poseído por una furia andina y armado hasta los dientes con la escoba, cual quijote arremetiendo contra molinos de viento, y con toda mi furia, la ataqué. Efectivamente, con muy poco éxito; tan poco fue el acierto del golpe que la araña dio un salto y se metió debajo de la cama.

Oculto ya del otro lado de la puerta, adonde había ido a parar de un felinesco salto, me preguntaba cómo era posible ser tan torpe, cómo no acertarle a un animal de ese tamaño, sin protección, y con una escoba tan grande. Lo único que había conseguido era aplastar, y de paso ensuciar, el techo blanco de la habitación. Terror. Quise llamar al ex novio de mi mujer pero mi sentido del ridículo hizo contrapeso para regalarme un poco de dignidad, que tanto escaseaba en esos momentos.

  • Si no encuentro rápido esa araña me jodo, mi mujer me aplasta y me arroja a sus fauces para que me devore ¿Cómo le digo que tenemos que dormir con la araña debajo de la cama?

Decidí armarme de valor y mirar por donde se había escapado el monstruo, levantando despacito las faldas de la cama, eso sí, siempre aferrado a la escoba. Esperaba un salto de la araña a mi cara por idiota, sin duda; imaginé que salía corriendo hacia el baño con la araña estrangulándome o mordiéndome agarrada a una de mis orejas.  Sin embargo, nada de eso sucedió, no, ahí estaba la comúnmente asesina de moscas y peruanos que, gracias a un milagro de San Martin de Porres, estaba maltrecha y atontada, imposibilitada para ningún salto porque le había acertado lo justo para herirla con mi fulgurante arremetida. Fue más que suficiente. Metí la escoba y la arrastré hacia fuera. Tuve que matarla de un pisotón de lo más infame. Sonó crack. La verdad que en ese momento sentí lástima por el animal que no había hecho nada más que poner al descubierto mi horror por los de su especie o, simplemente, mi cobardía, pero bueno, no era cuestión de arriesgar mi matrimonio por su salvación.

Cuando Christina regresó del trabajo yo ya me había convertido en, ni más ni menos, José Olaya Balandra, con mi ropa blanquita y una sonrisa de valiente héroe en la cara. Le sugerí concederse el privilegio de ir a ver mi trofeo, alojado en la bolsa de basura, cosa que declinó amablemente. He aprendido algunas cosas en esta ciudad, he aprendido, por ejemplo, de qué color son las malaguas que te pueden matar, las arañas que te pueden matar, las serpientes “comunes” que te pueden matar, los tiburones que normalmente te matan o te dejan cojo, manco o las dos cosas, entre otras cosas útiles para asistir a las barbacoas de los domingos y conversar con los amigos mientras disfrutamos de una cerveza fría a la sombra de algún frondoso árbol frente a un mar azul, sin temores, gozando de la naturaleza, que es tan bella y tan real… aquí en Australia.

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El nuevo lector

El nuevo lector no es alguien que necesariamente recién se incorpora al mundo de las letras impresas y comienza a leer. El nuevo lector puede ser también aquel que se ha pasado la vida leyendo y que parecía
tener costumbres sólidamente establecidas en este terreno. En la mayoría de los casos, el nuevo lector es una combinación, una mezcla de dos tipos de lectura que ahora conviven.

Algunas de las causas para este cambio en el modo de lectura son las pantallas, los distintos dispositivos electrónicos que poseemos para leer, básicamente, en la red, así como la enorme cantidad de información, su fácil accesibilidad y su atractiva presentación.

El mercado global de venta de libros en librerías -y otros lugares que comercializan libros- ha caído los últimos años. Algunos analistas son optimistas al señalar que se debe a que ahora se vende más por
Internet, al crecimiento de los Ebooks, etc., y digo optimistas porque ellos atribuyen la caída en las ventas a un cambio en el comportamiento de los compradores de libros, más que una huida del gusto por leer libros.

También cabe la posibilidad, al menos aquí en Australia, que nos hayamos infectado con la enfermedad norteamericana. En USA la venta de libros -la de Ebooks y libros de papel- viene cayendo desde hace una década.
En gran parte esto se debe, según analistas, a que los conceptos sobre trabajo y ocio están cambiando. La profusa presencia de los ordenadores en la vida en general ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con la lectura, entre otras cosas. La concentrada atención que requiere la “lectura lineal” (en contraposición a la lectura, vamos a llamarla “simultánea”) se está perdiendo.
Sabemos que la concentración y la comprensión de lectura están íntimamente relacionadas. Pues bien, este tipo de lectura es cada día menos frecuente. La lectura simultánea -que antes también se
efectuaba en las consultas a enciclopedias, por ejemplo- son las que dominan el mundo de la lectura en el presente. Un poco aquí, otro poco de allá. Esto, para aquellos que publican libros, sobretodo de ficción, es preocupante.

En su libro “Shallows: how the Internet is changing the way we think, read and remember” (“Aguas poco profundas: cómo Internet está cambiando nuestra forma de pensar, leer y recordar”) el periodista
norteamericano, Nicholas Carr, dice: “antes era un submarinista en el océano de las palabras, ahora solo me deslizo sobre la superficie como con un Jet Ski”. La razón, sospecha Carr, es el alto nivel de conectividad del mundo “on line”, tanto para su trabajo como para la mayor parte de actividades que requieran información de la red.
Por otra parte, este tipo de lectura, dice, crea un tipo de persona que él llama “despistados crónicos”, muchos de ellos los encuentra entre sus compañeros de trabajo a quienes ha ido observando desde hace varios años. Mientras más tiempo pasan frente a un ordenador, más despistados, ansiosos y estresados los encuentra. La anterior tranquilidad ahora se vislumbra lejana: email, SMS, móviles, blogs, redes sociales, alertas, etc. nuestro cerebro se tiene que acomodar a esta nueva realidad y, en cierta medida, lo hace, sacrificando la atención. No todos soportan tranquilamente esta nueva situación.

Una investigación señala que los norteamericanos han doblado el tiempo “on line” desde el 2005, y el tiempo que emplean leyendo material impreso ha descendido 11% en el mismo periodo (29% entre personas de entre 25 y 35 años).

La neurocientífica Susan Greenfield en su libro “Tomorrow’s people” (“Gente del mañana”) del año 2003, divide a las personas en “gente del libro” y “gente de la pantalla”. Allí vaticina un cambio generacional en la forma de leer, el paso de la lectura lineal a una lectura simultánea, superficial, hasta que nuestros cerebros se adapten a ese desborde de información que significa Internet.

Si los descubrimientos en neuroplasticidad del cerebro son ciertos, esta nueva situación no puede dejar al cerebro sin cambios. “Más usamos Internet, más entrenamos a nuestro cerebro a distraerse, a procesar información rápidamente pero casi sin atención” dice Greenfield. Sin embargo, no todos podemos estar en lo que el autor Cory Doctorow llama el “ecosistema de tecnologías de la interrupción” que es Internet, sin caer en el estrés y la ansiedad.

Sabemos desde hace tiempo que las frecuentes interrupciones nos despistan, dispersan nuestras ideas, debilitan nuestra memoria y nos producen tensión y angustia.

Google, el motor de búsqueda de información más grande de la red, promociona y se beneficia de la lectura superficial y rápida de las páginas web visitadas por los usuarios de la red. Hasta cierto punto, la conectividad puede resultar vertiginosa pues podemos acabar muy lejos de donde empezamos nuestra búsqueda, con la consecuente pérdida del objeto de la misma y de lo que nos interesaba en principio.

Contemplar este nuevo panorama debe hacer reflexionar al escritor. El nuevo lector ocupa mayor espacio e incluso está cambiando los intereses editoriales. Los trabajos creativos que requieren profunda y sostenida atención, aquellos que pretenden dejar memoria indeleble a su paso, siempre estarán en ventaja sobre sus competidores culturales. Aun cuando los lectores sean superficiales, los escritores deben hacer libros que resistan la superficialidad. Al margen de los artículos periodísticos y de revistas, así como la no-ficción, que son más vulnerables a la lectura superficial, los trabajos que emplean un lenguaje innovador y que capturan la mente del lector con el viejo y adictivo método de la seducción, que no es otro que el de escribir bien, saldrá siempre mejor parado que cualquier otro producto cultural. En otras palabras, el objetivo es seguir escribiendo como se hace desde hace quinientos años. El arte de mantener e incentivar la curiosidad que tiene un libro es incomparable a la hora de profundizar las emociones y expandir la mente, nos otorga más vidas que aquella a la que estamos biológicamente asignados, y nos da momentos gloriosos, difíciles de comparar con otra cosa.

Parece que el cerebro humano está pasando por un momento de reestructuración a través de la lectura superficial y errática, lo cual no quiere decir que no podamos volver al estado anterior de lectura profunda y ensimismada. Esperemos que la plasticidad de nuestro cerebro encuentre el camino, mientras tanto hay que seguir escribiendo como siempre se ha hecho, siendo fiel a uno mismo y a nuestras capacidades para expresar nuestro mundo y seducir a nuestros lectores.

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Minor Swing

Nací en una casa que abre sus ventanas a un parque, en una ciudad donde los perros revisan la basura con la punta de sus hocicos y merodean por las calles en grupos bajo un terco cielo gris. Sin embargo, fue la música. Me refiero a que soy guitarrista. Tengo 59 años. Tengo cáncer linfático.

Afirmar que uno tiene una enfermedad tan jodida como ésta desvirtúa, de algún modo, el relato que uno pretende hacer, porque se hace desde la enfermedad, emerge con la muerte como vecina. ¿Cómo sería el relato de esta vida sin la enfermedad? No importa, es lo que hay.

Escribo una semana después del diagnóstico. El miedo está en el cuerpo, en mis dedos, en los ojos pero también en el sonido de mi voz y hasta en el de mi guitarra. Es un miedo tan profundo que -a veces- me hace reír, con la diferencia que ahora siento esa risa como despedida, y que todo se ha convertido en una puta despedida: abrir una puerta, saludar, comer un sándwich, sentarte al borde de la cama por las mañanas, escribir. Bueno, no todo, mirarme en el espejo es un viaje de proporciones malévolas.

Soy una persona relativamente alegre, sincera y tímida. Mis emociones más profundas las suelo meter entre los ritmos sincopados de la música que he trabajado y gozado durante estos años: El magnífico Jazz. Django Reinhardt, por ejemplo. Ese gitano francés fue dueño del más intenso virtuosismo, creó un mundo. Las cuerdas, cuando son tocadas con maestría como lo hizo él, liberan ondas sonoras que conectan con nuestro ritmo interno, y si se da la conexión, nos enamoramos.

http://youtu.be/neibvJHm55Y

Al respecto, Abraham Valdelomar, poeta peruano de principios del siglo pasado, escribió páginas interesantes sobre el ritmo en el prólogo de su libro dedicado al torero Belmonte (¨Belmonte, el trágico¨) Pitágoras –dice el poeta- asegura que no somos capaces de oír la música de los astros, de las esferas girando y desplazándose en sus órbitas, pero que esa música existe y debe de ser una sinfonía prodigiosa. Argumenta que todo lo que vive está animado por una vibración, gobernado por el ritmo. Ritmos diversos de una sinfonia universal. Algunos hombres afinando su vida, su ritmo interno, con el mundo que los rodea, se acercan a esa música estelar, que sería algo así como la música celestial. Hoy la ciencia habla de la teoría de las supercuerdas y dice que la materia vibra a escalas mínimas, gracias a unas inimaginables cuerdas-por lo pequeñas- que sería la última expresión del ser o su sustancia, o sea que también hay ritmo a nivel de las partículas elementales, música al interior de los átomos. La vibración, el ritmo, gobierna toda la existencia, dice Pitágoras, y ahora también lo dice la física de partículas.

Empecé con los Beatles, sumé después más rock a mi repertorio hasta que llegó el flamenco. Esta música me producía respeto, por aquella época, porque era un pasaje hacia un lugar serio donde había gente impresionante y yo siempre fui un guitarrista limitado, sin gran talento, en fin, no quiero hablar de eso ahora, pero para cerrar esta parte solo quiero añadir que me enamoré del flamenco y, luego, del jazz del gitano Reinhardt y los guitarristas del swing francés.

Mi vida profesional no tiene nada destacable, presentaciones, fiestas, giras, colaboraciones. Me ha dado lo que me podía dar, comida e inseguridad. Eso era previsible y no me quejo, sin embargo, las experiencias que la musica inyectó en mi vida no se pueden trasferir a ningun escrito -al menos no de un modo que me satisfaga-  y, seguramente, es como tiene que ser, pues se trata de dos universos distintos, las palabras y las notas. En todo caso, eso es todo lo que ofrezco, unas cuantas botellas lanzadas al mar del mundo, cargadas de un aromático alcohol denso, para beber en soledad. Música que se perdió entre el humo de cigarillos, risas, sueños y algunos amores. Lo escrito es esto ausente de vibración musical, de aquello que se pierde pero tiene  la misma energía de la música de las estrellas, o de los átomos. De allá venimos y hacia allá vamos.Django_Reinhardt_(Gottlieb_07301)

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Leer

En un amplio sentido la novela es una herramienta moral. Las novelas como las que conocemos, aquellas que tienen personajes que atraviesan el tiempo y situaciones. En otras palabras, no nos dicen directamente cómo se ha de vivir, pero las mejores nos dan una idea clara de lo que significa ser otros que no son nosotros. Imaginarse cómo es ser otro es lo que está en el centro de lo que conocemos como humanidad. Es la esencia de la compasión, el principio de la moralidad.

Este ha sido y es un importante motivo que orienta e incentiva mi experiencia como lector, la curiosidad por enterarme de las motivaciones, el entramado mental, emotivo y psicológico de otros seres humanos, observar el diseño del laberinto por el que transcurre la vida de otros y, por extensión, la mía.

Así, al vivir las experiencias que se relatan en las páginas de un libro, como cuando alguien nos cuenta una historia apasionante de la que queremos saber por qué, cómo, cuándo y a quién o quienes es que acaecieron dichos sucesos, estamos buscando algo que muchas veces ni siquiera nosotros sabemos lo que es, algo que a veces ni el propio escritor sabe que está dentro de lo que escribe, y leer se convierte en una aventura de conocimiento y sorpresa para ambas partes, y el libro es, en estos casos, un mapa que cada uno descifra de un modo distinto, una geografía diferente, la de cada uno.

Los libros, al principio, permitían un acceso que no me daban las conversaciones, los debates ni las clases, incluso las más profundas e interesantes, a las inquietudes y motivaciones de otras personas –o personajes- para ser como son o actuar como actúan.

Leer de este modo da buenos resultados. Hoy tal vez haya cambiado mi opinión sobre el alcance de cuánto se puede llegar a entender a un individuo únicamente leyendo sobre él, tal vez porque las variables sean demasiadas y cada caso único, no extrapolable del todo, pero gracias a la lectura aprendí a suspender el juicio de valor o no apresurarme a exteriorizarlo. Y esto es así porque ahora, luego de haber leído y vivido a través de los personajes e historias relatados en los libros, no solo muchas veces he llegado a comprenderlos, discrepar con ellos o, definitivamente, no aceptarlos, lo más importante es que me di cuenta que podría ser de mí de quién se habla, a mí a quién se juzga, que esas historias, incluso las que suceden en lugares remotos o a personajes con los que, en principio, parece que tuvieran poco que ver conmigo o con la realidad que me rodea, tienen una conexión intrínseca con mi persona dada mi humanidad y, superadas las apariencias, la mayor parte de lo que allí se dice y sucede puede o podría haberme sucedido a mí o a alguien cercano. Lo que le sucede a un hombre le puede suceder a cualquier otro, dadas sus circunstancias, claro. Ahora pienso que juzgar superficialmente, en base a nuestras creencias de cualquier tipo, sin tener en cuenta las circunstancias de quien se ve sometido a nuestro juicio, se trata simplemente un acto de deficiente o total falta de comprensión.

La mayor parte de las veces las acciones o actitudes suelen estar motivadas por causas que, en último término, quedan ocultas a la mayoría de personas, inclusive para las más cercanas, lo que hace que muchos de los juicios que emitimos sobre ellos tengan algo de injusto, sino mucho; los libros que nos describen –y descubren- esas motivaciones, las causas ocultas del hombre, sus intransferibles circunstancias, las inevitables curvas y esquinas de su laberinto, esos buenos libros nos permiten formar parte de aquello que se cuenta, de lo que viven los personajes desde dentro, y nos permiten ampliar nuestro entendimiento del mundo, de hecho, y de nosotros mismos como parte de él.

Leer nos abre puertas a la compresión de lo humano, de la acción humana, y entonces el libro es como la llave para acceder a ese espacio donde el otro también puede ser uno mismo, donde nadie es del todo inocente o culpable, donde el verdugo podrías haber sido tú mismo, dadas algunas –a veces ínfimas- circunstancias distintas.

Ser otro, ponerse en su lugar, entender sus motivos, aunque sea por los momentos que dura la lectura, nos permite levantar un poco la pesada barra del juicio que nos separa de nuestros semejantes y relajar la severa mirada de juez con la que solemos observar a aquellos que, por ejemplo, no comparten nuestras ideas o costumbres, para dar paso a una actitud más tolerante, empatizar, permitir otra oportunidad y, en general, para hacer de este mundo, ya de por sí muy duro para la mayoría, algo mejor de lo que es. Los buenos libros consiguen esto, en alguna medida, y algunos de ellos de un modo tan potente que resisten al tiempo, imponiendo su claro entendimiento de lo humano a través de los siglos.

Leer es, sin lugar a dudas, una excelente forma de entender a otros y, por extensión, a nosotros mismos.

Lector

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Intuición

Santiago era una ciudad tranquila y él había llegado a buscar al hombre. Nunca antes había estado en esa ciudad. Compró ropa en una cadena de tiendas y dejó las bolsas al lado de la cama del hotel. En la recepción preguntó dónde podría conseguir una tarjeta para el móvil. Salió a beber algo caliente y responder emails de trabajo en una cafetería.

Su mujer nunca lo supo. Siguió durmiendo con ella, haciendo el amor con ella, yendo a trabajar por las mañanas y besando a su hijo antes de ir a dormir por las noches. Todo exactamente igual, antes y después de su viaje a Santiago. Dicen que las mujeres tienen más sentido de intuición que los hombres, pero él lo supo de golpe al verlo en la escalera del edificio, cuando se cruzaron con él al bajar para ir a recoger a Julián del colegio. No se miraron, ella no hizo ningún gesto, ni tuvo una reacción extraña, al contrario, siguió hablando como si nadie los hubiese cruzado, pero él lo supo, en solo una fracción de segundo, estaba en el aire, a tal punto que le dijo a su mujer que había olvidado la billetera y volvió a subir para ver en qué puerta entraba. Vivía un piso más arriba que ellos.

Pidió una semana de vacaciones en el trabajo y comprobó sus sospechas. Desde el primer día que vigiló su puerta los vio juntos, en fin, lo típico, los besos en restaurantes alejados de casa y el hotel a media mañana. El resto de la semana evitó seguirlos. Pensó tanto en matarlos durante esos días que estuvo a punto de hacerlo, al final decidió que, para ella, sería mejor una larga vida sometida al desamor, y, para él, una muerte fulminante, cuando ya no temiese nada. Pensó que su hijo no merecía un futuro sin padre ni madre. Pensó que era mejor una venganza que el olvido o el perdón.

Nunca había oído un disparo en sus cincuenta años de vida, al menos no fuera de las películas, y le pareció extraño, aquello no tenía mucho que ver con su recuerdo de los disparos de ficción de las pantallas. Un olor intenso le inundaba la cabeza y se sentía aturdido; los ojos, al ver gente corriendo por todas partes, y los oídos, casi inútiles por el agudo pitido ocasionado por la detonación, se sumaban a la extraña sensación del ambiente que lo mantenía como aislado de lo que pasaba y el temblor que aun le recorría por todo el brazo, desde la punta de la pistola hasta el hombro. Lanzó un resolutivo escupitajo al suelo para deshacerse de esa inercia, arregló un poco sus cabellos con una mano y empezó a caminar. El grito enérgico de un hombre rompió el cristal que lo había aislado por un instante. Se puso en marcha.

Marcó un número en el móvil. Un taxi para el aeropuerto. De camino pidió al taxista que detuviese el automóvil en una gasolinera y, ya en el baño, sacó de la chaqueta la pistola y la dejó caer dentro de la papelera, se lavó la cara y las manos.

No sentía nada especial, como tantas veces que conducía su automóvil y se miraba las manos sobre el volante mientras esperaba en alguna luz roja; ahora, sentado en una cafetería de su ciudad, también se mira las manos mientras espera que le traigan su pedido. La piel se le había ido adelgazando y se parecía cada vez más a las manos de su madre, manos frágiles, venosas, la piel fina como la de un papel manchado con algunas gotas de café. Pensó que se estaba haciendo viejo pero, así y todo, ya nadie se burlaría de él. Era un hecho consumado, sin embargo, no sentía nada.

Fue como lo había imaginado, lo inesperado de la situación había sido su mejor aliado. Se ocultó sin tener que huir, sin miedo, entre la gente. Y salió tranquilo de todo aquello, sin problemas. Durante años había temido que una muerte inesperada le acaeciese al hombre, pero sabía que ser paciente era fundamental para lograr su objetivo. Sabía quién era y dónde ir para encontrarlo. Es verdad que ayudó que el hombre, al poco tiempo de la aventura con su mujer, tuviese que regresar a su país para seguir siendo un empleado más de la cadena de tiendas por departamentos que lo había envíado a compartir su experiencia de vendedor estrella en la nueva tienda de Lima. Era un desconocido, alguien como él mismo. Después de tanto tiempo sería más dificil que relacionaran su muerte con aquel viaje al Peru y, aparte de su propia mujer, nadie más sabía de ese “affaire”. Vivía tranquilo, confiado en su rutina, como todo buen animal predecible.

Le dijo casi en un susurro, en la oscuridad del cine, que el ruido que hace una pistola no es ni remotamente parecido a lo que acababan de oír. Su mujer, ingenua como siempre, le preguntó si es que él alguna vez había escuchado el que hace una pistola de verdad.

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Belinda

Relatos tóxicos

Su piel es tibia, sus ojos verdes, poseedores de una cristalina intensidad. Los rizos largos de su cabello encierran oscuridad y brillo, Belinda. De madre caribeña y padre irlandés, nació en Nassau, ciudad de casas blancas y amplios jardines que visitan los apacibles camaleones. Sus piernas sobre el escenario, largas como las tardes frente a una puesta de sol, se mueven a un ritmo tan parsimonioso como seductor, sexual. Recuerdo la elegancia de sus vestidos, delgados y aéreos como sus manos. Recuerdo su voz, sus magníficas interpretaciones de cantantes tan dispares como Carmen McRae, Dinah Washington o Sarah Vaughan, electrizando locales de la vía Brera, en Milán, allá por los 80. Me enamoré de todo lo que uno se puede enamorar de una mujer, es decir, me enamoré también de sus objetos, de aquello que la tocaba, aquello que se alimentaba con su perfume. Me propuse conquistarla con compases y…

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Tempus Fugit

Toco en ti el tiempo,

Beso en ti la nostalgia

De la juventud,

No la mía,

sino la tuya,

De tu espejo.

Esa imagen

Atrapada en la memoria

Del mar sólido.

Me acerco a ti

Como a un rio,

bebo de tu agua

que refleja la luna

de plata,

Y cantas,

Y ríes,

Y viajas

en la oscuridad,

entonces

el cielo se vuelve a iluminar

Y tu espejo se despierta

Cuando beso tu mano,

Y se hace líquido,

arrastra las piedras

blancas

que se volverán arena,

que servirá

para construir

otro espejo

de tiempo

en el que se reflejará

otra luna

de plata.

 

 

 

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Escribir

Al final ¿qué carajo importa? Escúchenme bien, estoy hasta los mismos huevos de la literatura bien hecha, de la estética del buen escritor, y no lo digo porque no pueda llegar a ser buen escritor, solo que me parece que la acumulación de mierda debe tener un límite. La literatura en la actualidad está montada, cabalgada, por burócratas de las palabras, administradorcillos de historias trabadas de tal forma “que las entienda todo el mundo”, esa estética del buen escritor me repugna, por mediocre y falsa.
Soy de los que piensa que se debería escribir anónimamente. Tendríamos una literatura desde los huevos, desde los intestinos, desde la sangre y la cabeza, no esa mierda proveniente de recetas, basura polícroma y monótona, desperdigada por todas las latitudes gracias a los concursos literarios y a los críticos pagados por las editoriales. Estoy harto de esa mierda tejida con palillos de crochet que les han enseñado a manejar en los talleres de escritura.
¿Cómo hay que escribir? Pues con el último suspiro, con la muerte oliéndote los huevos o la vagina, con el frío reptando por nuestros pies, las manos quemando y con miedo, con miedo a lo que estás poniendo en palabras. Así se hace literatura. Al menos esa es la que me gusta leer. Palabras vivas.
Y no hay que pensar en el lector. No hay más lector que uno mismo. Igual que esa cara que uno ve reflejada en el espejo ha dejado de ser nuestra, lo que escribimos no es nuestro si pensamos en el lector, escribir solo nos sirve a nosotros, a cada uno, como una forma de conocernos. ¿Por qué necesitamos del aplauso de los demás si solo buscamos saber quiénes somos? ¿Queremos vender eso? No lo entiendo. Vender nuestro dolor es repugnante, cuando menos.
El artista no puede, como la polilla con la luz, no puede decir no voy a escribir, no hay escapatoria, el artista no puede dar la espalda a esa maldición que es el arte.
El anonimato es la única verdad del artista. La única solución. Lo demás es pose, es vanidad, algo distinto a esta necesidad. Y que no digan que escriben para que lo quieran más, el escritor que dice eso es porque es un mierda, si quieres que te quieran más haz bien a los demás, a los que están a tu alrededor, quiérelos, respétalos. Seguro que te van a querer más. Porque escribir no siempre es hacer bien a los demás. Lo sabemos. Eso tampoco nos detiene, es más fuerte que nosotros.
Mientras sigamos escribiendo para impresionar ojos que no ven como vemos nosotros, estaremos siempre haciendo algo falso, algo que no es nuestro. Y lo peor con lo que se puede ser falso es con nuestro propio arte. Si tenemos el coraje suficiente para escribir, hay que hacerlo de verdad. Es hora de nacer.

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